5.2.14

Kiss them for me


Acudí aquélla tarde a la dirección que me habías enviado y a la hora prevista. La sala estaba llena de gente. Me acerqué a la barra y pedí una cerveza tostada. Me había vestido para la ocasión. De cuero de arriba abajo. Cuero negro y apretado. Enfundada en vinilo. A penas tengo curvas pero tengo dos tetas capaces de hacer pilotar un avión. Mientras me ponían la cerveza salí a fumar un cigarro. Me apoyé en la pared y pensé en ti. Sabes que no soy de fiar pero mientras estoy en lo que estoy soy auténtica. Ese se convirtió en nuestra consigna. A ti te pasaba lo mismo solo que al principio mirabas hacia otro lado. Me he vestido de cuero porque sé que a ti te gusta el vinilo tanto como a mí tus brazos tatuados. Me había logrado perfilar de negro mucho más los ojos que de costumbre, y me había cardado el pelo para infundir cierta indiferencia. Sabes que no me gusta acicalarme y que prefiero ir casi tal cual me levanto de una cama, pero tú me impones lo suficiente como para querer no olvidarme de ningún detalle de todo lo que aquella tarde te escuché susurrarle a otra sobre una fantasía sexual con una mujer vestida de cuero rojo.

Tiré el cigarrillo al suelo. Entré de nuevo en la sala. Había muchas más chicas de las que yo imaginaba. Mirase donde mirase había una con la que podría follar. He dicho que podría, y lo he escrito bien, de hecho supongo que luego me retractaría como al principio tú hacías conmigo y luego yo contigo. Nuestro tira y afloja no ha terminado nunca sin una pelea. No sé porqué peleamos si siempre acabamos dándonos la razón e inevitablemente eso nos conduce a tu cama.

Siempre me han puesto las mujeres que saben hablar de arte y las que tocan instrumentos musicales. Todo esto es desde que pasé de las bailarinas y desde que tuve varias relaciones con una actriz de teatro que me era infiel con una mujer alistada en el ejército. No me importaba que tuviera otra relación pero sí que la “otra” fuera militar. Soy bastante simple para esto. Cuando supe que tocabas en un grupo punk, en una banda de chicas y de guitarras y que tú eras la que tocaba la batería supuse que no querrías saber nada de mí. Nada de alguien como yo sin sentido musical y que no recuerda letras de canciones en inglés. Nada de alguien como yo que sabe componer letras pero no cantarlas ni siquiera tararearlas.

La primera vez que os vi tocar vuestra música me pareció horrible. Era solo ruido. Además la letra no llegaba a mis oídos y…chica…¿que quieres que te diga? para tocar en directo hay que hacerlo en una buena sala con una acústica impoluta. Te lo he dicho mil veces. Si decidí quedarme fue porque tus brazos tatuados me hipnotizaron girando de aquélla forma eléctrica mientras aporreabas con las baquetas la batería de forma descontrolada. Me quedé prendada. No podía dejar de mirar tus brazos, tu fuerza, tu violencia airosa repleta de movimientos repetitivos. Me resultó tan erótico que apenas llegué a mi casa me masturbé con lo primero que encontré análogo a tu baqueta, la maza gimnástica, que usé en mi época universitaria y a la que desde entonces encontré utilidades.

Para el segundo de tus conciertos me recorrí unos 500 kms amarrada al volante de mi viejo Renault R8 heredado de mi abuelo, con la idea de volver a ver tus brazos tatuados en movimiento. Ese concierto fue pletórico. Salvaje. Estar lejos de casa me produce generalmente cierto éxtasis insultante. Grité, lloré, gemí, me aprendí las 43 palabras del estribillo, te las imploré, las violé, las escupí y sobre todo las memoricé.

Recuerdo cómo mientras estaba sola en la barra te acercaste a mí a pedirme un cigarrillo. Típica escusa para ligar. O típica excusa para tantearme. No solo no te di un cigarrillo sino que además te pregunté por los tuyos. Te hizo gracia. Me agarraste fuerte del hombro y me dijiste dos palabras al oído. Me puse cachonda. Calentón. Con eso sabías de mi intención. Eres lista para lo torpe que soy yo.

Afuera en la calle fumamos el cigarrillo entre risas. Esas risas tontas que solo se consiguen cuando una ha conducido 500 kms, se ha tomado 4 cervezas, se ha fumado varios cigarrillos consecutivos y tiene un calentón encima lo suficientemente potente como para aún querer estar de broma.

-          ¿Estás libre? Me preguntaste.

-          Sí, como un taxi. Le dije yo muerta de risa.

-          Donde las dan las toman. ¿sabías? Dijo ella con cierto tono de seriedad

-          Y ancha es Castilla. Le dije yo completamente benevolente.

-          Estoy en la habitación número 19, la del fondo del pasillo. Si te apetece pásate sobre las 00.50 horas. Estaré allí. Trae champán.

