27.12.14

pastels&neons


Ella era rusa y viajaba en mi mismo vagón. Yo viajaba sola y estaba en el vagón de la rusa. Era un vagón cerrado de esos trenes viejos que parten desde el nocturno Madrid a Lisboa. Ella no hablaba inglés, yo tampoco. Pese a haber cuatro espacios para sentarse en el vagón nosotras estábamos sentadas una enfrente de la otra. Nuestras rodillas se rozaban y estaban armónicamente colocadas de tal forma que las cuatro rodillas se tocaban. Nos mirábamos fijamente a los ojos. Sus ojos eran divinos. De esos ojos que cuando más miras más quieres ver. No hablo inglés me había susurrado cinco minutos antes. Yo tampoco le dije en forma de susurro.

Sus manos eran grandes y sus dedos largos. Tenía las uñas pintadas de un rojo pantone poppy red número 17-1664. Al lado de mis manos cortas y de dedos torcidos las suyas eran mínimo manos de violinista. En mi casa siempre se ha dicho que las manos largas y cuidadas son manos de violinista. Yo nunca he tocado el violín aunque a veces pienso que si lo hubiera hecho ¿qué hubiera ocurrido con mis dedos torcidos?

Mientras continuábamos mirándonos fijamente a los ojos entendí, a partir de una pequeña señal con uno de sus ojos, algo así parecido a un guiño, que le tocase la mano. Al principio me puse muy nerviosa, el corazón me iba a mil y de repente me sobrevino ese calor y ese sudor a las manos que normalmente me aparecen cuando me pongo cardiaca. Aún así le puse mi mano izquierda sobre su mano derecha. Ella sonrío y no pareció importarle.

Al instante ella tomó su smartphone y a través de una aplicación importantísima para traducir idiomas susurró algo en ruso. Al momento una voz surgió de ese aparato que me decía con delirio robótico Tus labios son tan rosas que parecen pintados. Inmediatamente me puse roja del pudor y continué como que no me importaba. Pero dentro de mí había empezado algo a palpitar de forma muy contundente. Rápidamente pensé en qué se podía responder a algo así. Le tomé prestado su móvil y en esa misma aplicación susurré No están pintados es improvisación. Ahora era ella la que parecía ruborizada.

Me estoy escapando hacia Lisboa, allí me esperan un par de amigas, aunque si soy sincera estoy bastante preocupada me espetó su smartphone, después de que yo la hubiese visto cómo le hablaba en su idioma, que ya de por sí me parecía algo altamente alarmante. ¿Qué se supone que tenía que hacer yo? ¿qué le podría decir? Solo se me ocurrió levantarme y sentarme a su lado, en el otro espacio del vagón que quedaba a su lado izquierdo. ¿Sabes?, no me gusta viajar sentada en dirección opuesta, espero que no te moleste que me ponga ahora aquí. Fiándome de que aquélla máquina y de que aquélla voz dijese tal cual lo que yo le había gritado al aparato, decidí por una vez escapar de mi arraigada timidez y plantarle cara a aquella situación que empezaba a escapárseme de las manos. Total el vagón estaba cerrado y nadie nos veía.

Volví a colocarle mi mano sobre la suya y nuestros ojos volvieron a encontrarse de forma rítmica. Nos mirábamos como si de un plano fijo se tratase, constante y casi sin pestañear. Me recordaba a esas imágenes en color sepia que recuerdan los pasados tal y como luego eres incapaz de revivir. Yo quería preguntarle un montón de cosas pero no era la situación ni el momento, hablarle a una máquina en forma de traducción me hacía sentir más ridícula que de costumbre. Así que permanecimos unos minutos más en silencio y mirándonos. La rusa y yo sentadas allí en ese vagón me recordaba a una obra de la artista Vanessa Beecroft. Una obra que además había visto en una galería curiosamente en San Petersburgo dos años atrás.

Éramos como dos maniquíes a punto de tener sexo.

Yo estaba empezando a sentirme excitada y candorosamente mojada. Y sentirse excitada y mojada en un tren me convierte en un ser violentamente irascible. Así que de forma muy consciente mi mano se fue hacia su pelo. Su pelo era largo y liso y daba la sensación de no haber sido peinado. Ella prácticamente no se inmutó. Yo sabía que estaba disimulando cómo yo también lo hacía. Y estoy segura que al igual que yo, le daba pudor, volverle a hablar a una máquina para decirme algo. Tal vez no querría que parase así que continué. Al momento su mano también estaba en mi pelo que al igual que el suyo estaba también despeinado. Y sin más previo aviso estábamos allí en un vagón, sentadas una al lado de la otra, incomunicadas pero acariciándonos de forma muy pasiva y muy lenta.

Mi sorpresa se tornó mayúscula cuando tomó una de mis manos y se la llevó a sus labios. Yo en esos momentos experimenté una alucinación parcial, un remolino de pensamientos sucios y decrépitos en los que solo imaginaba dos desenlaces.

Me puse tan nerviosa que de haber hablado solo hubiese tartamudeado, así que estaba bien cómo se estaban desarrollando las audacias de acercamiento en aquél tren nocturno en el vagón número 43 lado oeste.

Sin haberlo planeado mi mano bajó hacia su blusa y le desabrochó cuatro botones de golpe. Soy ínfimamente patosa hasta para eso. Ella ni se inmutó, simplemente continuaba mirándome mientras pasaba su lengua puntiaguda por mis dedos torcidos.

Soy psicóloga me espetó poniéndome de pronto su smarthphone en mi oreja. Debo reconocer que eso me impresionó altamente y me borró de un plumazo el calentón que tenía. Pero mientras retrocedía me fijé en esos cuatro botones desabrochados y en el pecho que se entreveía a partir de un sujetador de cuero negro.

Oh diosa mía, pensé, cuero negro, cuero negro, cuero negro.

Mi ritmo cardiaco procedía de nuevo a envalentonarse y me volví a acercar a ella. Desde luego que el ser humano es por ley natural bastante cabezota y yo por supervivencia muy entusiasta. Olía tan bien que me encontraba anestesiada y desde aquella posición en la que me ubicaba no dejaba de mirarle entre los botones de su blusa. Cuando al fin reuní todo el valor, le toqué por debajo de aquél sujetador de cuero negro un pecho duro que sobresalía de mi pequeña mano. Ella suspiró muy profundo y acto seguido se levantó de forma muy brusca, y me lanzó apretándome los hombros contra los dos asientos del vagón. Me mordió varias veces en la boca y soltó varias frases lejos de la aplicación de su móvil. Yo empecé de forma insospechada a sentirme extrañamente incómoda. Mi hipocondría no me permitiría llegar a los flujos que ya habían empezado a manifestarse. Así que, en cuanto noté que tres de sus dedos llegaron debajo de mis bragas, me incorporé de una forma tan airosa que ella se tambaleó por completo. Sin mediar ni un solo sonido me incorporé de nuevo hacia el acto de sentarme, me subí las bragas y me abroché el pantalón. Me levanté de su asiento y me volví a sentarme en el mío. Ella me miró un tiempo largo y después se abrochó su blusa y se sentó enfrente de mí de nuevo. Nuestras rodillas volvían a juntarse y a tocarse. Nuestros ojos volvieron a encontrarse y mientras yo hacía un ademán por hacer un gesto de peinarme, ella se llevaba tres dedos a la boca, los mismos que hacía unos minutos estaban debajo de mis bragas, y trataba de frotar muy lentamente sus labios con ellos.

