4.9.13

inMovilidad


Dragones llegan a mi cabeza todas las noches. Portan mensajes negativos que mi cerebro absorbe con gran velocidad. Forman parte de un comisionado activo proveniente de una nave nodriza alienígena. Yo sólo quiero dormir mientras que distintos resultados conceptuales que aún no se han materializado giran en amplias bandas a velocidades indistintamente prefijadas.

Me siento como Bill Murray encerrado en aquél bucle desprogramado de toda lógica mientras se sucedía “Atrapado en el tiempo” como si todos esos mensajes negativos porteados por dragones estuvieran amontonados en una obra de Arman y ensamblados a mis vísceras. Como si acaso yo estuviese hablando de movilidad.

Para crear movimiento en un soporte fijo basta con incluir en los dos extremos de la escena tanto la movilidad como la inmovilidad. Es así de sencillo. Pienso en esto recreándome en algunas de las escenas tan extrañamente incómodas que hablan de abandono y masoquismo en la figura de Fassbinder cuando proyectaba cierto clasicismo muy poco digerible en Petra Von Kant.

Pero vayamos al grano. La inmovilidad tiene que ver con lo etéreo y más concretamente con campos magnéticos. Recuerdo aquélla tarde en un bar en el centro de Bratislava. Recuerdo aquél baño sin cerrojos en las puertas y recuerdo aquélla mirada felina de una chica gris que hablaba un idioma indescriptible. Era de macedonia según supe más tarde. Me encontré con ella en el baño. Nos miramos inmóviles. Frente a frente. Un rato y luego otro rato. Ella me dijo algo que yo evidentemente no entendí. No me moví. Ella tampoco lo hizo. No le hablé solo respiraba fuerte. Me rozó los labios con dos de sus dedos de la mano derecha. Yo no podía moverme. Ella se fue. Yo me hubiera desnudado íntegramente allí mismo, con ella, sin cerrojo, sin entendernos, y probablemente sin mirarnos. No lo hice, ella tampoco. La duda vuelve siempre. La inmovilidad tiene que ver con lo narrado pero no experimentado como aquella excursión a Sachsenhausen dónde sentí mi primera nausea, luego llegarían más. Recuerdo aquélla tarde en la que terminé remojando mis pies en una playa del mar del norte asustada porque ese lugar estaba lleno de avispas.

Alguien me dijo que los aviones no tienen marcha atrás y que nunca aterrizan con el viento en su contra.

Si miras desde abajo y bien pegada a la portada de la catedral de Colonia sientes que no puedes respirar.

Dragones vienen todas las noches a mi cabeza y yo no puedo dormir. Intento concentrarme en algo más liviano y que no porte movimiento pero vuelvo a la acción de no poder contener el drama. Es algo tan sencillo como habilidoso para originar el movimiento basta con incluir en los extremos opuestos del soporte tanto la velocidad como la inmovilidad.

Mis dragones me sobrevuelan todas las noches.
 


Fotograma de la película Las amargas lágrimas de Petra Von Kant
Arman. Sin título. 2005

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario