13.9.13

Las lentejas


Pierdo los nervios. Antes de que termines de pronunciar la frase “espero que lo que voy a decir no te siente o no te parezca mal”  unos segundos antes de acabar de decírmelo, insisto,  yo, para ese momento, ya he perdido todos los nervios.
No puedo con ese tipo de personas que empiezan a hablarte con ese tipo de discursos. No puedo con sus enseñanzas, con sus consejos y con sus contenciones. Porque al fin y al cabo se trata de eso, de contener. De contener sentimientos, de contener esperanzas, de contener lágrimas, de contener todo lo que se pueda contener sea abstracto, líquido o extenuante.
Para mi desesperanza tengo a varias personas que en mí día a día tratan con la contención. Por supuesto que yo también vivo muy contenida y domesticada, ¿quién si no vive a día de hoy otras formas de experimentación? ¿Quién? Levantad la mano por favor. Quiero conoceros.
Me encantaría descontrolarme pero todo el rato.
Me encantaría pasarme el día escupiendo pero no al suelo sino a la cara.
Me encantaría perder los nervios pero mucho más a menudo.
Me encantaría saber discutir.
Me encantaría saber llorar a tiempo.
Pero…vivimos en la era de la contención. Y me siento tan controlada en todos los aspectos como aconsejada por personas paternalistas que lo único que consiguen hacer crecer en mí es la radicalidad. Si, escucharon bien, radical. muy radical. Gracias gente.  Muchas gracias.
Una nunca sabe cómo va ir y a estar según le van pasando los años. Pero si hace una década me hubiese visto reflejada en una bola de cristal proyectando sobre mi futuro nunca hubiese visto tan claro un simple plato de lentejas.

 

Así que efectivamente, esto son lentejas, el resto ya lo saben.
 
La imagen se corresponde con la obra Le déjeuner en fourrure (1936) de Meret Oppeheim

5.9.13

A y B se eternizan

 
 
 
 
 
- A: ¡¡Pero qué dices qué no te entiendo!!
- B: ¿Qué desde dónde me hablas?


- A: ¡¡Pero qué dices qué no te entiendo!!
- B: ¿Qué desde dónde me hablas?

- A: A ver…qué así no se hacen las cosas, te digo.
- B: ¿Qué en qué silla estás sentada?




- A: Ya te lo dije, no te hagas de nuevas

- B: ¿Estás sentada?

- A: Mira, no te entiendo.

- B: Me hablas sentada desde una silla

- A: Y ¿eso que tiene que ver?

- B: Mucho, tiene que ver mucho. Tiene que verlo todo.
 
 
 
La fotografía se corresponde con una obra de Mateo Maté titulada "Echar raíces I" 1998.

4.9.13

inMovilidad


Dragones llegan a mi cabeza todas las noches. Portan mensajes negativos que mi cerebro absorbe con gran velocidad. Forman parte de un comisionado activo proveniente de una nave nodriza alienígena. Yo sólo quiero dormir mientras que distintos resultados conceptuales que aún no se han materializado giran en amplias bandas a velocidades indistintamente prefijadas.

Me siento como Bill Murray encerrado en aquél bucle desprogramado de toda lógica mientras se sucedía “Atrapado en el tiempo” como si todos esos mensajes negativos porteados por dragones estuvieran amontonados en una obra de Arman y ensamblados a mis vísceras. Como si acaso yo estuviese hablando de movilidad.

Para crear movimiento en un soporte fijo basta con incluir en los dos extremos de la escena tanto la movilidad como la inmovilidad. Es así de sencillo. Pienso en esto recreándome en algunas de las escenas tan extrañamente incómodas que hablan de abandono y masoquismo en la figura de Fassbinder cuando proyectaba cierto clasicismo muy poco digerible en Petra Von Kant.

Pero vayamos al grano. La inmovilidad tiene que ver con lo etéreo y más concretamente con campos magnéticos. Recuerdo aquélla tarde en un bar en el centro de Bratislava. Recuerdo aquél baño sin cerrojos en las puertas y recuerdo aquélla mirada felina de una chica gris que hablaba un idioma indescriptible. Era de macedonia según supe más tarde. Me encontré con ella en el baño. Nos miramos inmóviles. Frente a frente. Un rato y luego otro rato. Ella me dijo algo que yo evidentemente no entendí. No me moví. Ella tampoco lo hizo. No le hablé solo respiraba fuerte. Me rozó los labios con dos de sus dedos de la mano derecha. Yo no podía moverme. Ella se fue. Yo me hubiera desnudado íntegramente allí mismo, con ella, sin cerrojo, sin entendernos, y probablemente sin mirarnos. No lo hice, ella tampoco. La duda vuelve siempre. La inmovilidad tiene que ver con lo narrado pero no experimentado como aquella excursión a Sachsenhausen dónde sentí mi primera nausea, luego llegarían más. Recuerdo aquélla tarde en la que terminé remojando mis pies en una playa del mar del norte asustada porque ese lugar estaba lleno de avispas.

Alguien me dijo que los aviones no tienen marcha atrás y que nunca aterrizan con el viento en su contra.

Si miras desde abajo y bien pegada a la portada de la catedral de Colonia sientes que no puedes respirar.

Dragones vienen todas las noches a mi cabeza y yo no puedo dormir. Intento concentrarme en algo más liviano y que no porte movimiento pero vuelvo a la acción de no poder contener el drama. Es algo tan sencillo como habilidoso para originar el movimiento basta con incluir en los extremos opuestos del soporte tanto la velocidad como la inmovilidad.

Mis dragones me sobrevuelan todas las noches.
 


Fotograma de la película Las amargas lágrimas de Petra Von Kant
Arman. Sin título. 2005

 

2.9.13

Silencio se escribe con imposición







Y ¿qué quieres que te diga si siempre has hecho lo que te ha dado la gana?


 
 

Es curioso pero con todas estas obras de Marina Núñez podría comenzar a escribir la(s) historia(s) de mi vida últimamente. Está tan claro que me intimida.




A E. que siempre le ha entusiasmado que yo piense en imágenes.