30.7.13

Los shorts de Jacqueline


Me imagino aquel año de 1935 viendo llegar en un barco a Jacqueline Lamba a la isla de Tenerife. Bueno, quiero imaginármelo pero lo cierto es que no puedo. Ni soy de la isla ni puedo ambientarme en la atmósfera de ese año cuándo se iba a llevar a cabo la Exposición surrealista organizada por el pintor Óscar Domínguez. Ella llegó acompañada de otros dos artistas, André Breton con el que estaba casada y Benjamín Péret. Las islas canarias fueron para el movimiento surrealista uno de los lugares surrealistas preferidos por muchos de ellos. Es una forma muy correcta de decirlo, tal y como ha pasado a la Historia con mayúsculas, evitando así hacer evidente el imperialismo siempre bastante difícil de encajar para el burgués acomodado que a la mínima de cambio puede hacer uso del maquillaje o disfrazarse según el caso.

Hace unos años vi en una pequeña y hasta casi insípida fotografía correspondiente a una exposición sobre Eduardo Westerdahl a Jacqueline Lamba. Nunca había oído hablar de ella, nunca había aparecido en mis libros. Me llamó la atención, me pareció una mujer muy atractiva. Me dejé seducir. De entre todas las fotos que había sólo me interesaba en las que ella salía, sin saber quién era y qué hacía allí. Sin saber muy bien porque estaba siempre rodeada de hombres. ¿Quién era esa guapa mujer que me hacía querer saber cosas sobre ella? Me quedé a la visita guiada. En ella habló la comisaria. La nombró en muy poquitas ocasiones solo como mera curiosidad incluso. Por eso supe que era Jacquline Lamba. Nombre que apunté de inmediato en la libreta que llevaba en el bolso. La presentó como la esposa de Breton. Y como una mujer que debió de impactar en el Tenerife de 1935 ya que solía llevar unos shorts, algo que nadie en el contexto español se atrevía a llevar, y jerseys ceñidos con lo que debía ser la comidilla del momentazo. Me imagino a Jacqueline pasear por las calles de Tenerife y corrillos a su espalda comentando su estilazo ¿no es así? ¿esto es lo que esperamos de este tipo de discursos, no? Bien, siento que lo hago, entonces, bien. Me tranquiliza.

Durante cierto tiempo estuve buscando quien era ella y qué hacía. Poco averigüé la verdad, no hay mucho más allá de lo que acabo de contar, siempre apareciendo bajo el gran falo de su esposo, ahí a su sombrita. Ya sabemos que ellas siempre son presentadas como esposas de…a diferencia de ellos que nunca son esposos de…Supongo que ser la esposa de Breton no fue fácil. Breton un misógino surrealista al que poco o nada le importaba otros puntos de vista que no hablasen de su ombligo. Aquí siempre hay alguien dispuesto a comentar que qué importancia tuvo que fuera o no misógino y esas menudencias que se me ocurren a mí resaltar, ya todos nos vamos conociendo, ¿no? Bien, seguimos dentro del discurso.

Demoledor es que para hablar de una mujer artista, por ejemplo, se hable de sus shorts, que mucho más allá de que fueran o no el último grito de la moda y algo que por aquí no se estilaba por razones políticas y contextuales más allá de todo eso, nunca he escuchado hablar de la estética de un señor artista si no es para vincularlo aún más a lo bohemio y genial de su estatus, siempre que este sea descuidado porque ellos nunca cuidan su aspecto, nacen ya con el incorporado. Pero la cosa cambia si es una mujer de lo que hablamos. ¿todo bien, no?

Jacqueline Lamba no aparecía en mis libros. Y eso no es lo más triste, por supuesto. Jacqueline sólo ha pasado a la historia por ser la esposa de Breton y por crear una obra artística que según su condición de mujer,  era una obra sin genialidad, sin ocurrencia, sin creatividad y sin destreza conceptual. La hacía porque como mujer de Breton se aburría en casa los sábados por la tarde y entre regar las plantas y coser, a veces hacía algún que otro lienzo de estética surrealista que le inspiraba siempre un artista amigo de su marido.