A continuación saqué un pañuelo y me soné la nariz. He aquí el punto de inflexión de la historia. En menos de cinco minutos se durmió apoyando su cabeza en la parte baja de la ventanilla.

Diez minutos antes de la llegada a Lisboa abandoné el vagón no sin antes dejarle un papel doblado a la mitad con mi nombre, mi número de teléfono, el hotel donde me hospedaba y tres cifras que elegí al azar.

17.12.14

monstruo ctónico femenino

La contemplación prohibida: Las artistas y el desnudo masculino a fines del siglo XIX en Francia. Tamar Garb.


…pero el desasosiego que provocaba la perspectiva de una mujer viendo el cuerpo de un hombre desnudo seguramente está basado en algo más que la protección de la castidad femenina requerida para su intercambio y circulación de acuerdo a los intereses de la familia burguesa. En todo caso, incluso si esto yace en el corazón mismo del orden social, no es principalmente la protección de las mujeres y su modestia lo que está en juego aquí, sino la preservación de la masculinidad tal como es vivida en las diferentes esferas sociales. Discursivamente, esto podría, desde luego, hacerse pasar como benéfico para las mujeres.

…el foco de inquietud de la historia se centra en las problemáticas del mirar y la vista, porque es por  medio de ellas que le poder se codifica o se subvierte. Es mediante la usurpación de una mirada culturalmente prohibida que la contemplación, la cual supervisa el mirar, se ve momentáneamente amenazada y se presenta vulnerable. Pero no sólo la mirada de la mujer es potencialmente peligrosa. En la percepción del hombre de la mujer que mira reside una amenaza más profunda, puesto que mediante el descubrimiento de la castración-ligada aquí, como en el caso de la cabeza de Medusa, “a la vista de algo” para citar a Freud-la masculinidad está potencialmente en riesgo. El efecto del poder de Medusa, su “funesta mirada” es que no sólo mata o devora, sino que también ciega.

Freud. Medusa’s head (1940/1922) T. de Lauretis, Alice doesn’t. 1984.




Medusa. Caravaggio.



…¿qué contemplaciones prohibidas están aquí en juego? Por un lado, la historia debe contener y vigilar la sexualidad femenina, reinscribirla como carencia, y subordinarla al deseo masculino para que el orden se mantenga.

…para mitigar la ansiedad de castración, la virilidad masculina debe afirmarse. ….la masculinidad necesita erección como reafirmación. El arte requiere la oclusión o disminución del pene para que el orden fálico permanezca intacto. Cuando las mujeres finalmente fueron admitidas en la Ecole en 1897, tras haber sido obligadas por algunos futuros colegas a irse de la escuela con gritos de “¡Abajo las mujeres!”, los talleres seguían cerrados para ellas, y las lecciones de dibujo natural y anatomía se impartían por separado, con modelos cuidadosamente metidos en sus muy desacreditados calzoncillos.

Las mujeres artistas tendrían un deterioro de sus capacidades reproductoras, resultado inevitable de una estimulación mental excesiva.

1.12.14

a 350 metros gire a la izquierda


Pensar está infravalorado.
Cuestionar es el nombre de una flor maldita.
La manzana conceptualmente no es una fruta.
Creerse especial es una rareza muy común.
Hablar sin contexto son pisadas en el asfalto en una ciudad de más de 100.000 habitantes.
Señalar es un acto ordinariamente cotidiano.
Nombrarnos como ombligo del mundo es comer lentejas con chorizo
Pensarse desde afuera y no desde dentro es un asíntoma de lealtad con unx mismx
Las mujeres no somos . 
Dime desde donde me ves y describiré tu abismo
Tú debilidad son mis pipas
Mi debilidad es tu moneda de cambio
En el principio era el dildo según Preciado
Teme al traje lo que su sombra reinventa
Solitaria es una bonita canción rasgueada con piel de guitarra
Un libro cambió mi  vida. Un movimiento internacional me giró tres veces de dirección. 23 mujeres me hicieron cambiar el rumbo y el sentido de mi torcida trayectoria.
Todo lo demás me entra en una maleta 50 x 40 x 20.

1.11.14

Todos los secretos de mi amor si irán contigo. (jeanette)

Lo que me gusta de una película es que me abofetee de forma muy fuerte y contundente.





Supongo que no es fácil saberse cómo una está siendo torturada mirando una película. De igual forma que una piensa lo mismo mirando algunas obras de Badiola o Irazu sin llegar a terminar de preguntarse -por qué el vacío es tan asfixiante si solo es eso, es vacío-

Supongo que si una comienza a leer algunos de los poemas de Dickinson y se siente ciertamente tranquila porque cree que entiende poesía o si mirando fotografías de Woodman piensa en su propia angustia como algo más común en el arte que en la vida es porque también está hablando de su propio vacío.

Todo el rato hablamos de nosotrxs y lo hacemos hasta hablando de otrxs. Nada nos importa  más que nosotrxs mismxs. A mí me ocurre, solo me importo yo.

Magical girl me torturó y me trastornó asimétricamente. Según terminé de ver la película quise no haber entendido nada. Lo cierto es que no hay nada que entender. Más allá de la ciencia ficción del hecho de hacer desaparecer está el hecho de todo aquello que habla de vacío. Pero no hablo de ese vacío del hueco. Hablo del vacío del no saber y del imaginar. Porque lo que una imagina siempre es peor de lo que te presuponen a creer. Porque lo que no te muestran es peor de lo que ya estás viendo. Y es ahí donde encontramos el juego que nos propone la película: tú construyes en determinada forma qué ocurre y cómo ocurre. La película no es lo que crees estar viendo sino cómo construyes tú lo que te están contando.

Magical girl es una película de terror supremo. Sólo recuerdo haber sentido algo así y de refilón cuando vi El proyecto de la bruja de Blair. Y ahora ya no, pero durante muchos años, fui una fanática del cine de terror. Ayer comprendí que yo hasta ayer no había visto cine de terror.

Todo lo que nunca llegaré a saber de esta película porque no está contado porque no está dicho en ella, solo sugerido y expuesto de una forma magistral, es precisamente mi propio pensamiento torturado imaginándome una vez más todo aquello que me vuelve loca.

Eso es precisamente el miedo.