-          No me gusta el champán.

-          Está bien. Trae algo de alcohol. Aunque no me fio mucho de ti ni de tu gusto.

Una vez dentro de la habitación dejé la botella de vino que acababa de comprar en una gasolinera sobre una mesita de noche. En la tele sonaban los Siouxsie & the Banshees. Las paredes estaban forradas de afiches de grupos como las vulpes, the cure, joy división y depeche mode. Había varios libros apoyados en una mesita, en uno decía Nadie debería morir de Frank Slaughter, y en los siguientes Bartleby, el escribiente de Melville, Corto viaje sentimental de Italo Svevo y Contra aquéllos que nos gobiernan de Tolstói.

Una de las paredes tenía un papel ochentero como si fuera un cuadro de Manuel Barbadillo y otra de ellas estaba cubierta con terciopelo azul como si la evidencia de Lynch no fuese suficiente. La estancia pese a ser reconfortante tenía cierto aire decadente. Pensé en Lisboa.

No había notado la presencia pero estabas allí sentada en una butaca de brazos armados fumando tranquilamente y siguiéndome con la mirada. Llevabas puesta una bata de color crema, era horrible, pero tan corta que dejaba al desnudo tus piernas que cruzadas parecían estar de forma relajada.

No llevabas ropa interior.

Yo tampoco.

No nos tomamos la botella de vino. No hizo falta. Era vino del malo, del peleón.

No me desnudaste. Al menos no al principio. No hiciste ni siquiera la intención.

-          ¿Prefieres que me quede de pie? Te dije como dando a entender la sentencia en afirmativo.

-          Me es indiferente mientras abras bien las piernas. Ábrelas todo lo que puedas y sobre todo no me mires. No me mires, quiero que te quede claro.

Por supuesto que abrí todo lo que pude las piernas. Pero para hacer precisamente eso que me pedías tuve que quitarme los pantalones de cuero. Y justo era eso lo que no querías ¿no?.

-          Quiero tus baquetas-le dije

-          ¿estás segura? Me dijo de forma irónica.

-          Claro que lo estoy. Le contesté sarcásticamente mientras tiraba el pantalón contra la pared de terciopelo azul.

Que me follaras usando tus baquetas fuertemente contra mí se convirtió en una de las experiencias ¿estéticas? más imponentes de las que suelo recordar cuando lo hablo con Silvia. No solo recuerdo las baquetas, si no la fuerza de tus brazos tatuados tocando para mí en movimientos sucesivos largos y ciertamente dolorosos. Claro que me dolió. Claro que me jodió. Siempre me pasa igual. Supongo que es mi anatomía tan cultural. Claro que grité cien veces muy alto tu nombre y otras tantas palabras que se usan en códigos de comunicación extralingüísticos. No paraste de hablarme, me suplicabas algo que yo no entendía, algo que no acertaba a saber, algo que creía haber escuchado antes en una de tus canciones. Me corrí tantas veces como tres pero no fueron seguidas. Fueron muy espaciadas. Ya sé que tú puedes correrte de forma casi simultánea pero yo no. Igual tiene que ver con las baquetas. O con las mazas de gimnasia, ¿quien lo sabe? No me interesa. A veces no uso las mazas, ni pienso en baquetas no intuyas de entrada que siempre es así, a veces solo quiero frotarme y ya. Normalmente eso es para mí lo más esencial, lo más rápido y sorprendentemente lo más placentero. Te repito que soy muy simple.

Otro día, pero otro día que no estés en un hotel si no en tu casa me avisas. Tienes que estar en tu habitación. En tu propia cama y me cuentas cómo lo haces. Me explicas como te corres a chorro. Me hablas de esa glándula de anarcha y de cómo te la estimulas. Me excita que te corras encima de mí de esa forma. Sabes que no quiero ducharme después.

Es curioso que te cuente todo esto por escrito. Curioso digo porque hace años te lo hubiera cartografiado en un papel garabateado con miles de flechas, dibujos en los márgenes y símbolos de dudoso acierto colectivo. Hoy no se comunicarme de otra manera. Pero a ti eso te da igual mientras sepa componer canciones y follar con unas baquetas.

Es ya la hora y tal vez te encuentres justo ahora viajando en un vagón de tren, o mirando en tu computadora las fotografías de tu último concierto. -Que te las hagan con trípode, siempre te lo digo-. Puede que hasta estés follándote a esa que dices que ahora que te trae de cabeza. Me da igual. Espero que al menos pienses que yo un día me vestí de cuero negro sin ropa interior. Que me cardé el pelo tanto que luego estuve varios días con un aspecto muy a lo Robert Smith. Que recorrí 500 kms parando a repostar al menos unas cuatro veces y que te pedí que me follaras usando tus brazos tatuados mientras los Siouxsie & the Banshees cantaban de fondo Kiss them for me.
 
 

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