17.2.13

Las piedras están ahí para tropezar y luego abrirte la cabeza


-¿Qué necesitas?- me dijo susurrándomelo al oído.

En un momento de envalentonamiento le dije -Verás, he estado pensando y me gustaría...penetrarte.

Se paró en seco y me miró. Nos miramos. Pasaron varios segundos y luego minutos. Hubo un silencio de esos infinitos que más que vacío se siente el ruido cortante de un cuchillo afilándose.

-Estarás de coña, me dijo al fin.

-No, no es una coña, es una proposición, me preguntaste qué necesitaba y te lo he dicho. Me gustaría, sin más, probémoslo. Le dije yo ya no tan segura y sabiendo que lo había estropeado.

No me preguntó con qué le iba a penetrar si no cómo lo iba a hacer. Cómo si acaso sólo los penes sirvieran para hacerlo.

No sólo no le gustó mi plan, sino que además se enfadó bastante.

Es de esos momentos que no sabes muy bien qué hacer, qué mas decir, o hasta cómo comportarte. Tampoco nos conocíamos mucho.

Después de un tiempo largo que ya no sé medir muy bien me dijo:

-Puedes vestirte si quieres y marcharte. Me has bajoneado. Ya no me apetece que estés aquí.

Como si acaso fuera yo la culpable de sus miedos. Cómo si yo aparte de responsabilizarme de los míos tuviera también que afrontar los del resto.

Me vestí. Me acompañó a la puerta. Estábamos en su casa.

-Es una pena que no te puedas comportar como una chica normal y ya van dos veces. Y digo que es una pena porque me gustas. Lo mejor es que lo dejemos aquí.

No supe qué decir, como tantas otras veces. Creo que asentí sin más.

Llamé al ascensor justo cuando él cerraba la puerta.



Varias veces coincidimos por la calle pero nunca más nos vimos.

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