Jacqueline Lamba no aparecía en mis libros pero sí en los diarios personales de Frida Khalo en los cuales aparecen escritas algunas cartas de amor que le escribió a Jacqueline. Ambas se conocieron en un viaje que ella y André hicieron a México en 1938. Frida y Jacqueline se amaron, al parecer, de forma sexual. Pero ya se sabe que esos amoríos entre mujeres no cuentan, son algo así como recreos llenos de ternura y cuchicheos entre amigas. Ya se sabe que estas historias son mejor esconder, invisibilizar, callar, ocultar. Son cotilleo puro. No así que ella fuera la mujer de Bretón, esto no es cotilleo, esto es la vida misma.

Jacqueline Lamba. La mujer en shorts que me encandilo en una de las fotografías. La que hubiera podido ser una de las pintoras más interesantes de aquéllos tiempos quedó invalidada por el movimiento surrealista y por su marido. Breton no entendía que las mujeres se pudieran dedicar al arte. Breton pensaba así. Breton era un misógino de libro. Y luego los que escribieron la historia del arte ya se encargaron de hacer sus silencios y ocultamientos necesarios. Y así es como si de una bondad generalista pensáramos que algunas artistas son tan sólo fruto del descuido. Algo así como “uy, se me olvidó poner a Jacqueline Lamba, me-cachis”. Pero no debemos alarmarnos demasiado que tampoco es para tanto, digo yo, ¿no? Esta historia ya ha sido contada desde un único posicionamiento universalista, total, para qué alterar nada a estas alturas de siglo.

Hay gente que sigue prefiriendo ver a los surrealistas como GENIOS por ejemplo y disfrutar de su pintura. Perfecto. A mí también me gusta disfrutar de cierta pintura pero no quiero ser cómplice, jamás, de esa historia universalista, burguesa, paternalista y redentora.

Jacqueline Lamba me importa más que Breton y que otros tantos surrealistas por la sencilla razón que su historia permanece sin escribir. Tan sencillo como tratar de entender eso.

29.7.13

- leer -


Estos días de atrás me he puesto a leer una tesis de máster de la Universidad politécnica de Valencia escrita por Esperanza Moreno Hernández. Hoy mientras me tocaba el turno en la peluquería leía sin parar. Hace tiempo que la había encontrado pero la tenía ahí entre mis siguientes textos por leer. Si pienso bien no es casual que la quiera leer ahora. Voy acumulando tantos libros, textos y artículos que una ya pierde la cuenta de cuál es el que le corresponde a cada momento. Lo cierto es que tengo la extraña sensación que mis ojos van en cadencia hipnotizadora hasta algunos de ellos esos que necesito justo en el momento preciso. No sé si me explico. Supongo que no...es complicado. No siempre me pasa. Casi siempre yo elijo que leer en cada período alti-bajo, alti-alto, alti-medio o alti-plano de mis días. Otras veces en cambio no lo tengo tan claro.
Lo cierto es que me he sumergido entre sus páginas y no veo el momento de cerrarlo y descansar. Así me suele pasar. Como algo me guste leer no ceso hasta que lo termino. Me da igual que hora sea y si tengo que quitarme horas de sueño.
Tengo con los libros una relación sanadora. Curativa. Paliativa. Extraña. Afectuosa. Doliente. Placentera. Son precisamente ellos quienes han dominado mi yo desde dentro, desde fuera, mi yo fronterizo y sumergido, mi yo visceral. He llorado con algunos de ellos, de rabia, se sobreentiende.
En mis períodos de ansiedad nada me relaja más que leer. Ahora tengo ansiedad. La necesidad de realidad que busco en ellos es algo que no puedo contrarrestar con nada más. Y menos en situaciones que no se manejar. Es muy absoluto decirlo así pero yo también soy bastante categórica. Es cuánto menos repelente que busque en ellos realidad, como si acaso no tuviera bastante con todo lo que cae diariamente, pero al fin y al cabo vivo atormentada en un teatrillo diario en dónde la ciudad donde resido es una enooorme mansión victoriana.
Lo cierto es que buscando hace unas horas he encontrado que existe un blog que hasta el momento no había hallado http://www.cuerposlesbianos.net/ y ahí en el apartado Proyecto aparece la tesis de máster de la que hablo y de la que me he enganchado de forma magnética.

24.7.13

Perversas, poderosas y fatales. Un pequeño relato de astuta sororidad.


