30.9.11

Ya nadie pinta como Rubens

Siempre me han gustado los museos de arte.


Casi siempre suelo visitarlos con la intención de buscar alguna obra en concreto, otras veces entro por curiosidad para ver nuevas exposiciones temporales o analizar cómo han realizado la gestión de algunas colecciones con la renovación de sus fondos.

Y en otras ocasiones no entro solo a mirar, entro para observar a la gente, me gusta entretenerme con sus actitudes o disposiciones, con su lenguaje corporal, sus expresiones faciales o sus comentarios, normalmente  busco un sitio desde el que observarlos, desde el que disponer de una visión suficiente para hacer este “trabajo de campo”,  y me pregunto que les hará a algunxs pararse tiempo indefinido en unas obras y en otras pasar completamente de largo e incluso hasta con desprecio.

               
En esta escucha suelo robar comentarios de todo tipo, pero sin duda, mis favoritos paradójicamente son los que más se repiten, los que la gente suele soltar por inercia, por imitación, sin llegar a pensarlos críticamente porque si lo hicieran igual podrían hasta razonarlos.  Son los del tipo “ya nadie pinta como Rubens” (o como Velázquez, o como Goya, o Rembrandt por poner sólo unos ejemplos) o refiriéndose a una pintura del renacimiento, clásica, del tipo Botticelli decir “esto sí que es arte”. Tal vez si se trata de exposiciones de arte contemporáneo suelen salir preciados y preciosos comentarios del tipo “que quedara de esto en el futuro” (como si de una inevitable agonía apocalíptica se tratase o como si desde el momento de su creación estuvieran sentenciados a desaparecer, algo por ejemplo que en el caso de la obra de Velázquez, Rubens o Goya  la eternidad era alcanzada desde el momento que ya tenían preparado el bastidor)


Las conclusiones a las que llego sobre estos manidos comentarios tienen que ver , entre otros,con un grave error de base. Con un enfoque que quizá durante mucho tiempo ha sido el ÚNICO con el que nos han hecho tragar a la hora de interpretar. Estoy hablando del análisis formal de las obras, sobre todo en lo que se refiere a pintura y escultura. Los planteamientos formalistas curiosamente  diseminados a gran escala por ciertos críticos de arte son los que han dado forma durante gran parte de los siglos XIX y  XX a que nos hayan grabado a fuego cómo mirar una obra de arte, en qué fijarnos, cómo comentarla y qué parte anular de forma inconsciente y sobre todo cómo ser espectadorxs.  Propongo un ejemplo:




                                  El rapto de las hijas de Leucipo. Rubens.1616


Si nos hacemos eco del análisis formal el cual ha imperado durante muchos años (e intuyo que aún perdura sin posibilidad de comparación con otros) en las aulas, colegios, universidades, museos y cultura popular y general, podemos dedicarnos a describir los rasgos superficiales de las obras de arte tal como el estudio de la luz, los rasgos sensuales, la composición en aspa, el juego del color, las armonías y matices e intensidades de la pintura, las texturas, el equilibrio en la composición y el movimiento. Este enfoque resulta ineficaz para revelar los significados culturales, es decir, los aspectos estéticos NOS CIEGAN ante la representación en este caso de un rapto, de una violación.


Algunas de la preguntas que me surgen ante esta obra serían, ¿ante que espectadores se presupone este cuadro? y ¿por qué la escena de un rapto y violación es un motivo de experiencia estética y de placer?

Eso sí, luego nos podemos escandalizar tranquilamente y llevarnos las manos a la cabeza, o poner el grito en el cielo, o no dar crédito de la caradura de quien ose hacer un desnudo en cualquier playa, performance, terraza casera,  película o fotografía actual.

Y esta obra es tan sólo un ejemplo.

3 comentarios:

  1. Cuando estaba en la carrera, la división de nuestro departamento (audiovisuales) era entre formalistas y culturalistas (¡y créeme, se tenían MUCHA tirria!). Sigo sin entender por qué esa manía en enfrentarse, no creo que un análisis culturalista y uno formalista no puedan coexistir en una misma obra. De hecho, muchos detalles que sólo se perciben con una mirada "formalista" tienen importantes significados simbólicos "culturales". Supongo que formalista-culturalista es otra de esas dicotomías naturaleza-cultura que tan poco nos gustan ;)

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  2. Estoy de acuerdo con el título de tu entrada, tan ilustrador como el ya clásico "eso lo hace mi niñx", sin duda, mi favorito.
    Pero todo ésto quizá venda al hilo de la sacralización que por parte de todas esas entidades que tu nombras, se ha hecho del arte, en especial de las artes plásticas, convirtiéndolo más en fetiche -haciendo una trasposición del valor artístico al objeto en sí- y olvidando, poco a poco, su dimensión sociocultural, identitario con una sociedad determinada, etc.

    En la literatura, por ejemplo, esa especie de fetichismo de la que el arte parece adolecer, como dices, no está tan acentuado, o no en ese sentido tan "obtetual", lógico, por otro lado.

    En cualquier caso, creo que es labor de quienes nos dedicamos de modo directo o inditecto a difundir, gestionar, enseñar o generar cultura, a desterrar de una vez por todas estos falsos mitos, esta falsa mojigatería burguesa tan neocon, tan como de subastas de Durán, y visibilizar nuevos modos de ver el arte e interpretarlo.

    Nuevas visiones del mundo crean siempre nuevos mundos y múltiples plerpectivas, y eso es lo que más nos hace falta, ahora que tenemos sólo uno y parece correr peligro a cada paso.

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  3. La cuestión de todo esto reside en visibilizar aquellos discursos, que más allá de los formalistas o culturalistas, cruzan líneas, que trazan conexiones, que no buscan fundamentos sólidos y que cuestionan lo dado. Lo formalista debe y tiene que convivir con la articulación profunda y compleja del contexto, de la cultura, de lo social y lo político en el que se genera cualquier artefacto artístico.

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