19.5.14

Arquivoltas para una bailarina sin contrafuertes.


Todas las noches me lleno los bolsillos de arena. Eso me supone un peso adicional con el que no estoy dispuesta a negociar. Unas horas antes de irme a dormir lleno el pasillo hacia la habitación roja de obstáculos pequeños que me dificultan caminar, además me tengo dicho que debo recorrerlo con la luz apagada.

Leo todas las mañanas en un prospecto que me recetó un médico al que jamás he ido, que todos los efectos secundarios son parte de una herencia ilusoria que me ha dejado mi madre.

Camino descalza sobre trocitos de cristales rotos del botellín de mi última cerveza, la que me bebí cuando ya era demasiado tarde para dejar de beber. La que me dijiste que no bebiera.

A veces lloro si he bebido demasiado. A veces también río pero todo lo que río luego lo lloro. Y tú no te sientes cómoda ni con lo uno, ni con lo otro. Yo sí porque al día siguiente apenas te hablo.

Si he de elegir ten por seguro que pese a tu recomendación me sentaré en la silla más dura, y en la que no tenga respaldo. Ten por seguro que me ducharé con agua fría y luego saldré a asomarme a la ventana hasta que mi piel se ponga azulada.

He seguido tanta veces todos tus mandatos tan al pie de la letra, que creo que el laberinto no es un castigo sino una posibilidad real de emancipación segura.

Sabes perfectamente que tomaré el camino más complicado para volver a casa. No me gustan las líneas rectas si no las sinuosas y esas en que las curvas son más proclives a desanimarte que a seguir pisoteándolas. Odio los mapas porque no sé en qué orientación situarme.

Me despisto en una habitación cuadrada vacía por completo.

Una vez quise ser actriz de teatro. Otra vez intenté ser pintora a domicilio. En tres ocasiones he sido fotógrafa profesional. Y de haber llevado a cabo esa idea que tuve durante 5 años consecutivos hubiese sido bailarina. No he intentado por todos los medios ser video creadora. Y no lo soy porque no me siento en una silla con respaldo. Y no lo soy porque ando sobre cristales. Y no lo soy porque huyo de mi misma y en ese huir salgo sin ropa, tan sólo con un sombrero de ala ancha, y en el día más frío de todos.

Quise ser actriz de teatro durante muchos años. Luego se me pasó y me enamoré de los brazos de Vinila Von Bismark en uno de sus conciertos. Entonces quise ser actriz de burlesque y cabaret. Solo para vestirme de cuero negro los días pares y de cuero rojo los impares y tatuarme los brazos de arriba abajo de imágenes en color y citas numeradas. Pero no soy constante y a veces no me gusta el cuero negro, ni el rojo, y si tuviera algún tatuaje se que por principio personal querría destruirlos constantemente por eso no tengo ninguno. Y no es por falta de ganas sino por desatino.

De haber tenido agallas hubiera sido stripper. Ahora sé que ya nunca lo seré.

Una stripper que actuaría solo en locales sin entrada para público hetero.

Pero preferí poner mis propias reglas al juego. Y preferí llenarme los bolsillos de arena, el pasillo de obstáculos, llenar el camino de cuestecitas, y sentarme en sillas sin respaldo y poco cómodas. Preferí nunca hacer un curso de natación.

Todas las noches me lleno los bolsillos de arena y por la mañana la esparzo para volver a recogerla por la noche. Siempre me obsesionaron de forma compulsiva las historias mitológicas de castigos eternos.

 

Pero para esta noche tengo un plan.

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