Enlazando con la entrada de ayer mi punto de partida diferenciador fue justo al terminar mis estudios universitarios. A veces pienso que el período que pasé en la universidad fue un bálsamo de inconsciencia en todos los sentidos. Mi cuerpo me lo pedía a gritos, y se lo concedí de forma indirecta, durante cuatro largos años en los que me pasó un poco de todo. Cuando llegué a la universidad ya había pasado por un castrador colegio de monjas y por un instituto público que me puso en órbita y me bajó a la tierra de una gran hostia. Pero al terminar mis estudios en la facultad con más éxito del que nunca imaginé, comencé esa etapa indefinida por redefinirme en algún espacio, en algún contexto y  en localizarme a mí misma fuera del radio que me mantenía a flote. Esa etapa en la que una siempre está reciclando aunque no quiera o no sepa. No puedo precisar con mucho acierto como comenzó todo. Lo único que tengo claro es que di en el momento justo con la pócima química que necesitaba. Yo buscaba, buscaba a todas horas. Y aún así sentí cierto pudor, cierta forma de esconder todo lo que iba descubriendo día a día. No lo hablaba con nadie. Para mí hablarlo con alguien era como desnudarme entera perdiendo totalmente el criterio- años más tarde me hice nudista para terminar con ese criterio- Aún no tenía las cosas suficientemente claras como para hablar de ellas. Como cuándo siendo una niña de unos doce años recorría la biblioteca pública buscando novelas dónde las protagonistas se besasen y tuviesen momentos íntimos cuánto más explícitos mejor. No encontraba muchos, eran difícil acertar, hablo de ese momento en que internet no había aterrizado. Ahora me visualizo a mi misma como un intertexto, como una pequeña depredadora sexual- es efecto de la distancia que dan los años-sólo que entonces lo ocultaba y me obligaba a mí misma a restarle interés. Recuerdo pues, al hilo de lo que estaba comentando, como supuso para mí un hallazgo asombroso, que al principio me produjo vértigo y ciertos estados de alucinación, encontrar las tesis, libros de ciertas historiadoras, críticas de arte y artistas feministas que aparecieron desde la década de los 60, sobre todo en el ámbito anglosajón, fue entonces cuando empecé a entender ciertos asuntos. Llegó a mi la transversalidad y el feminismo. Comencé a leer crítica y ensayo feminista. Para mí fue fundamental la deconstrucción de todo lo que había estudiado, de todo los muros que habían levantado a mí alrededor para darme cuenta que la historia, la historia del arte que es lo que ocupaba mi mayor tiempo, era una historia retenida por el patriarcado. Hasta entonces ni me lo había cuestionado. Las cosas eran así y punto. Como también eran así que mi hermano mayor hiciera cosas que llegada yo a su edad nunca me podía permitir, ni nunca me permitieron asumir. Yo era una niña y mi hermano un chico. Y esto era así y punto. Fue por aquel entonces cuando quise ser un chico. Yo no quería hacer cosas de niñas yo quería hacer todo lo que supuestamente me era vetado. Luego se me pasó y el universo hizo que me pusiera en mi sitio, ese que me tenía reservado el Estado para mí. Fueron muchos años de feminización compulsiva. Aún me cuesta hablar de esta etapa.

Después de este inmenso descubrimiento intelectual fue cuando empecé a interesarme por las mujeres fatales. Las mujeres fatales me imantaban. Me fascinaba su estética, su descaro, su lenguaje corporal, su hacer-deshacer, y su supuesta sexualidad sin restricciones. Por aquél entonces me empecé a interesar por el cine como nunca hasta entonces lo había hecho. Y empecé a devorar películas que me prestaban las bibliotecas públicas y municipales e hice mis primeras horas sentada viendo sobre todo cine negro y bueno…todo lo que caía en mi mano y que hasta entonces había despreciado, y descubrí a personajes maravillosos que poblaron mi cabeza de historias, y me enamoraba de actrices con las que soñaba mientras el resto de mis amigxs pasaban la tarde, hablando de cosas que a mí me producían cierto hastío en la piscina los largos días de verano. Así empecé a emparanoiarme. Las mujeres fatales esas grandes performáticas. Un formato de conspiración misógina y violenta para retener a las mujeres poderosas. ¡Vaya, uno más de tantos! La historia ha estado llena de ellas. Han llegado a nosotrxs en forma de moraleja, como indicadoras de lo que te puede ocurrir si te desvías de la norma establecida. Todas ellas son al final de la “película” castigadas, reconducidas y domesticadas según el patrón patriarcal. Me chiflaban ya entonces y aún hoy me siguen fascinando.

