15.1.13

Princelandia. El paraíso en rosa: de cómo la educación se convierte en pintauñas y peinados.


Ayer a través de una colega en facebook me encontré con unas ofertas de trabajo. La empresa que las oferta se llama Princelandia Gandía y  de forma sorpresiva observo que es una franquicia  adoptada por la comunidad valenciana. Necesitan unas 20 personas con un grado en magisterio de educación infantil. Hasta ahí nada llama mi atención, es más, me produjo alegría por la gente que hace esta especialidad porque es raro que se busquen con tanto fervor profesoras de infantil. Me dispongo a ver el vídeo y es justo ahí cuándo comienza mi espeluznamiento y dolor de cabeza.  Me dan donde duele y vaya que sí duele.

Uno de mis mayores aturdimientos tiene que ver con que día tras día escucho a algunas de las niñas con las que trabajo que quieren ser princesas o bien que se disfrazan de princesas o que sueñan con serlo. Y no sólo eso sino que es su divertimento favorito.  Y sí, siempre pienso que algo estamos haciendo muy pero que muy mal. No he estudiado magisterio pero mi campo de actuación de forma transversal es la educación y me preocupa muchísimo el qué y el cómo educamos.

No tengo otra intención con estas líneas que hacer hincapié en que lo que muestra esta empresa no es educación y sí reforzamiento de estereotipos vinculados al género femenino en su máximo exponente. Una vez más las niñas son tratadas como algo que no serán nunca: princesas y bajo una catarsis que les hará bastante daño a lo largo de su crecimiento sintiendo los efectos secundarios que les irá produciendo. Hace un tiempo escribí un post en este blog sobre la estúpida idea de hacer creer a las niñas que serán princesas. Princesas de rosa, pasivas, solícitas, siempre listas y preparadas, protagonistas sólo en función de la búsqueda de un príncipe azul (inexistente tanto como ellas), unas princesas que se centran tan solo en lo superficial de la vida, en estar guapas y para ello les enseñan a posar, peinarse, lucirse y ser sobre todo sumisas, pasivas y VÍCTIMAS. Bien, pues esto es lo que les enseñan en esta empresa bajo todo un manto de educación en el cuidado y la higiene y para toda esta basura piden profesoras de infantil. Ahora bien,  por favor que no lo llamen  educación,  ni valores ni cuidados porque no es nada de eso. No hablan de educación ni de metodologías, ni principios, ni objetivos, ni de fines más allá de convertirse en una princesa rosa que se sabe peinar y cuidar las uñas a base de aprender a pintarlas. Por supuesto una de las educadoras dice que los niños no pueden apuntarse porque a ellos pues estas cosas no les atraen. Yo sólo conozco una forma de crear educación y tiene que ver con lo plural, lo multidisciplinar, la transversalidad  y la generación de experiencias interesantes capaces de producir conocimiento y crear autonomía en las personas que se están formando. Es decir todo lo contrario a Princelandia.

Desde mi más tierna infancia mis padres me inculcaron el valor del trabajo y sobre todo el que todas las profesiones son dignas o lo que es lo mismo todos los trabajos son respetables, o al menos deberían serlo. Y yo que he creído esto a pies juntillas casi toda mi vida, ayer no salía de mi asombro ante esta empresa que dice además buscar profesoras de infantil para desarrollar semejante trabajo. Sé que la pericia en momentos de crisis no tiene límites pero una cosa es buscarse la vida como se pueda y otra es buscarse la vida estereotipando a las niñas hasta la extenuación, inutilizándolas y haciéndoles creer lo que no son porque además, ¿qué idea es esa de ser princesas? ¿Acaso ser niña no es ya en sí mismo una lucha por no estar siempre siendo un segundo plato en esta sociedad como para encima enseñarlas aún más a ser bonitas, pasivas, víctimas y sufridoras?

A la empresa franquicia Princelandia les pido únicamente formación que es justo de lo que carecen. Que piensen sobre todo en qué consiste el aprendizaje, cómo aprendemos, qué es un aprendizaje significativo y cómo generar experiencias que te sirvan cuando seas adulta para pensar, reflexionar, ser asertiva, prepararse para la frustración y cómo sobrevivirla, y sobre todo a ser una persona crítica para ser capaces de sobrevivir en un mundo como el que se nos está echando encima. La pregunta sería: ¿para qué está Princelandia formando a las niñas?, ¿qué aprenden en un lugar así que les sirva para vivir en una sociedad como la nuestra?, ¿qué tipo de capacidades, habilidades y aptitudes se fomentan a través de actividades tales como ir al spa, pintarse la uñas, desfilar o arreglarse el pelo?

Por cierto, a la coordinadora también le diría que si busca profesionales de la educación infantil, personas con un grado universitario (y, por qué no, probablemente un máster también), ¿a qué viene eso de denominarlas “monitoras”?, ¿en qué quedamos? Ni hablar sabe. Además ellas las “monitoras-profesoras” son las que inculcan los valores ya que las niñas no pueden aportar nada porque como son princesas no saben de este mundo. Es algo así como “Oh, yo profesora-monitora que soy el bien te voy a mostrar a ti niña-pasiva-carente de ideas lo que es lavarte la manos antes de comer”. Su única metodología y discurso es centralizar la educación para la higiene y el cuidado en el hecho de llevar las uñas pintadas porque todo el mundo sabe que llevar las uñas pintadas es sinónimo de pulcritud y amor por la limpieza. De hecho, podríamos denominar su proyecto “educativo” de pintauñismocéntrico, ya que es de lejos su principal preocupación.  

Estoy horrorizada. La guinda llega al final del vídeo cuando las niñas desfilan porque –y cito literalmente: “no todo es pintarse las uñas y hacer moños”-. Claro, claro… para la formación de las niñas de entre 5 y 7 años esto de desfilar moviendo sensualmente el trasero es sin duda lo mejor. Ya lo decían los grandes de la educación como Adorno, Piaget, Lowenfeld, McLaren, Efland, Ellsworth, Freire, Apple y Robinson entre otros.

Y, por supuesto, no podía faltar que Óscar -ese señor con chaqueta gris- es el socio de la franquicia y cuenta la parte en la que las niñas meriendan comida rosa, sobre mantel rosa con platos rosas. Por descontado que ellas son las monitoras y él es el jefe (o hermano fundador). Sí es que han dado en el clavo con todo.

A la veintena de osadas maestras diplomadas que comiencen su andadura profesional en Princelandia, no me queda más que darles mi más sentido pésame (por lo de la peluca rosa, oigan, no vayan a malinterpretarme).

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