22.2.14

Es una orden. Toda la historia debe ser revisada.


“Nosotras [las lesbianas] somos esclavas fugitivias (…) desertoras de nuestra clase” (No se nace mujer).

 Cuando se lee a Wittig debe tenerse siempre esto en cuenta.

 

Con la frase “las lesbianas no son mujeres” Monique Wittig ponía en cuestión a finales de los años 70 un punto fundamental que el feminismo nunca había criticado: la heterosexualidad. No ya concebida como sexualidad, sino como un régimen político.
Las categorías de “hombres” y  “mujeres” no habían sido cuestionadas. La existencia de lesbianas cobra todo su sentido, porque si esas categorías no pueden existir la una sin la otra, y si las lesbianas existen sólo por y para las “mujeres”, entonces debe haber una falla en este sistema conceptual.
..la heterosexualidad sólo puede garantizar su poder político destruyendo o negando el lesbianismo..
La existencia de comunidades lesbianas es estratégicamente necesaria. Pero si no están ubicadas en el contexto de un movimiento político que busque abolir el sistema heterosexual, su significado es totalmente diferente.
Este texto plantea la heterosexualidad como una institución política dentro del sistema patriarcal.
Tomado del prólogo escrito por Louise Turcotte en el libro El pensamiento heterosexual y otros ensayos de Monique Wittig. Empiezo a leerlo otra vez para tenerlo bien fresquito antes de sumergirme por primera vez en los seis trabajos reunidos en el libro Las lesbianas (no) somos mujeres una edición de Beatriz Suárez Briones  que plantea reflexiones críticas sobre las cuestiones más incisivas de Wittig.
 

 
No encuentro nada más estimulante que comenzar una nueva lectura sobre bolleras
 

 

8.2.14

Así sabrás que la rosa es rosa por bella y no porque en ella respire una flor. (Aute)

Estoy inmersa en un enrevesado trabajo personal sobre la invisibilidad como un campo discursivo de actuación de las resistencias del olvido. Y de cómo media la paciencia de los impacientes y las percepciones de quienes observan.
Lo invisible. La invisibilidad. Lo oculto. Lo imposible. Lo desapercibido. La ceguera. El olvido. La memoria y el archivo.

Enseñar es imposible decía E. Ellsworth en relación a que no aprendemos lo que supuestamente nos enseñan sino que aprendemos de lo que lxs profesorxs, la gente, el entorno olvida(n) y de lo que constituye nuestro subconsciente, nuestro imaginario tanto individual como colectivo. Aprendemos de todo lo que se nos oculta de forma intencionada o no y de todo lo invisible.

 
Esto me fascina.



Lo no percibido, lo apenas perceptible, lo imperceptible, las discapacidades del ojo, lo háptico, lo audible, el camuflaje, el velo, el maquillaje, lo mínimo, lo infravisible, lo infravalorado, lo abyecto, lo desagradable, lo que no es pero es, y utilizando el término de Derrida, lo visible in-visible.  La modernidad privilegió el régimen de la visualidad como el eje central de su hegemonía universal. La vista como el sentido privilegiado del siglo XX. Y los señores como dueños de esa visión. Un privilegio puesto en cuestión a finales del mismo siglo a través de la desconfianza, de la sospecha, de las feministas, de la idea de mirar con recelo. Esto se deriva de ciertas situaciones, algunas tan insostenibles como inviables, generadas en contextos cambiantes, macronarrativas del primer mundo,  políticas terroristas,  llamaradas sociales,  contestaciones cruciales y sociedad cambiantes. Todo es una gran mentira. Un gran espectáculo como diría Debord. Vivimos y existimos con angustias autoimpuestas, con la depravación de la política del engaño y la manipulación de los medios del poder. Si seguimos a Foucault esto nos llevaría a lo que él llama el archivo visual de la modernidad. Y aquí me detengo para tomar aire.

Walter Benjamin hablaba del inconsciente óptico y de cómo la fotografía hizo ver al ojo cosas que jamás habían sido observadas. Las histéricas de Charcot no eran más que un cliché fotografíado de ellas mismas, una forma más de anexionar la histeria a un medio de expresión artístico escribía Didi-Huberman. Al fin y al cabo, Huberman dice que la expectación, como metodología terapéutica, es la sospecha de una historia, incluso de un destino, hecho arte de la descripción. La histeria se convirtió según quien observaba en una cuestión del arte. Revisen si no a los surrealistas en su “Cincuentenario de la Histeria”.

La gran mayor parte de las obras de la artista Mary Kelly son un buen ejemplo del pensamiento antivisual, de la crisis de la verdad visual, de las resistencias de lo real y lo bueno, de la confrontación de lo que siempre se ve y lo ven además, curiosamente, siempre los mismos. Su obra es una evidencia valga la redundancia al punto ciego de la mirada. Un poco de ese efecto retrovisor en el que siempre hay un punto que no eres capaz de captar. Con esto estoy diciendo que la vista ya no es suficiente como sí que lo era en la modernidad. El ojo es manipulado cada día. Y no se trata de un ojo abstracto,  oigan, se trata de nuestro ojo, que no de nuestros ojos. Es esa idea de que el ojo puede ver sin ver “realmente”. Esto viene a ser ese aprendizaje naturalizado que es absorbido directamente por la Hegemonía en un frenesí imperioso de vivir dentro en el marco institucional de una historia occidental y neutral, con sujetos ya prefigurados y naturalmente sin fisuras, ¿no? Siempre se trata de un poco de esto.