Mi vida se llenó de morbo y comencé a tener sueños húmedos con estas mujeres tan poderosas. Pero..¿dónde estaban? ¿cómo conocer a una? ¿podría yo empoderarme también? ¡Menudo lío! Decidí, entonces, que quería ser poderosa. Y fue entonces cuando volvieron los golpes de nuevo, esos que durante cierto tiempo de mi existencia estudiantil quedaron relegados al baúl de la abuela.

Aún recuerdo como quise llorar, hace uno años, cuándo pisé la cueva de Zugarramurdi. Aún no puedo dejar de pensar, escribir o hablar desde la rabia. Supongo que no es una decisión si no una forma de resistencia como otra cualquiera. No sé si algún día llegaré a hacerlo desde otro posicionamiento y si así fuera espero que al menos me proporcione algo más de tranquilidad.

Ese día en aquella cueva pensé mucho. Y ahora con cierta lejanía veo que ante un detonante siempre hay un antes y un después.

De igual forma guiada por la literatura y la ficción me encantan todas las heroínas, las villanas y todas las mujeres que se alzan con algún tipo de poder. Lo que me escuece y me llena de rabia (¡otra vez la rabia!) es que generalmente casi todas ellas han sido creadas siguiendo parámetros misóginos, machistas y adecuados a los ojos de un espectador blanco, joven y heterosexual. Creadas por hombres para el consumo de hordas de hombres que recrean su vista en mujeres que aparentan ser poderosas pero que son tan objetualizables como una figurita de porcelana. Y cada vez que pienso en esto recuerdo aquél artículo que leí no hace mucho sobre cultura visual y construcción de identidades en la infancia de Montserrat Rifá. Todo un descubrimiento, a partir del cual ser remarcó más aún si cabe, que ningún personaje se logre escapar de mis gafas violetas. (también tengo gafas violetas de sol).

 

 

23.7.13

Lo que yo hice de la(s) historia(s) del arte


Y para un día como hoy, de finales de julio, recopilo algunas frases célebres que suelo escuchar con mucha frecuencia. Generalmente no suelo apuntar muchas de las cosas que me veo "obligada" a atender en el día a día, pero tengo una libretita dónde, si me acuerdo, suelo apuntar algunos tesoros diarios que luego me sirven como base para ir desmenuzando un enorme puzle que tengo entre las manos. (siempre fui una niña de puzle y no de acción, ¿se nota, no?)

Hace muchos años que me alejé de la historia del arte que me enseñaron en la universidad y de la que sólo aprendí a memorizar para aprobar los exámenes y ganar alguna que otra partida al Trivial. Hace muchos años que estudio otros relatos alternativos que se desgajan de la historia-europea-del varón-blanco-y heterosexual- del-arte-universal. La historia del arte universal no me interesa. No me interesa pero ni un poco. La verdad es que tuve que llegar hasta la historia del arte para darme cuenta que realmente no me interesaba. Lo que a mí en realidad me fascina son otras cuestiones presentes de forma velada, muy invisibilizadas y neutralizadas en la historia. Me interesan los silencios. Todo aquello que no se cuenta, lo que se nubla, lo que se deja de lado, lo que se escribe en los márgenes, lo que se oculta de forma interesada. Me inquieta de lo que se habla lo que no se dice. Sólo que antes cuándo yo era estudiante no lo conceptualizaba como ahora. Pero ya estaba conmigo, eso es evidente. Estoy hablando de la(s) historia(s) escrita(s) en minúscula(s). Las microhistorias en otras palabras. En realidad no soy una historiadora del arte y nunca lo he pretendido, ni lo pretenderé. Soy alguien que transformó para sí la historia del arte con el único objetivo de contarme a mí misma como creer en mí. Soy muy egoísta, no lo oculto. El otro día precisamente pensaba en esto, repasaba mentalmente como a todo lo que me he dedicado en mi vida personal, laboral, emocional, relaciones interpersonales han tenido un único fin: las mujeres y el reconocimiento de mi homosexualidad. Si me pongo a pensar en como me interesé por el feminismo o porqué me obsesioné de forma pasional y exclusiva por las mujeres artistas, su trabajo, su lucha, su reivindicaciones, sus torturas emocionales y sus discursos políticos veo que todo gira en la misma dirección: las mujeres.

