22.12.13

La bailarina que leía a G. Pollock


Enero de 2005. Quería conocer chicas no heterosexuales. Me fui un fin de semana a Madrid con la idea de pasármelo en Chueca. En mi ciudad es muy difícil conocer a chicas no heterosexuales, yo no conocía a ninguna. Reservé una habitación en un hotelito de la Carrera de San Jerónimo. Una cama doble pedí por teléfono. Me había prometido a mí misma no dormir sola aquélla única noche que pasaría allí.

Llegué pronto así que bajé a la cafetería La catedral ubicada en esa misma calle para desayunar y desde allí ver cuáles eran mis opciones para ese fin de semana.

Estaba nerviosa. Quería conocer chicas pero no sabía por dónde empezar. Hojeé el periódico. Ninguna noticia me interesó. Mientras tomaba el café abrí la mochila y saqué el libro que me estaba leyendo. Realmente me quedaba muy poco para terminarlo. Quería relajarme y sé que cuando leo logro desaparecer. Al rato apareció ella.

-          ¡Hola!-me dijo- ¡No puede ser que haya dado con la chica más culta de todo Madrid-dijo señalando mi libro. ¿en serio que lees a Gergen?

Levanté la vista y vi a una chica menuda, sonriente, muuuy atractiva que con cierta gracia  señalaba a mis manos. Yo leía en aquellos momentos El yo saturado de K. Gergen con la única intención de re-ubicarme y desintoxicarme de mi etapa académica.

-          ¡Hola!-dije yo- ¿Te lo has leído? Yo tampoco puedo creer que conozcas a Gergen.

-          Puedo sentarme contigo y así no tomo sola el café

-          Por supuesto que puedes dije cerrando el libro

No paramos de hablar como en unas tres horas. Sentadas allí en la misma cafetería parecíamos dos amigas de toda la vida. Ella se llamaba Ana y era de Barcelona. Era bailarina y cantante en un musical que esa misma noche se estrenaba en Madrid. Ana me contó que había empezado la carrera de Historia del arte pero que luego se pasó a Musicología. Había hecho también arte dramático y había bailado ballet toda su vida hasta que lo cambió por las giras y los musicales después de tener suerte en un casting. Yo también le conté parte de mi trayectoria profesional y nuestra conversación fue un cúmulo de conexiones imprecisas pero muy estimulantes. Hablamos de Gergen, de Philippe Meirieu, de Adorno, de Bataille, y para cuándo me mencionó a Griselda Pollock yo ya estaba en otra dimensión. ¿Puede una enamorarse en cuestión de unas tres horas de café? La respuesta es sí.

Me dijo que le fuese a ver por la noche al musical. Que tenía varias entradas y que no tenía a nadie a quien dárselas. Por supuesto que le dije que sí. Cuándo me preguntó que qué hacía en Madrid no me atreví a contarle mi propósito así que le mentí, y le dije que había ido para visitar exposiciones y museos, que por otro lado, no era del todo falso.

Después del café de tres horas fuimos a comer. Y continuamos charlando sin parar. ¿Saben de ese flechazo cuándo estás con una desconocida con la que no te importaría pasar el resto de tu vida? Bueno, más o menos, algo así, a veces resulto muy absoluta.

Hablamos de todo pero ninguna de las dos en ese momento mencionó que teníamos pareja. Ella salía con un chico, y yo con otro, pero mi relación estaba en fase terminal, bueno, creo que siempre lo estuvo, es lo que tienen las relaciones tapadera.

Lo cierto es que yo había ido con la intención de conocer a chicas en bares de lesbianas y no solo no pisé ninguno, sino que me vi sentada en la primera fila de un musical descargando todo mi arsenal erótico, estimulada por una chica atractiva, desconocida que bailaba y cantaba y que había leído a Griselda Pollock. Cuando el musical terminó fuimos a tomar una copa pero luego ella me dijo que tenía unos compromisos y que nos podíamos ver el domingo para comer o tomar algo antes de que yo volviese a tomar el tren de vuelta.

Esa noche en el hotel dormí sola. Ningún plan sale como en el boceto.

Durante más de un año Ana y yo estuvimos viéndonos en ciudades distintas y en pueblos variopintos. Nunca pasó nada entre nosotras. Bueno, nunca pasó nada sexual tengo que matizar. O mejor dicho nunca follamos porque sexual lo fue todo desde el primer encuentro hasta el último.

La tensión sexual que acumulamos durante más de un año se condensó en una noche de septiembre del año 2006 en un pueblecito costero cercano a Barcelona. Ella me había invitado a pasar allí unos días. Lo cierto es que sólo pasé una noche.

Después de cenar fuimos a por unas copas. Las dos queríamos. Las dos lo teníamos escrito en la frente. Las dos veíamos que lo inevitable tenía que pasar pero ninguna de las dos quería dar el primer paso. Yo nunca había estado con una chica, ella tampoco. Yo ya le había dicho desde la segunda cita, un año antes, que me gustaban las mujeres, ella por aquél entonces me habló de su bisexualidad pero tampoco había estado con una chica.

Por todos los bares que pasamos nos restregábamos con la mirada, nos abrazábamos, nos tocábamos de manera irreverente, nos reíamos muchísimo y nos comíamos con los ojos. Nos besamos a escondidas en un par de portales. Me metió la mano por debajo de la ropa. Me tocó por dentro, rápido y  fuerte. Estaba tan excitada que pude correrme de pie. Le clavé las uñas en el cuello. Y ahogué mis gritos mordiéndole la camiseta.

Una vez en su cama ya no pudimos tocarnos ni un pelo. Desnudas. Una a cada lado de la cama. El medio vacío. Ya no había abrazos íntimos. Estábamos muertas de miedo. Nos mirábamos de frente a frente. Yo fui incapaz de tocarle. A ella le pasó lo mismo. Dormimos abrazadas pero sin tocarnos.

Recuerdo su olor.

A la mañana siguiente decidí irme. No quise quedarme el resto de los días. Ana no puso resistencia. Lloré mientras me alejaba de ella. Volvimos a vernos unas cuántas veces más, aún hoy en día nos vemos, pero nunca hablamos de aquélla noche. Nunca hablamos de nosotras, nunca hablamos de lo que no pudo ser, nunca le concedimos ni un segundo a esa noche. Nunca le conté porqué decidí irme. Las dos hicimos por olvidarlo.

 

Tan solo tres meses después me presentaron a E.



 
 He modificado algún dato y el nombre de la bailarina de la historia real

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