27.3.12

Nunca más volveré a mirar como lo hacía antes

El ensayo “Les Amies des livres” en el libro The very rich hours of Adrienne Monnier de Adrienne Monnier es un escrito feminista sobre la relación de las mujeres con los libros, en el que analiza las circunstancias históricas que habían impedido a las mujeres ser parte del público lector.

Una parte de mi vida son los libros, son esas historias que me permiten alterar mi pequeño mundo y gestionar todo lo que no puedo ni material ni físicamente y a veces ni psíquicamente. En diversas situaciones sólo tengo una única forma de liberarme.
De igual forma y en relación me gustan las instalaciones que hace la artista Alicia Martín usando como materia generadora de mundos simbólicos a los libros.

En este ensayo Monnier traza una clara diferencia entre los hábitos de lectura de los hombres y los de las mujeres, y así habla de ellas:

“No sentirá la necesidad, como un lector masculino, de atesorar la obra de sus autores favoritos en hermosas y duraderas ediciones (en el fondo es cierto que no es una bibliófila en el sentido que se le suele dar a esta palabra). Preferirá ediciones corrientes que fueron las primeras que leyó, y las mirará, las forrará cuidadosamente, pegará en la portada una fotografía del autor que haya recortado de una revista, y a veces guardará una flor entre sus páginas. Si el libro le ha gustado mucho copiará fragmentos. Y no es ciertamente la mujer quien tiene la mala costumbre de hacer anotaciones en los márgenes,salvo, quizá, en los libros de texto de la época escolar. Escribir en los márgenes es una característica específicamente masculina. Y asi es por curioso que parezca: un hombre, sobre todo si es joven, corrige a menudo al autor, lo subraya, lo refuta, oponiéndole su propio juicio; en definitiva, se suma al libro. Una mujer guarda silencio si algo no le gusta, y si lo detesta, lo arranca. Conozco mujeres, en absoluto estúpidas, que no pueden evitar eliminar o tapar un fragmento de un libro si les disgusta, y lo hacen, básicamente,a favor o en detrimento de una obra que acaso admiran, pero las molesta en algunos pasajes, como si tratasen de eliminar los defectos del carácter de los hombres a quienes aman”.


Monnier fue librera en el París de los años 20, su trabajo fue consecuencia o más bien reacción, como mujer, de abrir un mundo como era el del libro dominado por los hombres.
Más que a vender libros su librería estaba orientada a fomentar la lectura a través de los préstamos. Su mujer fue, como no podía ser de otra manera, la otra librera y editora más importante en aquéllos años, Sylvia Beach que regentaba la gran libreria Shakespeare and Company. Ambas librerías se encontraban una enfrente de la otra.

Cada día descubro más y más impedimentos, silencios,encubrimientos y degradaciones hacia las mujeres, sus cuerpos, sus vidas, sus experiencias y sus formas de ser y estar. Y por lo tanto me hago eco de las resistencias de muchas de ellas que es al fin y al cabo lo que me interesa de todo esto.

Desde hace muchos años sólo hay una cosa que me apasione realmente y son las mujeres.

4 comentarios:

  1. Mi masculinidad se cansa de tanta dicotomía. Sé que el fragmento nos lleva casi un siglo, pero la intención de ese fragmento literal que tú rescatas no es otro que el de mostrar la lectura femenina de la mujer burguesa, como un hábito más de la fruslería, de la insignificancia femenina, como las artes florales o decorativas.
    La mujer no escribe a los márgenes porque está educada, no para no saber, sino para no mostrar lo que sabe. No escribe porque se le enseña a no mostrarse, a ser invisible.
    El tono almibaradamente "delicisoso" que denotan las palabras de Monnier parece seguir esa estela, pues no hay rabia en ello, ni desgaste, ni fealdad; y mientras las flores resecas en los libros de las bibliotecas de la pequeña burguesía nos sigan pareciendo "cosas de mujer", costará el doble hacer valer cada anotación que una mujer haga a los márgenes de cualquier cosa porque seguirá, de hecho, siendo éso mismamente: marginal.

