20.1.12

¡Querido color carne!.

Esta mañana un niño me ha dicho que él sin el color carne no podía colorear al señor que estaba dibujando. - ¿Color carne? Le he dicho yo, ¿me estás pidiendo el color carne? Y ¿qué tipo de señor estás pintando?.  A lo que él me ha contestado “pues a un señor normal”. [otro día hablaré de “lo normal”]
Cuando yo era pequeña también hablábamos del color carne, ése que venía en las cajas grandes de las pinturas plastidecor y que al parecer era muy preciado, pues era el color que usábamos para pintar la piel a la gente que dibujábamos. Bien, yo entré al colegio con cuatro años (cumplidos en junio) en septiembre del año 81 del siglo pasado (que grandilocuente que suena esto). Desde entonces hasta hoy mira que ha llovido. Mira que yo pensaba que las cosas o que ciertas cuestiones iban a ir cambiando según el devenir de los tiempos. Que iban a estar más acordes con una multiculturalidad que casi cogida con pinzas en algunos centros escolares, al menos de la ciudad donde yo resido, es sinónimo de “malestar” o de “problemas a la hora de enseñar”.
Y ahora, a día de hoy noto, veo, observo y hasta casi palpo que hay ciertas cosas que permanecen impertérritas. Supongo que esto es característico de mí entorno, una ciudad mediana, que es proclive a que este tipo de casos continúen siendo de esta forma tan conservadora.
El color carne, esa pintura de color tirando a rosita descolorido, asalmonado, un color casi indescriptible, un color que nadie tiene de piel, un color que sigue sirviéndonos para resituarnos pensando en alguien occidental y blanco. Pese a que la escala de colores que tiene nuestra piel es enormemente distinta de unxs a otrxs. El color carne parece así unificarnos a todxs, aunque no a todxs, si no a unxs pocos.

Cuándo le he dicho al niño que pensase de qué color es su piel, que mirase su mano y que luego pensase en ese color carne de la pintura, o que pensase qué color usarían para pintar su piel un oriental, una persona de raza negra o un mulato, o alguien que con el sol cambie de color de blanco a rosa o de rosa a violeta o de blanco a negro o ha requemado, el niño se ha quedado colgado como con cara de susto.

¿Acaso nos pintamos con el color blanco cuándo decimos que nuestra piel es blanca? Somos de raza blanca pero usamos el color carne para pintarnos, ¡¡toma ya!!
El color carne parece que se sigue usando en ciertos contextos como color universal de carne humana, propagándose aún en algunos colegios, en ciertas familias, que siguen perpetuando el imperialismo, el colonialismo, la superioridad de la raza europea blanca, limpia y hasta reluciente. Incluso alguna vez he observado que niños de color tienen complejamente interiorizado que el color carne es esa pintura que define el color de piel de todxs.

Qué endémico es todo esto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario