12.3.12

Rompo con relato el estilo general

Y ahí estaba yo fumando apoyada en una pared vestida con esmoquin negro y sombrero de copa con los ojos perfilados y maquillados en sombra. Mi sonrisa brillaba cuándo pasaba una chica con perfume a mi lado y le guiñaba un ojo mientras soltaba a bocanadas el humo retenido. Para esta ocasión tenía los zapatos relucientes y los guantes que cubrían mis manos eran de un negro intenso que a la luz del sol parecían de charol. Atrás se habían quedado las lluvias y ese día el sol perfilaba mi sombra de hombro a hombro como si de un lánguido maniquí se tratase.  Estaba allí, en esa pared, de forma  fortuita, apenas se como había llegado lo cierto es que no me apetecía continuar de taberna en taberna. Las tabernas de esta ciudad no están en condiciones para tratar a gente elegante como yo son lugares más bien con solera atestadas de hipocresía, falsos humores, manos largas, bocas sanguinolentas y miradas embrutecidas. Con el hándicap perturbador de la que las mujeres de este lugar no habitan estos sitios degradados.  Para una chica como yo que viste esmoquin ajustado de pernera y tirantes como complemento de distinción no es fácil acudir a este tipo de lares sin compañía femenina anudada en el brazo. Por eso cuándo ella la tarde anterior salió de mi cama tan herida como siempre solo se me ocurrió salir a fumar a la calle vestida como la noche anterior con un pañuelo atado a la solapa y un sombrero que delataba mi despeinado general.  Ella siempre solía quejarse de los malos humos de mi aireada vida como ayudante de atrezzo en una compañía de bailarinas rusas que cruzaban dos veces el atlántico cada año para actuar en pequeños escenarios de tablas de madera. En realidad lo que le molestaba era la compañía de las bailarinas rusas y sus bellos cuerpos almidonados en trajes de tutú y labios siempre rosados. Siempre tuve predilección por todas las bailarinas que fuesen rusas fue parte de la ruleta del juego. Ella siempre se molestaba las pocas noches que pasábamos juntas. Si dormía mal era por mi culpa y mi adicción al juego, si dormía mucho era porque no le había despertado justo antes del desayuno pero siempre, siempre tenía algo que reprocharme. Yo siempre le miraba con mi cigarro en la comisura del labio y le acariciaba el pelo como mi madre solía hacerlo conmigo las noches en las que  el frío era tan intenso que agitaba mis rizos por toda la habitación.
Ahora, sigo aquí, apoyada en una pared apurando lo que me queda de este cigarrillo, y esperando a que tal vez un día más recuerde esta leve sensación de que nada de lo que pasó exculpe el encanto de ir vestida de dandy, con un sombrero de copa y un corsé tan apretado que me excita. No me importa gastar hoy aquí el día esperando a que una de las chicas que pasan tan impregnadas de perfume me coja de la solapa, se acerqué a mi tanto como para sentir el jadeo de su aliento perfilando mis labios entreabiertos y deje sobre mi bolsillo izquierdo lateral su dirección escrita en un papel arrugado.

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