24.7.13

Perversas, poderosas y fatales. Un pequeño relato de astuta sororidad.


Enlazando con la entrada de ayer mi punto de partida diferenciador fue justo al terminar mis estudios universitarios. A veces pienso que el período que pasé en la universidad fue un bálsamo de inconsciencia en todos los sentidos. Mi cuerpo me lo pedía a gritos, y se lo concedí de forma indirecta, durante cuatro largos años en los que me pasó un poco de todo. Cuando llegué a la universidad ya había pasado por un castrador colegio de monjas y por un instituto público que me puso en órbita y me bajó a la tierra de una gran hostia. Pero al terminar mis estudios en la facultad con más éxito del que nunca imaginé, comencé esa etapa indefinida por redefinirme en algún espacio, en algún contexto y  en localizarme a mí misma fuera del radio que me mantenía a flote. Esa etapa en la que una siempre está reciclando aunque no quiera o no sepa. No puedo precisar con mucho acierto como comenzó todo. Lo único que tengo claro es que di en el momento justo con la pócima química que necesitaba. Yo buscaba, buscaba a todas horas. Y aún así sentí cierto pudor, cierta forma de esconder todo lo que iba descubriendo día a día. No lo hablaba con nadie. Para mí hablarlo con alguien era como desnudarme entera perdiendo totalmente el criterio- años más tarde me hice nudista para terminar con ese criterio- Aún no tenía las cosas suficientemente claras como para hablar de ellas. Como cuándo siendo una niña de unos doce años recorría la biblioteca pública buscando novelas dónde las protagonistas se besasen y tuviesen momentos íntimos cuánto más explícitos mejor. No encontraba muchos, eran difícil acertar, hablo de ese momento en que internet no había aterrizado. Ahora me visualizo a mi misma como un intertexto, como una pequeña depredadora sexual- es efecto de la distancia que dan los años-sólo que entonces lo ocultaba y me obligaba a mí misma a restarle interés. Recuerdo pues, al hilo de lo que estaba comentando, como supuso para mí un hallazgo asombroso, que al principio me produjo vértigo y ciertos estados de alucinación, encontrar las tesis, libros de ciertas historiadoras, críticas de arte y artistas feministas que aparecieron desde la década de los 60, sobre todo en el ámbito anglosajón, fue entonces cuando empecé a entender ciertos asuntos. Llegó a mi la transversalidad y el feminismo. Comencé a leer crítica y ensayo feminista. Para mí fue fundamental la deconstrucción de todo lo que había estudiado, de todo los muros que habían levantado a mí alrededor para darme cuenta que la historia, la historia del arte que es lo que ocupaba mi mayor tiempo, era una historia retenida por el patriarcado. Hasta entonces ni me lo había cuestionado. Las cosas eran así y punto. Como también eran así que mi hermano mayor hiciera cosas que llegada yo a su edad nunca me podía permitir, ni nunca me permitieron asumir. Yo era una niña y mi hermano un chico. Y esto era así y punto. Fue por aquel entonces cuando quise ser un chico. Yo no quería hacer cosas de niñas yo quería hacer todo lo que supuestamente me era vetado. Luego se me pasó y el universo hizo que me pusiera en mi sitio, ese que me tenía reservado el Estado para mí. Fueron muchos años de feminización compulsiva. Aún me cuesta hablar de esta etapa.

Después de este inmenso descubrimiento intelectual fue cuando empecé a interesarme por las mujeres fatales. Las mujeres fatales me imantaban. Me fascinaba su estética, su descaro, su lenguaje corporal, su hacer-deshacer, y su supuesta sexualidad sin restricciones. Por aquél entonces me empecé a interesar por el cine como nunca hasta entonces lo había hecho. Y empecé a devorar películas que me prestaban las bibliotecas públicas y municipales e hice mis primeras horas sentada viendo sobre todo cine negro y bueno…todo lo que caía en mi mano y que hasta entonces había despreciado, y descubrí a personajes maravillosos que poblaron mi cabeza de historias, y me enamoraba de actrices con las que soñaba mientras el resto de mis amigxs pasaban la tarde, hablando de cosas que a mí me producían cierto hastío en la piscina los largos días de verano. Así empecé a emparanoiarme. Las mujeres fatales esas grandes performáticas. Un formato de conspiración misógina y violenta para retener a las mujeres poderosas. ¡Vaya, uno más de tantos! La historia ha estado llena de ellas. Han llegado a nosotrxs en forma de moraleja, como indicadoras de lo que te puede ocurrir si te desvías de la norma establecida. Todas ellas son al final de la “película” castigadas, reconducidas y domesticadas según el patrón patriarcal. Me chiflaban ya entonces y aún hoy me siguen fascinando.

Mi vida se llenó de morbo y comencé a tener sueños húmedos con estas mujeres tan poderosas. Pero..¿dónde estaban? ¿cómo conocer a una? ¿podría yo empoderarme también? ¡Menudo lío! Decidí, entonces, que quería ser poderosa. Y fue entonces cuando volvieron los golpes de nuevo, esos que durante cierto tiempo de mi existencia estudiantil quedaron relegados al baúl de la abuela.

Aún recuerdo como quise llorar, hace uno años, cuándo pisé la cueva de Zugarramurdi. Aún no puedo dejar de pensar, escribir o hablar desde la rabia. Supongo que no es una decisión si no una forma de resistencia como otra cualquiera. No sé si algún día llegaré a hacerlo desde otro posicionamiento y si así fuera espero que al menos me proporcione algo más de tranquilidad.

Ese día en aquella cueva pensé mucho. Y ahora con cierta lejanía veo que ante un detonante siempre hay un antes y un después.

De igual forma guiada por la literatura y la ficción me encantan todas las heroínas, las villanas y todas las mujeres que se alzan con algún tipo de poder. Lo que me escuece y me llena de rabia (¡otra vez la rabia!) es que generalmente casi todas ellas han sido creadas siguiendo parámetros misóginos, machistas y adecuados a los ojos de un espectador blanco, joven y heterosexual. Creadas por hombres para el consumo de hordas de hombres que recrean su vista en mujeres que aparentan ser poderosas pero que son tan objetualizables como una figurita de porcelana. Y cada vez que pienso en esto recuerdo aquél artículo que leí no hace mucho sobre cultura visual y construcción de identidades en la infancia de Montserrat Rifá. Todo un descubrimiento, a partir del cual ser remarcó más aún si cabe, que ningún personaje se logre escapar de mis gafas violetas. (también tengo gafas violetas de sol).

 

 

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