2.4.13

Y un día me dejarás que te cuente un cuento.


Ayer tuve uno de esos días tranquilos, uno de esos días, en los que yo estaba adentro de una de las fotografías de Jeff Wall. No es importante ahora precisamente indicar de qué imagen hablo. Es una de esas en dónde la cotidianidad sale a formar parte de la vida del otro que en realidad se parece a la tuya, pero en la del otro siempre es más real. Es como quitarse varios pesos de encima. Uf.
Tenemos todo tan planificado, ordenado y escrupulosamente estructurado que a veces todo me parece Jeff Wall. Él cuida todo hasta el más mínimo detalle hasta ése que justo puede parecernos improvisado.  Y me pregunto cuando yo improviso. Y hasta qué punto se puede considerar improvisación.
Tengo un metro de medir una caja que nunca uso.
Todos los días por las mañanas suelo hacer el mismo camino. A veces cambio de ruta y creo que he hecho algo diferente. A veces voy a desayunar fuera y leo los diarios que nunca compro y pienso que la rutina depende de cómo estemos concienciadxs de esas alteraciones. Pero todo sigue igual, igual de planificado.
Todos los días pienso lo mismo cuándo me levanto de la cama. Desde hace años tengo además la misma sensación que no consigo cambiar y ese es justo el problema.
Todos los días abro primero el cajón de mis calcetines y luego el de mis bragas. Luego abro el armario. Antes de poner la leche en la taza pongo la radio y me asomo a la ventana a ver qué tiempo hace. Ni un solo día cambio de panorama. Y no lo cambio porque no lo pienso, simplemente lo hago.  ¿acaso se puede cambiar?
Cuando miro algunas de las fotografías de Jeff Wall me siento tan planificada que me permito pensar en mi orden sin sentir vértigo ni nauseas y pienso en la sobre domesticación, en el castigo y en el miedo. También pienso en Foucault. Y siento ganas de releer a Derrida. Pienso en todos esos días que trato de hablar de mi experiencia desde un punto de vista estrictamente visual. Y pienso en Jeff Wall. Y pienso que lo que tratamos de narrar continuamente no está en la historia en sí misma sino en cómo ésta es representada. Así comenzó a hacérnoslo saber Magritte y luego Duchamp, aunque tal vez no fue así. Y me relajo pensando en la atmósfera y en su envoltura. Y pienso en humo en humo de fumar. Y me siento liviana como conceptualmente separada del hecho de saber que no se puede dejar de pensar. Como cuándo de forma automática camino por las calles de mi barrio. No me fijo en ellas. Ya no. Si hubiera elementos nuevos estos están ya fuera de mi campo visual. Simplemente los asumo como parte del pasado sin más. Porque mi presente no los ve. Nada consigue alterar mi forma de ver desde que Jeff Wall toma la rutina como disciplina del presente.
En las fotografías de Jeff Wall ellas son actrices, ellos son actores. Los escenarios son personajes habitados y la vida mientras sucede. Sucede como la señal radiofónica de mi despertador. Como la sensación de cerrar todos los días la puerta con llave y el hecho de  cerrar la cortina de la ducha cada vez que entro en ella. Aunque no haya nadie en casa también cierro la cortina. No pienso en ello. Sólo lo concibo visualmente como forma de una estética tan cotidiana que ya no obtengo vivencia experiencial de ellas.
Cierro siempre la cortina.
Algo así me sucede mirando una fotografía de Jeff Wall.

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