Una película escalofriante, surrealista, en la que en cada momento quieres hacerte creer que no sabes lo que está ocurriendo porque en realidad está hablando de ti y de cómo presupones tus experiencias. Y precisamente consigue algo magistral -que no seas un espectadorx pasivx.

Todas las actrices y actores son excelentes. Pero Bárbara Lennie me dejó hipnotizada por su historia, su locura, su lenguaje corporal, sus manos, su cuerpo desnudo autolesionado y su voz. Qué voz.

Qué historia(s).

Impresionante.

13.10.14

1994 el vestido del último fin de semana de agosto


Recuerdo aquélla risa. Aquéllos paseos por la playa. Aquél verano en el sur. ¿te conté que nunca he vuelto a aquéllas playas?

Recuerdo escuchar una y otra vez Eye in the sky the alan parsons proyect en aquél verano de 1994. Sonaba en tu bar. Sonaba cuando estabas tú. Yo luego la escuchaba porque me recordaba a ti, a ese verano, a esa barra en la que servías cervezas y sonrisas. Me costó muchísimo hacerme con esa canción. Antes no era ahora. Desde luego.

Recuerdo, sí,  tu risa. Y también la mía. Recuerdo que la risa a veces terminaba en abrazos. Y ya por aquélla época prefería los abrazos a los besos.

Recuerdo cuando tan solo un roce por muy pequeño que este fuese me bastaba para mojarme las bragas.

Me recuerdo bailando en aquélla sala. Con aquélla luz de atardecer mediterráneo. Escuchándote con ese acento. Era la primera vez que tomaba cerveza. A la segunda me emborraché y reía. Tú me hablabas de él y yo solo pensaba en ti. Qué típico.

Es esa época en la que sentía dominar mis miedos porque no los conocía realmente. En la que no me importaba nada-bueno ahora tampoco- y vivía los días tan intensamente que las noches eran solo para bailar.

Era esa época en la que pensaba que podría vivir eternamente dentro de mi armario.

Solo coincidimos dos veranos. Yo no volví nunca y me he preguntado todos los demás veranos desde esa fecha si tú volviste allí una y otra vez, una y otra vez, si te enamoraste en esos veranos en ese mar y sobre todo pienso en que nunca te dije que estaba enamorada de ti. Y no te lo dije a ti ni a ninguna otra de las que siguieron después de ti. Para que ocurriese eso tuvieron que pasar muchos años y experiencias por mí.

Recuerdo el vestido que llevabas la última noche del último fin de semana de agosto. Te morirías de risa si supieses que me suelo acordar de las cosas banales. Pero estoy tranquila porque nunca lo sabrás. Yo sería como una dectective que haría solo el trabajo de recordar visualmente la escena de un crimen. Cada detalle, cada minúsculo detalle sería almacenado en mi cabeza. La fotografía me quitó el trabajo.

Y ahora pienso en si alguna vez nos hemos cruzado por alguna ciudad y no nos hemos reconocido. Siempre tiendo a pensar que no voy a reconocer a las mujeres que me importan y no viven en mi ciudad.  Siempre pienso además en el abandono. Curiosamente soy yo la que abandona. Pero esto por supuesto tiene una sencilla explicación.

Recuerdo muchas cosas de ti y de mí de esos veranos. Nunca más he vuelto al sur de esa forma. En realidad nunca he vuelto. No me perdonarías tal vez que después de tanto recordar no consiga evocar tu nombre pero al menos tengo presente tu mote.

¿dónde estarás? ¿qué harás? Me pregunto cómo será tu vida y si serás feliz. Y me siento tan hipócrita como antes. A pesar de todo nada importante en mí ha cambiado. A parte de abrir la puerta de aquél maldito armario.

Hay vidas que se cruzan y recuerdos que se aplican a la piel como tatuajes.

Forever Young se convirtió en nuestra canción en esa época en las que sólo teníamos 17 años.  Qué paradoja temporal. Si no era a los 17 no sería nunca.

Forever Young fue esa canción mantra que me ponía antes de hacer un examen en mi época universitaria. ¿Recuerdas aquélla tarde en la que te dije que haría bellas artes? Recuerdo que me dijiste que tú nunca serías universitaria. Y qué bien hiciste si finalmente lo cumpliste. Y una piensa en cómo relaciona los buenos momentos, con el despertar sexual y ¿la suerte? antes de un examen que es como el preludio antes de algo nefasto Esa suerte de desperfectos en la que una imagina y olvida. En realidad no soy tan diferente a cuando tenía 17 solo que ahora me disfrazo. A partir de los 17 comencé a torturarme de forma consciente. La política me llegó a partir de los 23. Y el rechazo fue total rondando los 26. Para los 30 estaba agotada y perjudicialmente afectada. No digo que irrecuperable pero lo suficientemente herida como para llorar todos los martes por la tarde.

A partir de los 30 sufro insomnio. Y lxs mosntruxs son mis noches.

Y recuerdo todo esto porque la mente es selectiva. Y mientras caminaba el otro día por la calle de la ventanilla bajada de un coche sonaba eye in the sky y a mi lado cruzando la calle pasaba una chica que me recordó a ti. Todo en el mismo segundo. ¿fue simplemente la canción la que me evocó tu presencia? O  ¿son las casualidades de la vida las que te referencian el recuerdo?

Probablemente nunca vuelva a saber de ti.

Han pasado 20 años.

Aún así lo mejor de los recuerdos es que permanecen congelados. Vivos pero congelados. Vivos pero congelados. Vivos pero congelados. Vivos pero congelados. Vivos pero congelados.

3.10.14

El artista como heróe es sexista


Los encuentros retratados e imaginados son aquellos en los que los hombres tienen la libertad de gozar de sus placeres en muchos espacios urbanos en los que trabajan mujeres pertenecientes a una clase sometida a la de ellos, a menudo vendiendo sus cuerpos a los clientes, o a los artistas. Sin duda, esos intercambios se estructuran según relaciones de clase, pero estas están capturadas en todo sentido dentro del género y sus relaciones de poder. Clase y género no pueden ser separados ni ordenados según una jerarquía. Son simultaneidades históricas que se modulan mutuamente.

Por lo tanto, debemos averiguar por qué el territorio del modernismo es con tanta frecuencia una manera de ocuparse de la sexualidad masculina y su signo, los cuerpos de las mujeres. ¿Por qué el desnudo, el burdel, el bar? ¿Qué relación existe entre sexualidad, modernidad y modernismo? Si es normal ver pinturas de cuerpos femeninos como el territorio en el que los artistas varones reclaman su modernidad y compiten entre sí por el liderazgo de la vanguardia, ¿podemos esperar redescubrir pinturas hechas por mujeres en las que luchen con su sexualidad a través de la representación de hombres desnudos? CLARO QUE NO, tan sólo plantearlo parece ridículo. Pero ¿por qué? Porque existe una asimetría histórica, una diferencia social, económica, subjetiva entre ser mujer y ser hombre en el París de finales del siglo XIX. Esta diferencia, producto de la estructuración social de la diferencia sexual y no de una distinción biológica imaginaria, determinaba qué y cómo pintaban los hombres y las mujeres.

