13.9.13

Las lentejas


Pierdo los nervios. Antes de que termines de pronunciar la frase “espero que lo que voy a decir no te siente o no te parezca mal”  unos segundos antes de acabar de decírmelo, insisto,  yo, para ese momento, ya he perdido todos los nervios.
No puedo con ese tipo de personas que empiezan a hablarte con ese tipo de discursos. No puedo con sus enseñanzas, con sus consejos y con sus contenciones. Porque al fin y al cabo se trata de eso, de contener. De contener sentimientos, de contener esperanzas, de contener lágrimas, de contener todo lo que se pueda contener sea abstracto, líquido o extenuante.
Para mi desesperanza tengo a varias personas que en mí día a día tratan con la contención. Por supuesto que yo también vivo muy contenida y domesticada, ¿quién si no vive a día de hoy otras formas de experimentación? ¿Quién? Levantad la mano por favor. Quiero conoceros.
Me encantaría descontrolarme pero todo el rato.
Me encantaría pasarme el día escupiendo pero no al suelo sino a la cara.
Me encantaría perder los nervios pero mucho más a menudo.
Me encantaría saber discutir.
Me encantaría saber llorar a tiempo.
Pero…vivimos en la era de la contención. Y me siento tan controlada en todos los aspectos como aconsejada por personas paternalistas que lo único que consiguen hacer crecer en mí es la radicalidad. Si, escucharon bien, radical. muy radical. Gracias gente.  Muchas gracias.
Una nunca sabe cómo va ir y a estar según le van pasando los años. Pero si hace una década me hubiese visto reflejada en una bola de cristal proyectando sobre mi futuro nunca hubiese visto tan claro un simple plato de lentejas.

 

Así que efectivamente, esto son lentejas, el resto ya lo saben.
 
La imagen se corresponde con la obra Le déjeuner en fourrure (1936) de Meret Oppeheim

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