 

Una vez más me pierdo en mi propia conversación, en realidad esta entrada estaba pensada como he dicho antes para publicar estas lindas frases, que aparecen más abajo, y que he escuchado en más de una ocasión. Son frases que resumen, en cierta medida, y generalizando (que no es nada pero nada bueno) el sentir, pensar y deambular de cierta parte de la gente que termina de una o de otra forma charlando conmigo en un café, en un parque, en el autobús, en una relojería, en el súper, después del cine, durante lo que dura una copa, en el trabajo, de comida con la familia, de risas con mis amigsx, de vacaciones mirando al mar, regando plantas, comiendo pipas o subiendo las escaleras de un castillo en Loarre.

Ahí van:
 

-          ¿Mujeres artistas? Y ¿para eso hay que estudiar? Anda, no me jodas…mira que sois las tías. Pues, ahí tenéis a la Frida esa Khalo y a ésta otra..espera..cómo se llama..  –permanece un rato callado, pensando muy fuerte-  ¡ah, sí..pero ahora no recuerdo muy bien su nombre, pintaba flores y macetas…¿sabes de quién te hablo?

 

-          Lo que os pasa a las mujeres es que no sois constantes y cuándo aprieta la situación os hacéis las suecas y las responsabilidad que la lleve otro. Deberíais de ser más constantes y defender vuestros derechos. Reivindicáis a las mujeres artistas un día y al otro se os ha olvidado vuestra labor. Y así no se puede. Y una cosa te voy a decir, así hacéis con todo.
 

-          Si no ha habido mujeres artistas importantes y la historia del arte no las ha reconocido es porque ellas nunca fueron de la talla de Miguel Ángel, Velázquez, Picasso..ésos sí que eran artistazos pero de los buenos.
 

-          Las mujeres pintoras siempre pintaban lo mismo por eso son un poco aburridas. A las mujeres siempre se les dio mejor pintar flores, niños y cosas costumbristas. Son mucho de pintar frutas y bodegones.

 

-          Si las colecciones actuales no compran obra de mujeres artistas es porque no hacen nada interesante, nada que destaque.
 
Continuará...

19.7.13

La pataleta de la ministra del confeti: Ana Mato al aparato.


Las bolleras, marimachos, lesbianas,  machorras, tomboy, femme, invertidas, trans, sáficas, desviadas, novias, guarras, andróginas, tortilleras, camioneras, guarrillas, butch, follaremos, follaremos y follaremos como nos dé la gana, con quien nos dé la gana, abriremos nuestro coño, nos meteremos el puño hasta que no podamos gritar más, nos reventaremos el culo de puro placer y pariremos todxs lxs hijxs que nos dé la gana.

 
La pataleta de Ana Mato, la ministra confeti, consiste en la ley del quien ríe el último ríe mejor. Este tipo de señoras derechonas, fachas y a las que unaaa-palomaaaa-blancaaaa-católica (que esconde una inmensa polla entre sus alas) suele hablarles al oído dándoles las buenas nuevas se creen con derecho suficiente como para organizar el mundo según crean conveniente.  Y sobre todo para hacer uso de los úteros ajenos a voluntad de los obispos.
Me imagino que es de ese tipo de señoras que hubiera podido poner todo su empeño por ejemplo en que la gente no pudiera divorciarse, ¡qué horror, un divorcio, por dios, romper las reglas divinas! Y ahí la tienen tan pichi, tan divorciadita. Para mí fingido asombro ellas son siempre, por ejemplo, las primeritas en divorciarse. Y así con todo. Tan contraria al aborto pero tal vez, y si hubiese tenido que recurrir, tan decidida a poner rumbo a Londres tan tranquila y en silencio con su taco de billetes bajo el brazo. Ellas son así, hacen lo que quieren siempre tan pichis, no olvidar. Sin despeinarse y con esa cara de virgen avinagrada. Ellas suelen ser de las que se oponen a todo lo que suponga unas líneas anotadas por manos ajenas en el margen de la Biblia, pero luego bien que chupan (¿o no debería decir chupan?) bien del frasquito por el que otras se dieron las tortas. Suelen ser esas que en el colegio tiraban el borrador a la maestra mientras ésta escribía y luego disimulaba, o la que las prepara y les echa las culpas a los demás, vaya, esas que tiran la piedra y esconden la mano y las que se van por la puerta de atrás para no ser nunca pilladas.