Griselda Pollock

 

La tarde que di por primera vez con algunos de los artículos de Griselda Pollock fue el día más maravilloso de mi vida. Y de este momento ya ha pasado más de una década.

Lo repetiría hasta caer exhausta a mí también el feminismo me cambió la vida para siempre y además me la salvó. Leer a Griselda Pollock es estar lo más cerca de hallarme en cierta paz conmigo misma y eso es un grado sumo de ambición.

18.8.14

Crisálida. El mediodía de mi primera versión.


Usted dirá me dijo la taxista.

Amarte, le dije yo sin pestañear.


Tengo ganas de gritar. Quiero mover las manos pero las siento atadas. Estoy amordazada. Extendida en una camilla. No tengo ropa. Ni siquiera me han echado una sábana por encima. Mis brazos están completamente extendidos formando una línea recta. En uno de ellos hay un contador de pulsaciones y en el otro un suero intravenoso. El techo que estoy mirando está pintando dentro de una gama cálida pero no acierto a ver el tono. No tengo las gafas. Me han quitado las lentillas. Lo que sí que creo es que ha sido recientemente pintado. No es luminoso. Me siento sin fuerzas y aún así tengo ganas de gritar. Se me escapan las lágrimas. Es rabia, rabia acumulada. Me lo advirtieron muy severamente pero yo no puedo abandonar así la tensión. Tampoco puedo mover hacia adelante la cabeza tengo un hierro cerca de la frente que está oprimiendo el cráneo y me impiden saber si hay cerca una ventana. Solo puedo mirar y con limitación a los lados. Tengo frío. Seguro que tienen puesto el aire acondicionado. Se me ha adormecido la pierna derecha y dibujo círculos invisibles con el pie izquierdo para que no se paralice. Odio sentir ese entumecimiento y esa sensación cómo de tener bolitas dentro cuándo lo muevo. No sé donde estoy. Tengo sed. Me han implantado una placa metálica en la cabeza, en el lado izquierdo. Esto no lo sé, solo lo intuyo, me han anestesiado. Me dijeron que contara hasta diez al revés. Me llevaron allí a la fuerza. De una máquina con pantalla de plasma sale una voz robótica que lee en alto varios códigos numéricos que yo no puedo interpretar. Pienso en Fibonacci. Cada vez que de esa máquina sale esa voz se me erizan los pelos y me recorre un sudor frío por todo el cuerpo. Se me arquea la espalda. Mis niveles de ansiedad son autoevaluados en una placa electromagnética. Cada cierto tiempo por el techo en calibri 231 me pasan imágenes de cuatro palabras escritas: Sí, dual, de rodillas, descongelar. Me rayo cada vez que las escucho. Me hacen enloquecer los sonidos repetitivos y las palabras repetidas constantemente. Cerca de mí hay una mesita con cuatro compresas manchadas de sangre. La sangre aún es rojiza, está fresca. Al lado de las compresas hay dos tubos de silicona negra con forma de dildo. Demasiado grandes. Me pregunto si me han hecho un tacto vaginal y otro rectal y si ahora mismo dentro de mi colon o de mi vagina se alberga algo que desconozco completamente. Algo minúsculo y viscoso, algo que yo descontrole totalmente. Qué me lo quiten ahora, que me lo arranquen. Contraigo los músculos de la vagina una y otra vez, una y otra vez. No siento nada. Es lo que más me preocupa. No siento dolor, ni irritación, ni escozor, ni molestia. Y eso me está volviendo totalmente loca. Deduzco. Creo que ya soy inmune. Lo que más me aterraba. Y así cumplí los 37. Dentro de la mentira. En la gran mentira.

Qué ves cuándo me miras. Qué ves cuándo cierras los ojos

Ven, acércate a mí despacio y cuéntame en bajito, por favor, otra vez más esa historia de doris lessing, la grieta, esa historia de mujeres que vivían en las rocas, que se fecundaban solas, sin necesidad de varones.



Marina Núñez. Serie ciencia ficción 2010


Mutación identitaria. Preocupación excesiva. Máquina. Autocontrol. Depresión. Ansiedad. Agobio. Tecnología. Fábula. Mitología. Inmsonio. Mujer. Mujer-es. Es-mujer.


Prefiero ser una ciborg que una diosa.

Donna Haraway

23.7.14

Conversation with my mother


2001.
Tracey Emin.

En este vídeo Emin y su madre Pamela conversan sobre la decisión de la madre de no abortar cuando estaba embarazada de Emin y de su hermano gemelo Paul, y la opinión de la madre de que Emin nunca debería tener hijos. Por la conversación sabemos que cuando la madre estaba embarazada había visitado a un doctor para abortar, había cambiado de opinión allí mismo y se había marchado de la consulta. La madre de Emin contó esta historia durante la infancia de los gemelos y había dicho a su hija que nunca tuviera hijos, que si alguna vez se quedaba embarazada se lo dijera con tiempo para que ella pudiera ayudarla a abortar. Paradójicamente, en el transcurso de la conversación el espectador tiene la sensación de que para madre e hija la historia es una especie de escena primigenia. También vemos que la madre de Emin continúa diciendo a su hija que no tenga hijos incluso a pesar de que Emin se acerca al final de sus años reproductivos. La afirmación se hace con cariño y con bastante sentido del humor.

Pamela: Temo el día en que me mires a los ojos y me digas “Estoy embarazada”. Sería una catástrofe. Sería un desastre. Un desastre. ¿No me digas que estás embarazada?

