12.8.13

Levitt, Matisse y el Renacimiento


Cuando conocí este pasado mes de junio el Museo Matisse de Niza recuperé de nuevo la idea de lo importante que son otros movimientos artísticos en la vida y desarrollo creativo de muchos artistas. Y digo recuperé porque mi mirada occidental me cercena, me oxida, me dilata solo la pupila. A veces cuando siento el globo pincharse es cuándo me doy cuenta que estar desaprendiendo me quema muchas calorías diarias y una no siempre está en forma aunque ahora haya empezado a ir en bicicleta.

Cierto es que esto es una obviedad pero al menos en mí caso mirando según qué obras se me olvida, se me pasa por alto, me absorto y  me quedo ahí como colgada dentro de algún circuito  plástico que me conduce al placer. Solo a la delectación. Ahora también sé que cada vez me lo voy poniendo más difícil.  La obra de Matisse no me interesa mucho. En cambio, me entusiasmó su vínculo con la música, la danza y el movimiento. Sin nada de esto Matisse no hubiese sido Matisse. A veces cuándo miro una pintura legitimada y orquestada por la crítica como obras de arte, en este caso si hablamos de Matisse, puede que pase por alto todo eso y me dejo arrastrar influida por la forma de estudiar con compartimentos estancos que impiden generar enlaces a otros campos. El discurso de este museo giraba en torno a los vínculos que Matisse estableció con la música, la danza, y el movimiento dando así pie a su trabajo creativo.

¿Por qué nadie me dijo que Matisse fue músico? Igual nadie me lo dijo porque a mí Matisse nunca me gustó.

Para Helen Levitt el movimiento era su forma de funcionar con su cámara Leica abriendo una escala diferenciadora entre la historia y el lugar. Mirar una fotografía de Helen Levitt es desafiar las leyes sobre las que se construyeron algunos de los parámetros sobre los que se sustentaba la historiografía del arte desde el Renacimiento. El movimiento es el punto de inflexión de sus fotografías así como para Matisse lo fue de algunas de sus obras, de esas danzantes que bailaban al son de lejanas músicas haitianas, quizá. El movimiento se convirtió en la parte central de “Desnudo bajando una escalera” de Duchamp y de todo la plataforma de artistas futuristas en la Italia de las primeras vanguardias.  El movimiento provino de las máquinas de la industrialización, pero también de los cuerpos de los obreros, de la gente del campo, de las bailarinas rusas, de la música, el circo y el cabaret. Helen estaba interesada por la danza y el teatro. Matisse también. Pero mirando una fotografía de Levitt o de Matisse llegaríamos fácilmente a la conclusión de que el movimiento en sí no les interesa. No les interesa al menos como le pudo llegar a interesar a Duchamp o a los cinéticos como Vasarely.

Estoy hablando de otra cosa.

A Levitt quizá como a Matisse lo que le importaba era la coreografía. El resto no importaba tanto. Y en ese tanto hablo del Renacimiento.

Por eso me molesta cuando se presenta a Levitt como una artista con cierta predilección por la infancia. Como es leída como mujer y por lo que actualmente entendemos por artista tiene que tener ese encanto maternal a flor de piel y esa ternura innata. Tanto como me irrita ver cómo siempre que alguien habla de Matisse hable de las mujeres haitianas, como si acaso las conociesen o hablen de su pasión por el arte primitivo con esa indolencia superior del resabido que no mide su paternalismo. No sé si la infancia le preocupaba o no, la verdad que no me interesa, no es la infancia y su mundo lo que retrata en sus fotografías si no un espacio coreográfico en el que están ocurriendo cosas. La obra de Levitt se enmarca en el contexto de los años 30 y 40 americanos. Le interesa el contexto, le interesa saber qué y cómo contar historias rutinarias de juegos, vidas y dramas diarios. La performance está en sus fotos, en todas y cada una de ellas. Trabajaba sobre el terreno a pie de calle. Para retratar las problemáticas sociales en el Nueva York de aquéllos años ya estaban los fotógrafos de la Photo League.

Con ello no estoy diciendo que en sus fotografía no muestre las realidades sociales, es precisamente eso de lo que estoy hablando, lo cierto es que  la calle es la única protagonista, sin calle no hay foto y sin movimiento no está el lugar ni las historias que contar.

El hecho es que Levitt y Matisse no tienen nada que ver. Ni tan siquiera yo sé muy bien porque he decidido escribir sobre ellos. Matisse como he dicho antes no me gusta. De Levitt sólo sé que me hizo una señal. Ahora, no sé muy bien cómo organizar qué parte de la historia no encaja en todo esto.


 
 
Canaletto pintó su obra en 1730. Matisse en 1909 y Levitt en 1940.
 

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