16.7.13

El viento no siempre agita mi vestido


La gente que no vive en un trampolín no sabe de vaivenes.

Lo peor que llevo de vivir en un trampolín es que a veces me da por tirarme a la piscina así de cabeza y, a lo loco, y no mido la hostia que me espera. Esto suele suceder las veces en las que no pienso mucho las cosas que suelen ser, para mí desgracia, las que menos. Siempre he envidiado a la gente que se lanza desde un paracaídas o desde lugares asombrosos, simplemente sujetados con unos cordelitos, dependiendo sólo de que algo que permanece cerrado se abra. Yo no soy de tirarme así, soy más de cálculo y prospectiva. Soy hija de padres que vivieron la posguerra y eso del pa’luego es una de las cosas que me vienen de serie.

Mi trampolín se mueve aunque haya días que no lo agite el aire, porque el viento no siempre es sinónimo de movimiento. Tiembla tan sólo con mi presencia. Si ando se mueve mucho más. Si me pongo a pensar genero abismo y si re-pienso es cuándo siento el pánico en forma desequilibrada en mi cuerpo. Sudo muy rápidamente, jadeo de forma espasmódica y tiemblo.  1, 2, 3.. respiro que me ahogo, vuelvo a intentarlo, estoy empapada, grito, lloro, me duele la cabeza.

Hay gente que nada, que nada muy bien y que no le tiene miedo a los trampolines. Se tiran de cabeza, se suben varias veces y disfrutan. Suelen ser gente segura de sí misma, gente sin muchos complejos de cara al exterior, esa gente que sobrelleva de la mejor manera que puede su ser y estar. Otras como yo vivimos en un trampolín por tiempo indefinido. Y al utilizar el masoquismo como estructura vital, para mantenerme medianamente despierta, vuelvo a subir al trampolín una y otra vez. El 8 dicen que es el número bucle. Infinito. Pero no tiene forma de tablero con muelles. Yo no sé nadar y por lo tanto nunca me he subido a un trampolín de esos que hay en las piscinas y como tampoco soy gimnasta ni esquiadora no puedo hablar desde lo físico. Aunque ahora que lo recuerdo he esquiado varias veces pero lo hice tan cerquita del suelo que creo que hice otro deporte. Me voy del tema.

Algunxs, insisto como yo, nunca hemos subido a un trampolín y probablemente nunca lo hagamos, aunque yo me inclino a pensar, que todxs de alguna forma terminamos el día o la noche, o qué se yo, en uno de ellos. Lo único que yo lo he tomado como vivienda habitual.

Hay días en los que me divierte estar ahí sentada. Veo el mundo desde lejos, a cierta distancia, y como arropada de lo que ya he construido en el. Ha sido costoso. Entonces,  no querría bajar por nada del mundo y más si viene alguien de mi especie a hacerme compañía. Esos días siento que soy invencible, que no me da miedo nada y que estoy hecha de acero y pienso en algunas súper-heroínas. En cambio otros días el trampolín vibra pero no en modo dildo, qué más quisiera yo, vibra muy fuerte como sacudiéndome, tirándome por el suelo y creándome heridas algunas más profundas que otras y duelen, algunas me sangran varios días como si fuera menstruante consecutiva. Esos días me agarro de forma muy afanosa al borde sin querer precipitarme, pese a que el peso cae sobre mí de manera portentosa. Soy superviviente porque me aferro al pelo de un césped si hace falta pero soy débil porque me dejo llevar con mucha frecuencia por el movedizo suelo del trampolín. Y no debemos dejar de recordar que a veces hay agua que lo hace más resbaladizo aún.  En realidad no me importa mucho el dolor físico llevo peor el mental.

Me cuesta andar segura porque no sé de equilibrios y suelo culpar de ello a mi oído que pese a que es casi infalible no creo en lo infalible paradójicamente. A veces cierro los ojos y creo encontrarme ese estado mental, que voy a denominar enérgico, pero normalmente como he dicho antes el viento me hace virar. Siempre me fascinaron las veletas en las azoteas de algunas casas de pueblo, esas veletas que siempre marcan los puntos cardinales, esos que yo nunca acierto a señalar, y digo acierto porque considero que verdaderamente es un acertijo.

Yo ya sabía que esto del trampolín me iba a costar caro pero me empeñé y decidí llevarlo hasta el final. Fue una decisión arriesgada en la que he perdido muchas cosas, muchas, más de las que imaginé y es que cuando una se pone a imaginar nunca es suficiente. Estoy muy sola aquí, mucho, aunque la soledad no es lo que más me asusta, me aterran más bien sus consecuencias colaterales. Y esto me hace ser egoísta, vaya qué sí.

Mucha gente me había avisado que no querrían estar en mi lugar, me lo decían desde una posición muy calentita, acomodada y normativamente aceptada. Algunxs hasta me dieron el pésame y me desearon suerte, como cuándo una se cambia de ciudad. Yo sólo me iba a un trampolín. En la actualidad, aún hoy en día, me miran con cierto desagrado, desaprobación y con cierta aspereza. Mis hermanxs incluso me han repetido hasta la saciedad que no es muy normal lo del trampolín y, que me busque algo más estable que dicen que ya tengo una edad. Pero ellxs tampoco me sirven. Yo no quiero sus vidas ni tan sólo un segundo. Además no trato a acertar si yo me alejé de ellxs o son ellxs lxs que se alejaron de mí. ¿Tiene eso alguna importancia? Ahora ya no sirve de nada.

Lo que pasa realmente es que al fin y al cabo todxs te dicen cómo hacer, deshacer, cómo vivir, cómo estar, como sentir, cómo vestirte, cómo estar presentable, cómo trabajar, cómo respirar, cómo ver cine, cómo comer, cómo dormir, cómo ser, cómo estar, cómo cruzarte las piernas, cuándo hacer la compra, cuándo tomar el sol, cuándo, cómo, cuándo, cómo y así hasta terminar con una madeja de hilo enredado, pero nadie se pregunta si yo quiero estar por un solo instante en su mierda de discurso (des) igualitario, omnipresente, deslavado y normativo. Mi respuesta es NO, NO y NO. Pero todxs piensan que me equivoco.

He sufrido mucho para estar en el trampolín y aún sabiendo lo que hacía, me he construido así y así quiero continuar. Nadie habla de que todxs nos construimos, nadie somos cómo decimos ser, somos una construcción modelada por nosotrxs mismxs. Cambiamos todos los días, nos movemos despacio pero no por ello la tierra deja de girar. No llegué al trampolín de forma aleatoria ni engañada ni a ver qué encontraba. No, no, y no. Si volviera a nacer volvería al trampolín de forma constante una y otra vez, una y otra vez. A veces quiero pensar que puedo imaginar cómo se podía sentir Penélope cuándo tenía que deshacer  lo tejido durante todo el día y cuan grande era el sufrimiento de las danaides cuando sus cántaros agujereados dejaban de nuevo marchar el agua. Pero esto es mucho imaginar. Mucho deseo. Deseo, deseo como el que siento y el que me hace habitar al menos en paz conmigo misma.

No quiero sentir miedo pero no he aprendido aún a dejar de generarlo.

Siempre me atrayeron las mentes torturadas. Y esta es una de las razones principales por las que estudié historia del arte.

Probablemente quiera destruir esto después de publicarlo. Escribir me ayuda a sentirme menos sola.

 

La gente que no vive en un trampolín no sabe de vaivenes.

 

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