Emin: No lo estoy

Pamela: Gracias a dios

Juguetea con una muñeca mientras habla. Ella y la hija intercambian miradas de complicidad y se ríen. Conoce bien esta conversación. Es una discusión graciosa, marcada por una especie de conocimiento lateral: la madre de Emin desea para su hija una libertad que ella misma nunca pudo disfrutar y dicho deseo se manifiesta en el rechazo a que su hija se convierta en madre. Emin pregunta abiertamente por qué su madre piensa que ella no sería capaz de tener hijos, pero a la vez reconoce que no quiere tenerlos. Con tener gato le va bien. Hablan sobre las cargas específicas que para la mujer supone tener hijos y la madre de Emin insiste en que la artista nunca habría tenido la carrera que tiene si hubiera sido madre. Emin sugiere que en parte su madre no quiere que tengas hijos porque entonces dejaría ser la hija; básicamente cambiaría la relación entre ellas. La madre parece aceptar esta posibilidad, aunque en realidad no está convencida.
Juntas revisan la relación madre/hija, tradicionalmente imaginada en torno a la reproducción (hija que se convierte en madre) sobre el tema del aborto. Según avanza la conversación, aprendemos que ambas son, como diría la historiadora Molly McGarry “hijas poco diligentes” (McGarry 2000,9): las dos consideran que sus madres no pudieron disfrutar de la vida que ellas tienen, ambas rechazan que se las defina conforme a los estándares de normalidad doméstica de la clase media (la madre de Emin, al tener hijos sin estar casada; Emin, al no tenerlos) Ambas consideran a sí mismas como cargas casi imposibles para sus madres e intentar averiguar cómo es que una llega a esa conclusión. Tradicionalmente, escribe McGarry “una noción de generaciones tiene en su núcleo un desgastado conjunto de expectativas edípicas que dictan posiciones incómodas tanto para madres como para hijas” (McGarry 2000, 11). Emin y su madre bromean sobre la certeza de una de que la otra no debería ser madre, al tiempo que reconocen que son lo “mismo”, y vemos que la noción de generación muta. La forma y la textura de la historia que se desarrolla entre ambas es no-lineal, ilógica y llena de agujeros. La falta de coherencia define la conversación de al madre. Emin pregunta sin rodeos: ¿te arrepentiste de tener hijos? Si volvieras atrás ¿harías lo mismo? La madre se niega a contestar estas preguntas; la forma en qué están formuladas no encaja con la complejidad de lo que significa ser madre. Rechaza las suposiciones que encuadran su gramática hablando de otras cosas y, así, la intensidad de la conversación va y viene.


Jennifer Doyle. Chicas, interrumpido: feminismo queer, arte y aborto.


16.7.14

una caja pequeñita, dos puñales rojos y tres manchas de carmín


Mi mundo está en una acera del barrio y mis experiencias en tres portales del mismo barrio

Sentir. Experimentar. Hablar

Solo esos tres condimentos. Solo son tres envoltorios. Solo son tres voluntades prensadas a conciencia y dispuestas al olvido. Son tres capas de piel.

Ahora ya no es necesario que corra a contrapelo.

Quizás puedas mirarme a los ojos en estas tardes de verano después de que haya bajado la persiana del salón para que no me ciegue tanta claridad.

Me has comprado plantas. Algo que cuidar, yo que no se cuidarme a mí misma. Yo creo que no haces más que dejarme mensajes indirectos. Sabes que me gustan las metáforas y los juegos de palabras. En cambio tú para eso eres más pragmática.

Quizá pueda animarme a sentarme en una silla y sacar los tres bolígrafos verdes con los que garabateo las letras de una canción antigua.

Me das masajes en la espalda y me dices que es contra el estrés. Solo puedo rendirme ante tus caricias. Me lo haces con tanto amor que me duele no poder contener ese aire que siempre existe entre tú y yo. ¿Cómo hago para calcularlo?

Mírame las manos. Si no me tiemblan, si no están encharcadas….abrázame fuerte. Muy fuerte. Tan fuerte que pueda escuchar tu tranquilidad.

Gracias por tomarme siempre de la mano aunque me tiemble, aunque me sude, aunque esté asquerosa, fría y húmeda.

Me sorprendes tanto. Que me pellizco todo el rato para que no sea una pesadilla.

Sentir. Experimentar. Hablar.

Solo son esos tres condimentos que me había prohibido el día que decidí hacerme una agenda espartana. Me trato de recuperar y me duele todo. Escribo en un cuaderno de hojas blancas. Es un cuaderno en el que dibujo compulsivamente a bolígrafo y a colores  estridentes pero en el que también escribo. Todos los días me prometo que no lo destruiré. Solo sé que no puedo mantener promesas.

He vuelto a hacer todas aquéllas cosas que me hacían sentir bien. De momento son solo 5. Es un presagio. Es un acierto. Se llama verano, como la estación y es una recuperación lenta.

Abrázame siempre ¿sabes? Aunque haya días que quiera darme contra esa pared de ladrillos afilados. Mi barrio es todo de ladrillo ¿sabes? Aunque haya días que no quiera amanecer y aunque haya días que no me apetezca otra cosa que dormir con insomnio.

Mi mundo está en una acera del barrio y mis experiencias en tres portales del mismo barrio.

10.7.14

3 microrrelatos sobre vestuarios


1

Aproveché que estaba sola para ducharme. En el colegio casi nunca lo solía hacer. Nunca me esforzaba por lo tanto nunca sudaba lo suficiente. Normalmente esperaba llegar a casa para ducharme. Pero ese día decidí lavarme en las duchas de los vestuarios. Estaba en el último curso de lo que era educación general obligatoria. Tenía la regla. Me había bajado esa misma mañana. Me gustaba mirar la sangre en el suelo de la ducha. Una sangre aguada, clara, limpia, de un hermoso color rojo. La sangre menstrual me resbalaba por la pierna izquierda a modo de herida. Corría muy rápido por mi muslo, por mi rodilla hasta convertirse en gotitas que caían hasta el suelo blanco del piso de ducha. Yo miraba al suelo, miraba a la sangre cómo golpeaba cerca de mi dedo gordo del pie izquierdo. No sabía que ella estaba allí. Mi compañera T. acababa de entrar en el vestuario y se dirigía a las duchas donde yo estaba. Sin darme tiempo a reaccionar me la encontré de frente. T. solo vio la sangre. T. solo se fijo en que me sangraba una pierna y que la sangre recorría el suelo. T. gritó. Gritó mucho y muy fuerte. T. enloqueció y se quedó primero quieta del horror y luego sin decirme una sola palabra salió gritando enloquecida de allí. A los pocos minutos mientras me secaba con una toalla blanca manchada con algunas gotitas de sangre llegó T. con Sor Ana. Cinco minutos más tarde estaba completamente vestida y sentada en el despacho de Sor Ana.

  • Eres ya muy mayor para saber que una señorita no debe ducharse los días en los que está mala, vamos, ya sabes lo que quiero decir, con el período. O si lo haces deberías hacerlo en casa y evitar que otras compañeras que aún no tienen el período lo vean. Lo mejor es que respetes esos días y no te duches. No avergüences al resto. Dile a tu madre que venga a hablar conmigo por favor. ¿me estás escuchando?

Me levanté en silencio. Tomé la mochila. Guardé un libro y cerré la cremallera. Me coloqué el flequillo de un golpe de viento a modo de silbido hacia arriba y salí de la habitación. Caminé hacia casa y me compré un helado de sabor chocolate para saborearlo en el banco de debajo de casa.

 

2.

Como nunca he hecho deporte. Bueno deporte en serio. Deporte de ese de sudar y sentirte cansada y en forma pues no he solido habitar vestuarios. De ahí que mis fantasías sexuales más primigenias rebroten en estas habitaciones húmedas. En aquél viaje, sin embargo, tras más de 15 días fuera de casa recorriendo de cabo a cabo Alemania y durmiendo en albergues no tuve más remedio que madrugar de forma exagerada para no ducharme de manera colectiva. Una no está preparada para ducharse así. Yo concibo la ducha en solitario o en pareja y no siempre esto último. Me gusta bañarme en pareja que no ducharme. Que son cosas distintas y placeres diversos.  La primera mañana bajé después de tomarme el desayuno a las duchas. Para mi sorpresa, que no sé muy bien si esperaba que un albergue como ese fuese un hotel de 4 estrellas, me encontré con una sala más o menos cuadrada de color blanco impoluto y unas 12 duchas fijas sin mamparas,  ni cortinillas ni ningún otro artilugio que propagase la intimidad entre las que allí estaban. Me asusté tremendamente. Hacía años que no tenía esa sensación. Me refiero a la sensación de “Oh, diosa mía, son tías, están en pelotas y no puedo quitar los ojos de sus tetas” “Oh, diosa mía, se van a dar cuenta que les estoy mirando las tetas y que me gustan y que soy bollera y se van a sentir incómodas y yo también y bla, bla, bla”. “Oh, diosa mía, mira cómo se enjabona ésa las tetas  y cómo le botan cuándo se agita con el agua”. Y así es, tal cual. Entré en pánico. Y me quedé allí mirando entre aturdida el paraíso de aquéllas felices mujeres, sin darme cuenta que, todas poco a poco me estaban mirando. Me puse roja pero tanto como si me fuese a explotar la cara, y atisbé como una de ellas le dijo algo a otra en un idioma incompresible, presuntamente supongo alemán, y yo que tengo dos zapatillas por orejas me hice la sueca en vistas de no haber entendido nada, de no saber qué hacer y en pensar a la vez cómo dejar de mirarles las tetas. Me di vuelta atrás y salí de la zona de las duchas a bastante velocidad, como si estuviese enfadada.  Me sentía una estúpida. Una engreída y una idiota. Había perdido mi oportunidad de ducharme. Mi ducha de por la mañana se había disipado por mi boludismo.

Al día siguiente y el resto de los días que duró ese viaje me levantaba muy temprano. Me fastidia madrugar y  más en vacaciones pero a las 5.45 sonaba mi despertador. Cuando algo me importa es que me importa de verdad. Y yo soy cabezota de estirpe. Bajaba a la ducha, me duchaba sola e intranquila mirando a la puerta por si una de esas europeas tempranas que amanecen tan pronto irrumpía en aquél lugar y yo tendría, entonces, que ducharme de cara a la pared, con los ojos cerrados y frotándome de forma tímida.

 

3.

Tenía el pelo enjabonado y los ojos cerrados. Si tengo jabón en el pelo no puedo abrir los ojos. Así que mientras trataba de palpar a ciegas el mando del grifo acaricié piel humana o al menos eso me pareció a mí.

  • Quieres que te ayude a quitarte el jabón del pelo- dijo una voz muy cerca de mí
  • No hace falta puedo sola- mientras se me adivinaba una media sonrisa en los labios
  • Uuuuh no me fío mucho de una chica a la que le sale solo un hoyuelo en las mejillas

Y mientras me aclaraba con agua caliente y me caía el jabón por la espalda ella se acercó por detrás y me besó con cierta suavidad el hombro derecho. Yo me puse tensa y comencé a sentir los latidos del corazón muy fuerte contra mi pecho. No puede ser, pensaba, no puede ser. Cuando pude abrir los ojos la vi. El resto de chicas seguían en sus duchas pero a ella la tenía allí besándome los hombros. Ya me había fijado en ella al entrar y me parecía muy atractiva. Una siempre tiene ciertas fantasías eróticas en los vestuarios y resulta que ella estaba allí proponiéndome aún no sé muy bien qué. O eso quería yo.

  • Si esperas unos minutos el resto se irá y nos quedaremos solas. Es así todos los días
  • Ah, y todos los días te follas a una o es una improvisación sin más-y me quedé con mi sonrisa de único hoyuelo.
  • Me gustan las tías que vais de duras así como intimidando, me mola eso de que construyáis un personaje, alguien que no eres tú. Y…

Sin mediar más palabras me empujó hacia la pared. Yo perdí un poco el equilibrio pero me enderecé rápidamente. Cuando mi espalda tocó azulejo me quedé atrapada entre sus brazos.

Quiero que vayas al grano le dije. Quiero que seas rápida y no te entretengas en caricias que no me aportan en este momento,  vete directa. Le pasé mi bote de gel cerrado y le pedí que me lo introdujera con soltura y sin pararse.

Con tanta recomendación ella parecía algo asustada pero decididamente no esperó ni un segundo a tomar impulso. Abrió el grifo de la ducha y el agua comenzó a caer de nuevo sobre nuestros cuerpos. A decir verdad me cuesta muchísimo correrme de pie pero en aquélla ducha, con aquélla mujer con gotitas de agua en su piel, con olor a champú de mandarina, con mi bote de gel entre sus manos abriéndose paso de forma violenta entrando en mi coño, me corrí de forma tan intensa que volví a clavarme las uñas en las palmas de las manos, con una fuerza tan inmensa, que me brotaron pequeñas puntos de sangre que no llegaron a traspasarme la piel.

Después me puse una toalla, unas chanclas en los pies, me peiné el pelo hacia atrás con cierto aire chulesco y me coloqué un pitillo en la boca mientras lo encendía le escribí en el espejo empañado mi número de móvil. Me llamó en tres ocasiones y en semana distintas. Nunca le cogí la llamada. Es lo que tenemos las tías que vamos de duras.

18.6.14

Sentido colectivo de propiedad del cuerpo


Año 2008. Para el proyecto de fin de carrera de Bellas Artes en la Universidad de Yale, Aliza Shvarts se inseminó artificialmente una vez al mes durante 9 meses y tomo abortivos cuando se aproximaba la fecha de su período, con el fin de producir una narrativa sobre la experiencia, así como una instalación de vídeo en la que aparecía sangrando en una taza y mostraba restos de sus períodos inducidos. Nunca se sometió a una prueba de embarazo, no hay constancia de que hubiera logrado fertilizar un óvulo, haya estado embarazada o hay abortado un embrión. La posibilidad biológica de existencia de embarazo se deja abierta para traer a primer plan las inversiones ideológicas en términos legales y médicos del cuerpo de la artista como el marco más fiable para extraer la “verdad” de la obra. La “verdad” de la obra reside en cómo elige el público interpretar la historia de Shvarts.

Varios sitios de facebook recogen campañas de odio contra Shvarts, periódicos de todo el país han recibido pilas de cartas y correos electrónicos en respuesta a la cobertura de la historia y se ha convertido en noticia del arte como oportunidad para alardear sobre el estado del arte de la representación.

Sorprendentemente, teniendo en cuenta su apoyo a la distribución de la píldora del día después sin receta médica y la facilitación de aborto a demanda para las estudiantes, la Universidad de Yale no respaldó el proyecto de Shvarts. Redefinieron su acción como “ficticia” A su entender la estudiante nunca estuvo embarazada y jamás abortó.
“De haber sido reales estos actos- explicaba la portavoz de la universidad -habrían infringido normas éticas básicas y planteado graves problemas de salud mental y física”
Entonces los administradores de la universidad amenazaron con impedir la difusión del trabajo a menos que la artista confesara por escrito que la exhibición era una obra ficticia.
Robert Storr decano de la facultad de bellas artes de Yale, reiteró la posición de la institución cuando manifestó: “Esto no es un proyecto aceptable en una comunidad donde las consecuencias van más allá de la persona que inicia el proyecto e incluso pueden poner en peligro a dicha persona”.
Shvarts se negó a firmar cualquier renuncia de responsabilidad sobre las descripciones de la acción y se le prohibió presentar cualquier aspecto en este sentido en su defensa de tesis final. A día de hoy, el proyecto está sin título y sin exhibir; sólo existen las historias que se cuentan al respecto, incluida esta.

Los registros públicos que se tienen del proyectos son ambiguos en cuanto si Shvarts realmente vivió el proceso que describe; en parte porque el proyecto se interrumpió y ni siquiera sabemos cómo hubiese presentando Shvarts la documentación de la representación. Yo decidí ignorar la cuestión de “qué ocurrió realmente” para centrarme en lo que sí ocurrió: la condena casi unánime de la iniciativa al completo.

Para los sectores más críticos ofendidos con el proyecto por la idea de aborto y porque todo fuera un montaje les obsesionaba la pregunta ¿llegó a estar embarazada Aliza Shvarts? En este punto el proyecto teatralizaba una parte característica de las compañeras heterosexuales activas de Shvarts que no utilizaban medios anticonceptivos: la incertidumbre todos los meses, la búsqueda de indicios de embarazo, conversaciones sobre el té de salvia. Para Shvarts, la cuestión de si alguna vez estuvo embarazada o no nunca tuvo relevancia: lo importante era explorar el camino discursivo en torno al sexo y la reproducción y, en particular, llamar la atención sobre el extraño estado de la artista como autora en el contexto de la representación, donde el cuerpo femenino está implicado.



Texto literal tomado del ensayo Chicas, interrumpido: Feminismo queer, arte y aborto de Jennifer Doyle.

12.6.14

SPM


Síndrome. Síndrome. Cualquier estado puede convertirse en un síndrome. Las autoridades  sanitarias advierten que antes del sangrado menstrual hay un síndrome.

Síndrome. Síndrome. Síndrome premenstrual. Síndrome. Síndrome. Síndrome. Síndrome. Síndrome. Síndrome.

La real academia de la lengua define síndrome como un conjunto de síntomas característicos de una enfermedad o un conjunto de fenómenos que caracterizan una situación determinada.

Supongo que tengo síndrome porque paso de los 30 desde hace tiempo. Al menos esto dice la wikipedia. También dice que los síntomas son más molestos al envejecer. Entonces, tengo síndrome y envejezco. Envejezco y soy hipocondríaca. Y miro todos mis síntomas del síndrome con lupa. Y me hago películas.  En esas películas soy yo la loca, la estresada, la irritable, la insoportable, la dolorosa, la impaciente, la ruidosa, la que no duerme, la que llora porque sí y luego porque no, la que se masturba más de dos veces al día y más de tres, la que quiere chocolate, la que tiene las tetas dura y la duelen, la que se le hincha la tripa, y quiere hacer pis todo el rato. La que se enfada. La que al despertar la vida le cuesta otra vida. La que quisiera gritar pero no lo hace. Se lo come. Se lo come y lo vomita horas después en un váter que ni siquiera google maps localizaría en un plano.

La wikipedia también dice que esto fue un invento (vamos algo definido) de un tal Robert Frank, lo del invento me refiero a lo de llamarlo síndrome para que luego histéricas como yo lo crean. Lo crean y hagan esas películas.

Yo antes de los 30 no tenía síndrome. Ni después de los 30. Lo tengo tan sólo desde hace un año más o menos. O tal vez es que desde hace un año más o menos soy más irritable, o más ansiosa, más impaciente, más nerviosa, más temerosa, más vieja… qué pena que no tenemos a Frank para preguntárselo, ¿no? bueno, seguro que hay muchxs otrxs Frank. No lo sé.

Yo tengo casi todos los síntomas que se describen dentro de este síndrome.  De la amenorrea del principio pasé a los ovarios poliquísticos y ahora tengo SPM.

Y los meses pasan tan rápido.  Y los síndromes me llegan tan de seguido que las consideraciones culturales y fisiológicas no me dejan en paz.  Yo solo quiero estar en paz. ¿es tan difícil?

Yo, la que siempre se jactó de no tener, normalmente, dolores menstruales ni muchas molestias. La que se excitaba pensando en la menstruación propia y ajena y la que  tenía unos orgasmos maravillosos mientras sentía salir la sangre caliente del coño, ésa misma, ahora tiene síndrome.

Esto es pasar de los 30. Y de los 35.

Y subiendo.

22.5.14

Pieza distinguida



La Ribot. Chair (pieza distinguida núm. 29. 2000


La bailarina está convirtiendo su cuerpo en algo rígido.

Incapaz de moverse. ¿te suena?

En cada movimiento contradice lo que se esperaría de su espectáculo de danza. Entierra lo que desearías de una acción corpórea.

El cuerpo de la bailarina revisa su otro cuerpo que es incapaz de bailar.

Ahora piensen este mismo cuerpo pero en otros espacios. En espacios diarios, cotidianos, ambientes asfixiados y lugares comunes. Ahora piensen en su cuerpo y en sus movimientos. ¿Cómo son? Y díganme cómo lo quisieran mover, cómo lo quisieran tocar, cómo les gustaría estar con su cuerpo en diálogo.  ¿Cómo se relacionan con su cuerpo?

Ahora pienso en mi cuerpo y en el embalaje social y en los trocitos de madera a los que he puesto todos nombres, todos están contaminados creando así mi rigidez. Incapaz de moverme. Incapaz de hibridarme.  Capaz de renunciar a mí y convertirlo en un ente rígido.

Se han roto todas las disposiciones. Se han alterado las relaciones entre el cuerpo, la danza y las artes visuales. Ahora los territorios localizados en lo cotidiano campan a sus anchas.

Salimos a la calle pero salimos encorsetados. Cubiertos de palos de madera que no nos dejan liberar nuestro cuerpo.

Aquí el escenario es cualquier espacio. Y la bailarina eres tú. ¿te asusta? yo estoy paralizada.

Puedes ver el vídeo en:

19.5.14

Arquivoltas para una bailarina sin contrafuertes.


