10.7.14

3 microrrelatos sobre vestuarios


1

Aproveché que estaba sola para ducharme. En el colegio casi nunca lo solía hacer. Nunca me esforzaba por lo tanto nunca sudaba lo suficiente. Normalmente esperaba llegar a casa para ducharme. Pero ese día decidí lavarme en las duchas de los vestuarios. Estaba en el último curso de lo que era educación general obligatoria. Tenía la regla. Me había bajado esa misma mañana. Me gustaba mirar la sangre en el suelo de la ducha. Una sangre aguada, clara, limpia, de un hermoso color rojo. La sangre menstrual me resbalaba por la pierna izquierda a modo de herida. Corría muy rápido por mi muslo, por mi rodilla hasta convertirse en gotitas que caían hasta el suelo blanco del piso de ducha. Yo miraba al suelo, miraba a la sangre cómo golpeaba cerca de mi dedo gordo del pie izquierdo. No sabía que ella estaba allí. Mi compañera T. acababa de entrar en el vestuario y se dirigía a las duchas donde yo estaba. Sin darme tiempo a reaccionar me la encontré de frente. T. solo vio la sangre. T. solo se fijo en que me sangraba una pierna y que la sangre recorría el suelo. T. gritó. Gritó mucho y muy fuerte. T. enloqueció y se quedó primero quieta del horror y luego sin decirme una sola palabra salió gritando enloquecida de allí. A los pocos minutos mientras me secaba con una toalla blanca manchada con algunas gotitas de sangre llegó T. con Sor Ana. Cinco minutos más tarde estaba completamente vestida y sentada en el despacho de Sor Ana.

  • Eres ya muy mayor para saber que una señorita no debe ducharse los días en los que está mala, vamos, ya sabes lo que quiero decir, con el período. O si lo haces deberías hacerlo en casa y evitar que otras compañeras que aún no tienen el período lo vean. Lo mejor es que respetes esos días y no te duches. No avergüences al resto. Dile a tu madre que venga a hablar conmigo por favor. ¿me estás escuchando?

Me levanté en silencio. Tomé la mochila. Guardé un libro y cerré la cremallera. Me coloqué el flequillo de un golpe de viento a modo de silbido hacia arriba y salí de la habitación. Caminé hacia casa y me compré un helado de sabor chocolate para saborearlo en el banco de debajo de casa.

 

2.

Como nunca he hecho deporte. Bueno deporte en serio. Deporte de ese de sudar y sentirte cansada y en forma pues no he solido habitar vestuarios. De ahí que mis fantasías sexuales más primigenias rebroten en estas habitaciones húmedas. En aquél viaje, sin embargo, tras más de 15 días fuera de casa recorriendo de cabo a cabo Alemania y durmiendo en albergues no tuve más remedio que madrugar de forma exagerada para no ducharme de manera colectiva. Una no está preparada para ducharse así. Yo concibo la ducha en solitario o en pareja y no siempre esto último. Me gusta bañarme en pareja que no ducharme. Que son cosas distintas y placeres diversos.  La primera mañana bajé después de tomarme el desayuno a las duchas. Para mi sorpresa, que no sé muy bien si esperaba que un albergue como ese fuese un hotel de 4 estrellas, me encontré con una sala más o menos cuadrada de color blanco impoluto y unas 12 duchas fijas sin mamparas,  ni cortinillas ni ningún otro artilugio que propagase la intimidad entre las que allí estaban. Me asusté tremendamente. Hacía años que no tenía esa sensación. Me refiero a la sensación de “Oh, diosa mía, son tías, están en pelotas y no puedo quitar los ojos de sus tetas” “Oh, diosa mía, se van a dar cuenta que les estoy mirando las tetas y que me gustan y que soy bollera y se van a sentir incómodas y yo también y bla, bla, bla”. “Oh, diosa mía, mira cómo se enjabona ésa las tetas  y cómo le botan cuándo se agita con el agua”. Y así es, tal cual. Entré en pánico. Y me quedé allí mirando entre aturdida el paraíso de aquéllas felices mujeres, sin darme cuenta que, todas poco a poco me estaban mirando. Me puse roja pero tanto como si me fuese a explotar la cara, y atisbé como una de ellas le dijo algo a otra en un idioma incompresible, presuntamente supongo alemán, y yo que tengo dos zapatillas por orejas me hice la sueca en vistas de no haber entendido nada, de no saber qué hacer y en pensar a la vez cómo dejar de mirarles las tetas. Me di vuelta atrás y salí de la zona de las duchas a bastante velocidad, como si estuviese enfadada.  Me sentía una estúpida. Una engreída y una idiota. Había perdido mi oportunidad de ducharme. Mi ducha de por la mañana se había disipado por mi boludismo.

