8.2.14

Así sabrás que la rosa es rosa por bella y no porque en ella respire una flor. (Aute)

Estoy inmersa en un enrevesado trabajo personal sobre la invisibilidad como un campo discursivo de actuación de las resistencias del olvido. Y de cómo media la paciencia de los impacientes y las percepciones de quienes observan.
Lo invisible. La invisibilidad. Lo oculto. Lo imposible. Lo desapercibido. La ceguera. El olvido. La memoria y el archivo.

Enseñar es imposible decía E. Ellsworth en relación a que no aprendemos lo que supuestamente nos enseñan sino que aprendemos de lo que lxs profesorxs, la gente, el entorno olvida(n) y de lo que constituye nuestro subconsciente, nuestro imaginario tanto individual como colectivo. Aprendemos de todo lo que se nos oculta de forma intencionada o no y de todo lo invisible.

 
Esto me fascina.



Lo no percibido, lo apenas perceptible, lo imperceptible, las discapacidades del ojo, lo háptico, lo audible, el camuflaje, el velo, el maquillaje, lo mínimo, lo infravisible, lo infravalorado, lo abyecto, lo desagradable, lo que no es pero es, y utilizando el término de Derrida, lo visible in-visible.  La modernidad privilegió el régimen de la visualidad como el eje central de su hegemonía universal. La vista como el sentido privilegiado del siglo XX. Y los señores como dueños de esa visión. Un privilegio puesto en cuestión a finales del mismo siglo a través de la desconfianza, de la sospecha, de las feministas, de la idea de mirar con recelo. Esto se deriva de ciertas situaciones, algunas tan insostenibles como inviables, generadas en contextos cambiantes, macronarrativas del primer mundo,  políticas terroristas,  llamaradas sociales,  contestaciones cruciales y sociedad cambiantes. Todo es una gran mentira. Un gran espectáculo como diría Debord. Vivimos y existimos con angustias autoimpuestas, con la depravación de la política del engaño y la manipulación de los medios del poder. Si seguimos a Foucault esto nos llevaría a lo que él llama el archivo visual de la modernidad. Y aquí me detengo para tomar aire.

Walter Benjamin hablaba del inconsciente óptico y de cómo la fotografía hizo ver al ojo cosas que jamás habían sido observadas. Las histéricas de Charcot no eran más que un cliché fotografíado de ellas mismas, una forma más de anexionar la histeria a un medio de expresión artístico escribía Didi-Huberman. Al fin y al cabo, Huberman dice que la expectación, como metodología terapéutica, es la sospecha de una historia, incluso de un destino, hecho arte de la descripción. La histeria se convirtió según quien observaba en una cuestión del arte. Revisen si no a los surrealistas en su “Cincuentenario de la Histeria”.

La gran mayor parte de las obras de la artista Mary Kelly son un buen ejemplo del pensamiento antivisual, de la crisis de la verdad visual, de las resistencias de lo real y lo bueno, de la confrontación de lo que siempre se ve y lo ven además, curiosamente, siempre los mismos. Su obra es una evidencia valga la redundancia al punto ciego de la mirada. Un poco de ese efecto retrovisor en el que siempre hay un punto que no eres capaz de captar. Con esto estoy diciendo que la vista ya no es suficiente como sí que lo era en la modernidad. El ojo es manipulado cada día. Y no se trata de un ojo abstracto,  oigan, se trata de nuestro ojo, que no de nuestros ojos. Es esa idea de que el ojo puede ver sin ver “realmente”. Esto viene a ser ese aprendizaje naturalizado que es absorbido directamente por la Hegemonía en un frenesí imperioso de vivir dentro en el marco institucional de una historia occidental y neutral, con sujetos ya prefigurados y naturalmente sin fisuras, ¿no? Siempre se trata de un poco de esto.

Por eso la obra de Mary Kelly salta desde un trampolín al vacío de nuestra visión pasiva y dirigida de la “realidad” Su obra Balada de Kastriot Rexhepi (2001) es una instalación narrativa en 49 paneles de 63 metros de longitud. Fue expuesta en España en 2006 en el Espacio AV de Murcia. Me interesa porque justamente habla de la antivisualidad y la desmaterialización. Me interesa porque yo vivo en lo visual y en lo matérico.

De esta obra lo que me incumbe es que la artista no relata las bestialidades de la guerra, como parece hacernos creer,  sino más bien nos señala la condición del visitante que es el sujeto que observa. Que es quienes somos cuándo vemos la invisibilidad de lo que parece visible. Es decir, que nos muestra a nosotrxs mismxs, en efecto espejo, cuales son las reacciones posibles que tendemos a tener ante los acontecimientos que nos son dados a ver de forma visible. Podemos estar entonces  hablando de un posible trauma en el ojo observador. Evidentemente si es así es a nosotrxs a quienes hace referencia la obra. No a la historia, no la guerra, ni a Kastriot, sino al cómo se cuenta y cómo esta es recibida.

Mary Kelly seguía la idea de Freud de que el trauma no es producido por el acontecimiento real sino por su efecto posterior afirmando me puse a reflexionar sobre el impacto que tienen las atrocidades aunque sean percibidas de segunda mano y a través de los medios, en la manera en que inducen a diferentes tipos de identificación con la víctima. No estoy segura de si son histéricos o megalómanos, pero los efectos traumáticos de estas representaciones y el modo en que se filtran en la vida cotidiana son innegables.

La instalación va acompañada de una de una composición musical de M. Nyman y la voz de la soprano S. Leonard. La obra se compone por lo tanto de texto, música y elementos narrativos. La obra de Kelly es sin duda un texto poético inspirado en formas literarias autóctonas que apela a un sujeto traumatizadx por el privilegio de la visión sobre todo, que es lo que a mí me afecta directamente, en cuestiones de género. Laura Mulvey lo explica muy bien, Kelly toma conciencia del campo de la visión dominada por el sistema patriarcal en el que la mujer siempre es constituida en tanto que objeto por el hombre. La mirada por lo tanto es siempre vouyerística y nos convierte a las mujeres en fetiche, negándonos cierto placer y representándonos como una falta. Claramente Kelly constituye formas no icónicas por lo tanto no universales y además no representacionales, con un lenguaje sin sentido hegemónico narrativo rompiendo de tal forma la visión masculina en un intento de proporcionar otras lecturas alternativas a la representación y a la imagen visual.

Esta obra me devuelve al miedo que me produce lo no visual, la antivisualidad, que en el caso de esta obra se justifica a través de lo textual y lo inmaterial. Justo en todo eso que es invisible. Justo en esto que más vértigo me produce.
 
 

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