Todas las noches me lleno los bolsillos de arena. Eso me supone un peso adicional con el que no estoy dispuesta a negociar. Unas horas antes de irme a dormir lleno el pasillo hacia la habitación roja de obstáculos pequeños que me dificultan caminar, además me tengo dicho que debo recorrerlo con la luz apagada.

Leo todas las mañanas en un prospecto que me recetó un médico al que jamás he ido, que todos los efectos secundarios son parte de una herencia ilusoria que me ha dejado mi madre.

Camino descalza sobre trocitos de cristales rotos del botellín de mi última cerveza, la que me bebí cuando ya era demasiado tarde para dejar de beber. La que me dijiste que no bebiera.

A veces lloro si he bebido demasiado. A veces también río pero todo lo que río luego lo lloro. Y tú no te sientes cómoda ni con lo uno, ni con lo otro. Yo sí porque al día siguiente apenas te hablo.

Si he de elegir ten por seguro que pese a tu recomendación me sentaré en la silla más dura, y en la que no tenga respaldo. Ten por seguro que me ducharé con agua fría y luego saldré a asomarme a la ventana hasta que mi piel se ponga azulada.

He seguido tanta veces todos tus mandatos tan al pie de la letra, que creo que el laberinto no es un castigo sino una posibilidad real de emancipación segura.

Sabes perfectamente que tomaré el camino más complicado para volver a casa. No me gustan las líneas rectas si no las sinuosas y esas en que las curvas son más proclives a desanimarte que a seguir pisoteándolas. Odio los mapas porque no sé en qué orientación situarme.

Me despisto en una habitación cuadrada vacía por completo.

Una vez quise ser actriz de teatro. Otra vez intenté ser pintora a domicilio. En tres ocasiones he sido fotógrafa profesional. Y de haber llevado a cabo esa idea que tuve durante 5 años consecutivos hubiese sido bailarina. No he intentado por todos los medios ser video creadora. Y no lo soy porque no me siento en una silla con respaldo. Y no lo soy porque ando sobre cristales. Y no lo soy porque huyo de mi misma y en ese huir salgo sin ropa, tan sólo con un sombrero de ala ancha, y en el día más frío de todos.

Quise ser actriz de teatro durante muchos años. Luego se me pasó y me enamoré de los brazos de Vinila Von Bismark en uno de sus conciertos. Entonces quise ser actriz de burlesque y cabaret. Solo para vestirme de cuero negro los días pares y de cuero rojo los impares y tatuarme los brazos de arriba abajo de imágenes en color y citas numeradas. Pero no soy constante y a veces no me gusta el cuero negro, ni el rojo, y si tuviera algún tatuaje se que por principio personal querría destruirlos constantemente por eso no tengo ninguno. Y no es por falta de ganas sino por desatino.

De haber tenido agallas hubiera sido stripper. Ahora sé que ya nunca lo seré.

Una stripper que actuaría solo en locales sin entrada para público hetero.

Pero preferí poner mis propias reglas al juego. Y preferí llenarme los bolsillos de arena, el pasillo de obstáculos, llenar el camino de cuestecitas, y sentarme en sillas sin respaldo y poco cómodas. Preferí nunca hacer un curso de natación.

Todas las noches me lleno los bolsillos de arena y por la mañana la esparzo para volver a recogerla por la noche. Siempre me obsesionaron de forma compulsiva las historias mitológicas de castigos eternos.

 

Pero para esta noche tengo un plan.

16.5.14

¿Homofobia? pues, yo no he sido lo siento.


Nos educan en un contexto marcadamente heterosexual y violento que tiende a reprimir, invisibilizar y estigmatizar las relaciones que podrían darse fuera de esa heterosexualidad obligatoria.
Desde que naces te hacen ser heterosexual a la fuerza y por todos los medios, soportes, acciones, deberes, obligaciones, deseos y prohibiciones.
Lxs heterosexuales para reforzarse en esa marca rehúsan diaria y concienzudamente de cualquier otra posible sexualidad que no sea la normativa, la heterosexual, es decir, la válida como buena. La legitimada.
De todxs lxs heterosexuales que conozco ningunx de ellxs asume la homofobia, transfobia, bifobia, como algo integrando, interiorizado y asumido como algo natural en nuestra cultura, en nuestras relaciones y en nuestras acciones diarias. Ningunx se asume como homófobx.
Al parecer para lxs heteros la homofobia es un invento que lxs sujetos de sexualidades no normativas nos hemos inventados para hacer el mal en la tierra y acusarles además a ellxs.
Pero…en mi casa mi padre usa maricón como insulto todo el rato, yo no me siento cómoda paseando con mi mujer de la mano por las calles de mi barrio, en determinadas situaciones no me sale de forma natural decir que estoy casada con una mujer, no puedo besar a mi chica en un bar sin que nos miren todxs y nos sintamos amenazadas, el día de mi boda rellené un papel que decía D. y Dña, siento que a veces doy más explicaciones de las que cualquier hetero daría sobre temas relacionados con mi forma de vivir. La relación con mi madre es tensa desde que le dije que era bollera. Tengo que dar justificaciones todo el rato si hablo de que queremos ser madres y siento que si conozco a alguien tengo que decirle tan pronto como pueda que soy bollo para que luego no piense que le he ocultado algo.
Vivimos en un mundo heterosexual contextualizado en cada caso. En dónde las series, las películas, las historias, la vida en general y en particular son marcadamente heterosexual, dónde todos los ejemplos que nos ponen son dirigidos a público heterosexual, los anuncios, la forma de vida, los referentes, todo es heterosexual.
Luego llegas tú, con tu bollería por delante, y cualquier aspecto que hables que tenga que ver con tu vida te es tachado de parcial, de repetitiva, de cansina con el tema que te preocupa, y de que solo sabes hablar de lo mismo: de mujeres y de bolleras a todas horas.
Si logras profundizar con algún hetero sobre homofobia el tema se vuelve más desquiciante aún. Nadie ha visto, ni oído, ni jamás ha hecho un acto homofóbico. Ningunx. Jamás. Es más te miran rarísimo si les dices que hay homofobia en cada pelusa del suelo. Paradójicamente todo el mundo en masa condena la homofobia y defiende los derechos de la comunidad homosexual pero lo que nadie dice es que lo hacen desde lejos y con la boca pequeña. Eso es parte de la letra pequeña esa que nadie lee.
Tiene ovarios que hasta yo misma asuma públicamente que haya tenido y aún tenga resquicios de ataques lesbofóbicos hacia mi propia persona y que lo que me impedía aceptarme era precisamente mi lesbofobia interiorizada y  tiene también ovarios que el mundo hetero esté ahí en la lejanía creyendo que apoyan causas por las que sinceramente ni les va ni les viene.
Como dice mi madre: “está muy bien ser homosexual y es muy respetable hasta que te toca en casa, entonces, eso es harina de otro costal”
Moraleja: la homofobia es un invento de la cultura transmaricabollera. Desde luego como (soy) sois.