24.8.12

Una habitación con terciopelo verde, una actriz de serie B y una escena de deseo sin olor a velas


Era tarde lo sé. Y a ti te pareció importarte más bien poco. Subí en la moto mientras te despedía con la mano derecha. Había comprando la motocicleta solo para que tú te subieses conmigo en ella y así notar tus pechos apretándome la espalda pero ese día me fui sola.

Llovía y la carretera resbalaba. Ya había anochecido totalmente. Después de llamar tres veces a la puerta golpeando mis nudillos, abriste con lentitud mirándome a los ojos y tragándote el humo que despedía aquel cigarrillo que cogías con cierta fragilidad. Tu casa vuelve a ser  en blanco y negro. Como tú. Tal cual la recuerdo desde la última vez, con aquel aire a película de los años 40, a escenas rodadas ávidamente con desaire negro abotagado en tramas detectivescas. Comprendí muchas más cosas de ti cuando vi una foto de Greta Garbo enmarcada en un marco oscuro, otra de Joan Crawford al lado de Bette Davis y por supuesto un mural de pequeñas fotos de Solita Solano y Janet Flanner tomadas a las afuera de Nueva York. En una de ellas aparece también Dolly Wilde saludando a Mercedes Acosta que ríe de forma extravagante.

Me dices que pase al baño y que ya me has preparado la lavativa. Me lo dices de una manera tan fría que siento recorrer por mi cuerpo un sudor estridente que me empapa por fuera y por dentro. Me humedezco los labios y dejo mi ropa a excepción de mis pantalones sobre una silla de madera vieja. El suelo al andar cruje. De fondo escucho la música en vinilo de Ray Charles y percibo también que ella se está preparando un martini con mucho hielo. Pienso que no es momento de temblar, que si estoy ahí es porque yo lo he querido y que ella es simplemente una figura más entre mis sombras. Es guapa. Sí. Me recuerda a alguien pero ahora no centro. La bata que lleva marca sus pezones descaradamente. Me gusta. Seguro que debajo no lleva nada, como otras tantas veces.

Lo peor que llevo es hacer ese ritual preparativo para el antes de. A ella le gusta así  y creo que a mí ahora también. Estoy nerviosa pero tengo que disimularlo. Una vez fuera ya del baño enciendo un cigarrillo que tomo prestado de su pitillera dónde veo que ha grabado sus iniciales M. T. Mientras huelo el humo de la primera de mis caladas lo mezclo con el aroma de su perfume y comienzo de nuevo a intuir un sudor frío en mis manos y pies.  Veo que abre un cajón de uno de sus armarios y que saca de allí un dildo grande, especial para una posible doble penetración. Justo ahora es cuándo yo también quiero martini pero antes de servirlo me arrepiento y le pido un gin tonic cargado. Ella se ríe a carcajadas y me excita su manera de mirarme mientras deja el cigarro medio terminado en un cenicero de cristal anaranjado. Sigo viendo todo en blanco y negro así que intuyo con más finura lo que pueden ser posibles colores.

Con el vaso de gin tonic en la mano y en la otra un cigarrillo observo mi desnudez en un enorme espejo. Me gusta mirarme de lejos, de cerca me saco mil complejos. Quiero salir corriendo pero resisto en un enaltecimiento de orgullo. Ella sabe que estoy nerviosa y eso le hace parecer más dura y fría. Se crece con mujeres como yo. Sé que no he venido aquí para besitos ni cariños. Ni tan siquiera para hablar y mucho menos para beber.  Sólo busco en ella gestos, embestidas y ciertos aspectos que tienen que ver con el poseer y la omisión.

Ella lleva el pelo suelto y revuelto como casi siempre y los ojos muy perfilados. Se nota que pasa tiempo maquillándose. Le sonrío y me devuelve un gesto entre el aburrimiento y la dejadez. Sé que ella representa su papel, no es así de fría ni tan siquiera es huraña, pero he de reconocer que ser actriz le da muchas tablas. Se quita la bata y descubro que ya lleva puesto el arnés. Bebo un sorbo de mi copa para no denotar intraquilidad constante. Por mi cabeza van y vienen ideas superficiales pero es difícil que yo me deje llevar, precisamente, por esto estoy allí con ella. Recuerdo todavía cuándo nos conocimos en aquel pub y apunté su móvil en una servilleta con publicidad. Ella no quiso mi número.

A ella le gusta actuar con tanta naturalidad como demuestra artificialidad. Supongo que también le pasa en su vida diaria tejida sin escapatoria a  los personajes que encarna en las películas. Vuelvo a pensar a quién me recuerda pero prefiero dejarlo, aparcar el pensamiento, para no tener más motivos para salir huyendo.  Siempre busco mujeres que se parecen unas a otras en lo físico. Pero adoro también que me dominen en cuerpo y alma.

Enciendo otro cigarrillo y otro a continuación. El humo conforma ya parte del escenario de la habitación con terciopelo verde en las paredes. Es la que yo he elegido de toda la casa.

Se coloca el dildo y me mira. Me hace un gesto con los dedos y la boca y dejo mi copa y mi cuarto cigarrillo consumido en aquel cenicero supongo que anaranjado.

Comienza a tocarme el pelo. Me acaricia la cara. Con una mano tantea mi abertura aún seca y me dice al oído túmbate de espaldas. Miro hacia un lado atraída por el olor a incienso sin saber cuándo coño lo encendió. Sus manos son rápidas, las mías torpes.  Consigue abrir mis piernas después de un atrevido forcejeo y me pasa su lengua larga que sube y baja atreviéndose a entrar sin permiso y sin delicadeza. Justo ahora es cuándo yo estoy lubricada y no antes. Es después de un rato cuándo yo comienzo a gemir de forma espasmódica. Para cuándo me puso del revés y a cuatro patas yo ya estaba perdida del todo.

Puedo decir que la penetración anal me dolió mucho más que las otras veces. Para esta vez apreté tanto mis dedos contra las palmas de ambas manos que me hice varios puntos de sangre. También mordí y babeé su almohada tanto como pude, una veces para ahogar mis gritos de dolor y otros para que el placer perdurase de forma más violenta. Las contracciones anales son altamente placenteras y poderosas. Tanto que hoy he vuelto a ir. Ahora escribo desde la antesala esperando a que ella llegue a casa, seguramente, que después de un largo día de trabajo a base de ensayos. Ella llegará, se descalzará, me mirará de reojo, se servirá primeramente un té frío, encenderá un cigarrillo y mientras lo deja en ese cenicero anaranjado se irá desnudando. Luego me pedirá que le arrime la bata y se pellizcará los pezones para dejarlos enmarcados debajo de la tela esperando tal vez que mi mirada vaya a posarse allí, o que tal vez, le diga que me los clave en un viaje en mi moto.

 

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