Esas que follan con la luz apagada y con un camisón con una abertura en la zona genital y sólo los días que ovulan que así se lo marcan clearblue.

Sé que Ana Mato nunca leerá esto y  sé que al resto le puede importar tres pepinos leer a una bollera rabiosa que escribe desde el asco y la rabia. La verdad que a mí también me la trae al pairo si os importa o no. Ya sé que la gente es muy empática menos cuándo se trata de los problemas que nos afectan a las mujeres, a las bolleras, a las minorías a lo que molesta.

Querida Ana Mato, si hubiésemos seguido las normas y derechos que impone su partido y su forma de vivir, usted misma no hubiese ido a la escuela, ni a la universidad, ni hubiese tenido como mujer todos los derechos que imagino que disfruta gracias, como sabe, a otras muy diferentes a su forma de pensar y a su ideología. Pero ustedes tienen la mala costumbre de ir de conservadores, de amas de casa abnegadas, de señoronas con tules, velos y catecismos en las manos para que luego a la mínima de cambio se hagan eco de las protestas y derechos que otras van ganando haciendo que la vida sea un lugar más habitable. Y luego dan tanto la vuelta a la tortilla que parece que sois vosotras las grandes transgresoras. Pobres ilusas. Ana Mato, una no puede ser tan católica y estar divorciada, ¿en qué quedamos? Usted tenía que aguantar ahí con su marido, ¡¡qué hostias que para eso se casó. Joder. ¿no?!!!  ¡¡¡¡Hooostiaaaaaa putaaaaaaaaaa!!!!. Mi abuela siempre decía eso de “no se puede estar en misa y repicando las campanas” que mira que tenerlo yo que recordar y con estos refranes tan españolistas…clama el cielo.

Soy una mujer adulta, me defino políticamente como lesbiana, me casaré en unos meses  y mi mujer y yo queremos tener un bebé próximamente. Queremos tener una sanidad gratuita y de calidad como hasta entonces ha sido. Sabemos muchas cosas. Muchas. Como que muchos hospitales te ponen pegas, hasta lxs propixs ginecólogxs y enfermerxs. Sabemos. Vaya que sí sabemos.  Sabemos que unas comunidades autónomas son más proclives a realizarte los tratamientos que otras. O mirarte más o menos sobre el hombro y a mirarte raro. También sabemos que en las listas de espera para la reproducción asistida se atiende primero a las parejas heterosexuales, nos hacen creer que no, pero aquí nadie nació ayer como usted comprenderá. Sabemos que esta supuesta reforma que quiere presentar es una pataleta porque los de vuestro partido no consiguieron dar marcha atrás al matrimonio homosexual y que con esto quieren darle una caramelito agradable a la iglesia y a la derecha más casposa y rancia, ósea a gente como usted, para poner un ejemplo.

Es la política esa del “pues, tú más”.

Sabemos también que es una medida íntegramente ideológica. FIN. Sea consecuente, no mienta, diga las cosas como son no las disfrace, pero claro usted pertenece al PP dónde os fascina ese refrán tan español,¿cómo era?…¡¡ah, sí!..”Dónde dije digo digo diego..”

Pero no. Ana Mato, no. No sé cómo pero NO.

Una cosa es gobernar o llevar un ministerio como el suyo que parece que le toco a usted en una tómbola mientras preparaba un cumpleaños lleno de confeti, y otra muy distinta es legislar de forma anticonstitucional leyes que discriminen más aún la sexualidad y maternidad de muchas mujeres lesbianas, entre la que yo me encuentro y de muchas mujeres solteras (léase aquí como ejemplo mediático a Dolores de Cospedal y Alicia Camacho, supongo que entre otras 45696959595 más)

Basta ya por favor de medir con varas distintas. No somos idiotas, seremos pobres, seremos obreras, seremos quienes queramos ser, pero no somos idiotas. Las únicas taradas y que hacen pelotudeces son ustedes, párense a mirárselo por favor. Una ve con perspectiva cuándo se pone un ratito a pensar, algo de lo que adolecéis en el PP.