Al día siguiente y el resto de los días que duró ese viaje me levantaba muy temprano. Me fastidia madrugar y  más en vacaciones pero a las 5.45 sonaba mi despertador. Cuando algo me importa es que me importa de verdad. Y yo soy cabezota de estirpe. Bajaba a la ducha, me duchaba sola e intranquila mirando a la puerta por si una de esas europeas tempranas que amanecen tan pronto irrumpía en aquél lugar y yo tendría, entonces, que ducharme de cara a la pared, con los ojos cerrados y frotándome de forma tímida.

 

3.

Tenía el pelo enjabonado y los ojos cerrados. Si tengo jabón en el pelo no puedo abrir los ojos. Así que mientras trataba de palpar a ciegas el mando del grifo acaricié piel humana o al menos eso me pareció a mí.

  • Quieres que te ayude a quitarte el jabón del pelo- dijo una voz muy cerca de mí
  • No hace falta puedo sola- mientras se me adivinaba una media sonrisa en los labios
  • Uuuuh no me fío mucho de una chica a la que le sale solo un hoyuelo en las mejillas

Y mientras me aclaraba con agua caliente y me caía el jabón por la espalda ella se acercó por detrás y me besó con cierta suavidad el hombro derecho. Yo me puse tensa y comencé a sentir los latidos del corazón muy fuerte contra mi pecho. No puede ser, pensaba, no puede ser. Cuando pude abrir los ojos la vi. El resto de chicas seguían en sus duchas pero a ella la tenía allí besándome los hombros. Ya me había fijado en ella al entrar y me parecía muy atractiva. Una siempre tiene ciertas fantasías eróticas en los vestuarios y resulta que ella estaba allí proponiéndome aún no sé muy bien qué. O eso quería yo.

  • Si esperas unos minutos el resto se irá y nos quedaremos solas. Es así todos los días
  • Ah, y todos los días te follas a una o es una improvisación sin más-y me quedé con mi sonrisa de único hoyuelo.
  • Me gustan las tías que vais de duras así como intimidando, me mola eso de que construyáis un personaje, alguien que no eres tú. Y…

Sin mediar más palabras me empujó hacia la pared. Yo perdí un poco el equilibrio pero me enderecé rápidamente. Cuando mi espalda tocó azulejo me quedé atrapada entre sus brazos.

Quiero que vayas al grano le dije. Quiero que seas rápida y no te entretengas en caricias que no me aportan en este momento,  vete directa. Le pasé mi bote de gel cerrado y le pedí que me lo introdujera con soltura y sin pararse.

Con tanta recomendación ella parecía algo asustada pero decididamente no esperó ni un segundo a tomar impulso. Abrió el grifo de la ducha y el agua comenzó a caer de nuevo sobre nuestros cuerpos. A decir verdad me cuesta muchísimo correrme de pie pero en aquélla ducha, con aquélla mujer con gotitas de agua en su piel, con olor a champú de mandarina, con mi bote de gel entre sus manos abriéndose paso de forma violenta entrando en mi coño, me corrí de forma tan intensa que volví a clavarme las uñas en las palmas de las manos, con una fuerza tan inmensa, que me brotaron pequeñas puntos de sangre que no llegaron a traspasarme la piel.

Después me puse una toalla, unas chanclas en los pies, me peiné el pelo hacia atrás con cierto aire chulesco y me coloqué un pitillo en la boca mientras lo encendía le escribí en el espejo empañado mi número de móvil. Me llamó en tres ocasiones y en semana distintas. Nunca le cogí la llamada. Es lo que tenemos las tías que vamos de duras.

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