    No es verdad que la mujer se haya ensimismado en la historia de la literatura. Teresa de Cepeda y Ahumada se jugó en cuello con la Inquisición consiguiendo de contrabando libros de Erasmo y otros Humanistas, y se quemó los ojos leyendo casi a oscuras novelas de caballerías, subgénero que tradicionalmente era sólo apto para lectorEs (su correspondencia hoy sería la acción trepidante, violenta y vacua generada por un héroe victorioso, tampoco hemos evolucionado tanto); de Sor Juana no diré nada porque casi todo está dicho; Carolina Corolado escribió en pleno Romanticismo entroncando con la novela de terror de Mary Shelley (Frankenstein) y la Pardo Bazán tuvo independencia amorosa y financiera gracias, en gran medida, a sus éxitos literariosy a su valiente incursión en el Naturalismo, entonces territorio de Zola, que no sólo era hombre, sino que además era francés, ateo, anticlerical y revolucionario.

    A todas ellas, y a muchas más, claro, les costó el doble, el triple que a ellos, pero no recortaron margaritas para espanzurrarlas dentro de un libro, suspirando en el silencio de su recámara ensimismaciones vacuas. Ésa es la imagen que ellos han querido dar de ellas en sus novelas, novelas hegemónicas escritas por hombres, donde las mujeres se muestras así, ensimismadas, listas pero no demasiado, ensoñadas con sensiblerías, cultas pero no intelectuales, capaces de apreciar la cultura pero no capacer de generarla. Y esa es la mierda heredada por el pensamiento colectivo que se vuelve tan hegemónica que se convierte en discurso asumido, a su vez, por las propias mujeres. No. Ellas no hicieron éso. Ellas se cambiaron el nombre -como Böhl de Faber- se hicieron pasar por otros y por otras, y hasta se ordenaron religiosas, pero no dudaron un segundo en escribir a los márgenes y en tachar lo que no les gustaba. Hicieron literatura con mayúsculas, en femenino, en masculino y en universal, vaya. Pero la hicieron suya, construyendo en sus lecturas como lectoras y, muchas veces, reapropiándose de ellas en su reconstrucción.

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  2. Tan sólo un fragmento...tan sólo una concreta contextualización de algunas mujeres que burguesas o no contravinieron a los tiempos para ir en contra de lo impuesto en líneas generales. Por supuesto la imposibilidad de reducirlo todo a ese fragmento ni a Monnier. La historia nos demuestra una y otra vez que hay más allá de lxs que la escribieron aún siendo para algunas silenciada, golpeada y trastocada.

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  3. Clarísimo. Mi puntulaización iba más en la línea de que no hay un modo de leer femenino y otro masculino, como se nos ha hecho creer, y se nos sigue haciendo creer. Y en los casos en los que esa diferenciación se aprecie, no será más que el resultado de una especie de impostura aprendenda e interiorizada para encajar con el modo en que se supone que debe leer una mujer, más que en cómo lo hace en realidad.

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  4. Totalmente de acuerdo contigo. La dicotomía servida en forma de herida abierta sobre el modo de leer en femenino y en masculino sigue siendo realmente sangrante. Subyace la idea de generar diferencias irreconciliables y muy potentes para controlar la forma en la que libremente deberíamos respirar. El patriarcado ha creado finos hilos recubiertos de durísimas estrategias de asimilación con la pretensión de legitimar todos y cada uno de los ámbitos de los que forman parte de nuestra cotidianidad haciendo que queden de manera naturalizada bajo el yugo de su paternalismo y se recreen además en el.
    ¡Ay Chinaski! que me enciendo y me quedo sola. Gracias por pasarte por aquí y por tu participación tan activa. Beso.

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