30.7.13

Los shorts de Jacqueline


Me imagino aquel año de 1935 viendo llegar en un barco a Jacqueline Lamba a la isla de Tenerife. Bueno, quiero imaginármelo pero lo cierto es que no puedo. Ni soy de la isla ni puedo ambientarme en la atmósfera de ese año cuándo se iba a llevar a cabo la Exposición surrealista organizada por el pintor Óscar Domínguez. Ella llegó acompañada de otros dos artistas, André Breton con el que estaba casada y Benjamín Péret. Las islas canarias fueron para el movimiento surrealista uno de los lugares surrealistas preferidos por muchos de ellos. Es una forma muy correcta de decirlo, tal y como ha pasado a la Historia con mayúsculas, evitando así hacer evidente el imperialismo siempre bastante difícil de encajar para el burgués acomodado que a la mínima de cambio puede hacer uso del maquillaje o disfrazarse según el caso.

Hace unos años vi en una pequeña y hasta casi insípida fotografía correspondiente a una exposición sobre Eduardo Westerdahl a Jacqueline Lamba. Nunca había oído hablar de ella, nunca había aparecido en mis libros. Me llamó la atención, me pareció una mujer muy atractiva. Me dejé seducir. De entre todas las fotos que había sólo me interesaba en las que ella salía, sin saber quién era y qué hacía allí. Sin saber muy bien porque estaba siempre rodeada de hombres. ¿Quién era esa guapa mujer que me hacía querer saber cosas sobre ella? Me quedé a la visita guiada. En ella habló la comisaria. La nombró en muy poquitas ocasiones solo como mera curiosidad incluso. Por eso supe que era Jacquline Lamba. Nombre que apunté de inmediato en la libreta que llevaba en el bolso. La presentó como la esposa de Breton. Y como una mujer que debió de impactar en el Tenerife de 1935 ya que solía llevar unos shorts, algo que nadie en el contexto español se atrevía a llevar, y jerseys ceñidos con lo que debía ser la comidilla del momentazo. Me imagino a Jacqueline pasear por las calles de Tenerife y corrillos a su espalda comentando su estilazo ¿no es así? ¿esto es lo que esperamos de este tipo de discursos, no? Bien, siento que lo hago, entonces, bien. Me tranquiliza.

Durante cierto tiempo estuve buscando quien era ella y qué hacía. Poco averigüé la verdad, no hay mucho más allá de lo que acabo de contar, siempre apareciendo bajo el gran falo de su esposo, ahí a su sombrita. Ya sabemos que ellas siempre son presentadas como esposas de…a diferencia de ellos que nunca son esposos de…Supongo que ser la esposa de Breton no fue fácil. Breton un misógino surrealista al que poco o nada le importaba otros puntos de vista que no hablasen de su ombligo. Aquí siempre hay alguien dispuesto a comentar que qué importancia tuvo que fuera o no misógino y esas menudencias que se me ocurren a mí resaltar, ya todos nos vamos conociendo, ¿no? Bien, seguimos dentro del discurso.

Demoledor es que para hablar de una mujer artista, por ejemplo, se hable de sus shorts, que mucho más allá de que fueran o no el último grito de la moda y algo que por aquí no se estilaba por razones políticas y contextuales más allá de todo eso, nunca he escuchado hablar de la estética de un señor artista si no es para vincularlo aún más a lo bohemio y genial de su estatus, siempre que este sea descuidado porque ellos nunca cuidan su aspecto, nacen ya con el incorporado. Pero la cosa cambia si es una mujer de lo que hablamos. ¿todo bien, no?

Jacqueline Lamba no aparecía en mis libros. Y eso no es lo más triste, por supuesto. Jacqueline sólo ha pasado a la historia por ser la esposa de Breton y por crear una obra artística que según su condición de mujer,  era una obra sin genialidad, sin ocurrencia, sin creatividad y sin destreza conceptual. La hacía porque como mujer de Breton se aburría en casa los sábados por la tarde y entre regar las plantas y coser, a veces hacía algún que otro lienzo de estética surrealista que le inspiraba siempre un artista amigo de su marido.

Jacqueline Lamba no aparecía en mis libros pero sí en los diarios personales de Frida Khalo en los cuales aparecen escritas algunas cartas de amor que le escribió a Jacqueline. Ambas se conocieron en un viaje que ella y André hicieron a México en 1938. Frida y Jacqueline se amaron, al parecer, de forma sexual. Pero ya se sabe que esos amoríos entre mujeres no cuentan, son algo así como recreos llenos de ternura y cuchicheos entre amigas. Ya se sabe que estas historias son mejor esconder, invisibilizar, callar, ocultar. Son cotilleo puro. No así que ella fuera la mujer de Bretón, esto no es cotilleo, esto es la vida misma.

Jacqueline Lamba. La mujer en shorts que me encandilo en una de las fotografías. La que hubiera podido ser una de las pintoras más interesantes de aquéllos tiempos quedó invalidada por el movimiento surrealista y por su marido. Breton no entendía que las mujeres se pudieran dedicar al arte. Breton pensaba así. Breton era un misógino de libro. Y luego los que escribieron la historia del arte ya se encargaron de hacer sus silencios y ocultamientos necesarios. Y así es como si de una bondad generalista pensáramos que algunas artistas son tan sólo fruto del descuido. Algo así como “uy, se me olvidó poner a Jacqueline Lamba, me-cachis”. Pero no debemos alarmarnos demasiado que tampoco es para tanto, digo yo, ¿no? Esta historia ya ha sido contada desde un único posicionamiento universalista, total, para qué alterar nada a estas alturas de siglo.

Hay gente que sigue prefiriendo ver a los surrealistas como GENIOS por ejemplo y disfrutar de su pintura. Perfecto. A mí también me gusta disfrutar de cierta pintura pero no quiero ser cómplice, jamás, de esa historia universalista, burguesa, paternalista y redentora.

Jacqueline Lamba me importa más que Breton y que otros tantos surrealistas por la sencilla razón que su historia permanece sin escribir. Tan sencillo como tratar de entender eso.

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