No vais a poder con nosotras. Y esas no son las maneras.

No vamos a ir a una clínica privada a concebir a nuestro futuro bebé. Ya pagamos a la seguridad social todos los meses.

Esto se convertirá en mi cruzada particular. Concebiremos de forma artificial, lo quieran o no. Y a través de la sanidad pública. Iré dónde haga falta y me echaré a la calle aunque solo seamos dos.

No podemos dejar que esta gentuza que se hace pasar por ministra de sanidad, servicios sociales e Igualdad gobierne en nuestros úteros poniendo en barbecho nuestros coños.

Es bochornoso, insultante, inmundicia y aberrante que una tipa como Ana Mato sea ministra de nada más y nada menos que de SANIDAD, SERVICIOS SOCIALES E IGUALDAD. Cuándo estaría tan bien preparada para LEER LA BIBLIA EN VOZ ALTA, ARRELGLAR LAS IGLESIAS Y PONERLAS LINDAS PARA LA PASCUA Y SEMANA SANTA Y PARA LA SUMISIÓN AL VARÓN.

 

 

16.7.13

El viento no siempre agita mi vestido


La gente que no vive en un trampolín no sabe de vaivenes.

Lo peor que llevo de vivir en un trampolín es que a veces me da por tirarme a la piscina así de cabeza y, a lo loco, y no mido la hostia que me espera. Esto suele suceder las veces en las que no pienso mucho las cosas que suelen ser, para mí desgracia, las que menos. Siempre he envidiado a la gente que se lanza desde un paracaídas o desde lugares asombrosos, simplemente sujetados con unos cordelitos, dependiendo sólo de que algo que permanece cerrado se abra. Yo no soy de tirarme así, soy más de cálculo y prospectiva. Soy hija de padres que vivieron la posguerra y eso del pa’luego es una de las cosas que me vienen de serie.

Mi trampolín se mueve aunque haya días que no lo agite el aire, porque el viento no siempre es sinónimo de movimiento. Tiembla tan sólo con mi presencia. Si ando se mueve mucho más. Si me pongo a pensar genero abismo y si re-pienso es cuándo siento el pánico en forma desequilibrada en mi cuerpo. Sudo muy rápidamente, jadeo de forma espasmódica y tiemblo.  1, 2, 3.. respiro que me ahogo, vuelvo a intentarlo, estoy empapada, grito, lloro, me duele la cabeza.

Hay gente que nada, que nada muy bien y que no le tiene miedo a los trampolines. Se tiran de cabeza, se suben varias veces y disfrutan. Suelen ser gente segura de sí misma, gente sin muchos complejos de cara al exterior, esa gente que sobrelleva de la mejor manera que puede su ser y estar. Otras como yo vivimos en un trampolín por tiempo indefinido. Y al utilizar el masoquismo como estructura vital, para mantenerme medianamente despierta, vuelvo a subir al trampolín una y otra vez. El 8 dicen que es el número bucle. Infinito. Pero no tiene forma de tablero con muelles. Yo no sé nadar y por lo tanto nunca me he subido a un trampolín de esos que hay en las piscinas y como tampoco soy gimnasta ni esquiadora no puedo hablar desde lo físico. Aunque ahora que lo recuerdo he esquiado varias veces pero lo hice tan cerquita del suelo que creo que hice otro deporte. Me voy del tema.

Algunxs, insisto como yo, nunca hemos subido a un trampolín y probablemente nunca lo hagamos, aunque yo me inclino a pensar, que todxs de alguna forma terminamos el día o la noche, o qué se yo, en uno de ellos. Lo único que yo lo he tomado como vivienda habitual.

Hay días en los que me divierte estar ahí sentada. Veo el mundo desde lejos, a cierta distancia, y como arropada de lo que ya he construido en el. Ha sido costoso. Entonces,  no querría bajar por nada del mundo y más si viene alguien de mi especie a hacerme compañía. Esos días siento que soy invencible, que no me da miedo nada y que estoy hecha de acero y pienso en algunas súper-heroínas. En cambio otros días el trampolín vibra pero no en modo dildo, qué más quisiera yo, vibra muy fuerte como sacudiéndome, tirándome por el suelo y creándome heridas algunas más profundas que otras y duelen, algunas me sangran varios días como si fuera menstruante consecutiva. Esos días me agarro de forma muy afanosa al borde sin querer precipitarme, pese a que el peso cae sobre mí de manera portentosa. Soy superviviente porque me aferro al pelo de un césped si hace falta pero soy débil porque me dejo llevar con mucha frecuencia por el movedizo suelo del trampolín. Y no debemos dejar de recordar que a veces hay agua que lo hace más resbaladizo aún.  En realidad no me importa mucho el dolor físico llevo peor el mental.

