4.2.13

Las bambalinas y los despertadores deberían ser siempre intangibles


Suelo salir a pasear por las mañanas muy prontito para sentir el frío arañándome la cara. Me despeja y me anima cual revitalizante. Pero no todos los días puedo hacerlo. Me encanta pasear pero sobre todo me chifla observar y analizar el lenguaje corporal de quienes se cruzan conmigo.  Mi día favorito para salir a pasear temprano son los domingos. Quién me lo iba a decir. Desde hace tiempo he descubierto que los domingos tienen mañana. El día que hice esta profundísima reflexión comprendí que había crecido que ya estaba en la edad adulta totalmente.




Me encanta dormir por las mañanas. Por la noche puedo aguantar qué se yo pero por las mañanas o ciertas mañanas soy como una pesada roca de unos 150 kilos. Siempre me han dado cierta envidia las personas madrugadoras, esas que casi no necesitan despertador y que cuándo lo escuchan se levantan rápidamente. Yo soy todo lo contrario, necesito mil despertadores, mil estímulos y la conciencia muy viva para levantarme. Pero hay días que no sé qué tipo de conjugación planetaria hay que decido por voluntad propia madrugar (o lo que yo considero evidentemente madrugar) me vengo arriba y salgo a pasear, así tal cual, sin perro (que no tengo) y sin ningún tipo de destino en concreto. Salgo a la deriva por una ciudad que me sé tan de memoria que me hastía por eso me la reinvento y así paseo pensando que no es mi ciudad sino el escenario y las bambalinas de una ficción por las que me dejan pasear sin andar de puntillas. Y esto es un poco el devenir de mi situación. A veces para no ver necesito conjeturar para recordarme a mí misma que los días no dependen de algo exterior sino de una misma.



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