Me cuesta andar segura porque no sé de equilibrios y suelo culpar de ello a mi oído que pese a que es casi infalible no creo en lo infalible paradójicamente. A veces cierro los ojos y creo encontrarme ese estado mental, que voy a denominar enérgico, pero normalmente como he dicho antes el viento me hace virar. Siempre me fascinaron las veletas en las azoteas de algunas casas de pueblo, esas veletas que siempre marcan los puntos cardinales, esos que yo nunca acierto a señalar, y digo acierto porque considero que verdaderamente es un acertijo.

Yo ya sabía que esto del trampolín me iba a costar caro pero me empeñé y decidí llevarlo hasta el final. Fue una decisión arriesgada en la que he perdido muchas cosas, muchas, más de las que imaginé y es que cuando una se pone a imaginar nunca es suficiente. Estoy muy sola aquí, mucho, aunque la soledad no es lo que más me asusta, me aterran más bien sus consecuencias colaterales. Y esto me hace ser egoísta, vaya qué sí.

Mucha gente me había avisado que no querrían estar en mi lugar, me lo decían desde una posición muy calentita, acomodada y normativamente aceptada. Algunxs hasta me dieron el pésame y me desearon suerte, como cuándo una se cambia de ciudad. Yo sólo me iba a un trampolín. En la actualidad, aún hoy en día, me miran con cierto desagrado, desaprobación y con cierta aspereza. Mis hermanxs incluso me han repetido hasta la saciedad que no es muy normal lo del trampolín y, que me busque algo más estable que dicen que ya tengo una edad. Pero ellxs tampoco me sirven. Yo no quiero sus vidas ni tan sólo un segundo. Además no trato a acertar si yo me alejé de ellxs o son ellxs lxs que se alejaron de mí. ¿Tiene eso alguna importancia? Ahora ya no sirve de nada.

Lo que pasa realmente es que al fin y al cabo todxs te dicen cómo hacer, deshacer, cómo vivir, cómo estar, como sentir, cómo vestirte, cómo estar presentable, cómo trabajar, cómo respirar, cómo ver cine, cómo comer, cómo dormir, cómo ser, cómo estar, cómo cruzarte las piernas, cuándo hacer la compra, cuándo tomar el sol, cuándo, cómo, cuándo, cómo y así hasta terminar con una madeja de hilo enredado, pero nadie se pregunta si yo quiero estar por un solo instante en su mierda de discurso (des) igualitario, omnipresente, deslavado y normativo. Mi respuesta es NO, NO y NO. Pero todxs piensan que me equivoco.

He sufrido mucho para estar en el trampolín y aún sabiendo lo que hacía, me he construido así y así quiero continuar. Nadie habla de que todxs nos construimos, nadie somos cómo decimos ser, somos una construcción modelada por nosotrxs mismxs. Cambiamos todos los días, nos movemos despacio pero no por ello la tierra deja de girar. No llegué al trampolín de forma aleatoria ni engañada ni a ver qué encontraba. No, no, y no. Si volviera a nacer volvería al trampolín de forma constante una y otra vez, una y otra vez. A veces quiero pensar que puedo imaginar cómo se podía sentir Penélope cuándo tenía que deshacer  lo tejido durante todo el día y cuan grande era el sufrimiento de las danaides cuando sus cántaros agujereados dejaban de nuevo marchar el agua. Pero esto es mucho imaginar. Mucho deseo. Deseo, deseo como el que siento y el que me hace habitar al menos en paz conmigo misma.

No quiero sentir miedo pero no he aprendido aún a dejar de generarlo.

Siempre me atrayeron las mentes torturadas. Y esta es una de las razones principales por las que estudié historia del arte.

Probablemente quiera destruir esto después de publicarlo. Escribir me ayuda a sentirme menos sola.

 

La gente que no vive en un trampolín no sabe de vaivenes.