Por eso la obra de Mary Kelly salta desde un trampolín al vacío de nuestra visión pasiva y dirigida de la “realidad” Su obra Balada de Kastriot Rexhepi (2001) es una instalación narrativa en 49 paneles de 63 metros de longitud. Fue expuesta en España en 2006 en el Espacio AV de Murcia. Me interesa porque justamente habla de la antivisualidad y la desmaterialización. Me interesa porque yo vivo en lo visual y en lo matérico.

De esta obra lo que me incumbe es que la artista no relata las bestialidades de la guerra, como parece hacernos creer,  sino más bien nos señala la condición del visitante que es el sujeto que observa. Que es quienes somos cuándo vemos la invisibilidad de lo que parece visible. Es decir, que nos muestra a nosotrxs mismxs, en efecto espejo, cuales son las reacciones posibles que tendemos a tener ante los acontecimientos que nos son dados a ver de forma visible. Podemos estar entonces  hablando de un posible trauma en el ojo observador. Evidentemente si es así es a nosotrxs a quienes hace referencia la obra. No a la historia, no la guerra, ni a Kastriot, sino al cómo se cuenta y cómo esta es recibida.

Mary Kelly seguía la idea de Freud de que el trauma no es producido por el acontecimiento real sino por su efecto posterior afirmando me puse a reflexionar sobre el impacto que tienen las atrocidades aunque sean percibidas de segunda mano y a través de los medios, en la manera en que inducen a diferentes tipos de identificación con la víctima. No estoy segura de si son histéricos o megalómanos, pero los efectos traumáticos de estas representaciones y el modo en que se filtran en la vida cotidiana son innegables.

La instalación va acompañada de una de una composición musical de M. Nyman y la voz de la soprano S. Leonard. La obra se compone por lo tanto de texto, música y elementos narrativos. La obra de Kelly es sin duda un texto poético inspirado en formas literarias autóctonas que apela a un sujeto traumatizadx por el privilegio de la visión sobre todo, que es lo que a mí me afecta directamente, en cuestiones de género. Laura Mulvey lo explica muy bien, Kelly toma conciencia del campo de la visión dominada por el sistema patriarcal en el que la mujer siempre es constituida en tanto que objeto por el hombre. La mirada por lo tanto es siempre vouyerística y nos convierte a las mujeres en fetiche, negándonos cierto placer y representándonos como una falta. Claramente Kelly constituye formas no icónicas por lo tanto no universales y además no representacionales, con un lenguaje sin sentido hegemónico narrativo rompiendo de tal forma la visión masculina en un intento de proporcionar otras lecturas alternativas a la representación y a la imagen visual.

Esta obra me devuelve al miedo que me produce lo no visual, la antivisualidad, que en el caso de esta obra se justifica a través de lo textual y lo inmaterial. Justo en todo eso que es invisible. Justo en esto que más vértigo me produce.
 
 

5.2.14

Kiss them for me


Acudí aquélla tarde a la dirección que me habías enviado y a la hora prevista. La sala estaba llena de gente. Me acerqué a la barra y pedí una cerveza tostada. Me había vestido para la ocasión. De cuero de arriba abajo. Cuero negro y apretado. Enfundada en vinilo. A penas tengo curvas pero tengo dos tetas capaces de hacer pilotar un avión. Mientras me ponían la cerveza salí a fumar un cigarro. Me apoyé en la pared y pensé en ti. Sabes que no soy de fiar pero mientras estoy en lo que estoy soy auténtica. Ese se convirtió en nuestra consigna. A ti te pasaba lo mismo solo que al principio mirabas hacia otro lado. Me he vestido de cuero porque sé que a ti te gusta el vinilo tanto como a mí tus brazos tatuados. Me había logrado perfilar de negro mucho más los ojos que de costumbre, y me había cardado el pelo para infundir cierta indiferencia. Sabes que no me gusta acicalarme y que prefiero ir casi tal cual me levanto de una cama, pero tú me impones lo suficiente como para querer no olvidarme de ningún detalle de todo lo que aquella tarde te escuché susurrarle a otra sobre una fantasía sexual con una mujer vestida de cuero rojo.

Tiré el cigarrillo al suelo. Entré de nuevo en la sala. Había muchas más chicas de las que yo imaginaba. Mirase donde mirase había una con la que podría follar. He dicho que podría, y lo he escrito bien, de hecho supongo que luego me retractaría como al principio tú hacías conmigo y luego yo contigo. Nuestro tira y afloja no ha terminado nunca sin una pelea. No sé porqué peleamos si siempre acabamos dándonos la razón e inevitablemente eso nos conduce a tu cama.

Siempre me han puesto las mujeres que saben hablar de arte y las que tocan instrumentos musicales. Todo esto es desde que pasé de las bailarinas y desde que tuve varias relaciones con una actriz de teatro que me era infiel con una mujer alistada en el ejército. No me importaba que tuviera otra relación pero sí que la “otra” fuera militar. Soy bastante simple para esto. Cuando supe que tocabas en un grupo punk, en una banda de chicas y de guitarras y que tú eras la que tocaba la batería supuse que no querrías saber nada de mí. Nada de alguien como yo sin sentido musical y que no recuerda letras de canciones en inglés. Nada de alguien como yo que sabe componer letras pero no cantarlas ni siquiera tararearlas.

La primera vez que os vi tocar vuestra música me pareció horrible. Era solo ruido. Además la letra no llegaba a mis oídos y…chica…¿que quieres que te diga? para tocar en directo hay que hacerlo en una buena sala con una acústica impoluta. Te lo he dicho mil veces. Si decidí quedarme fue porque tus brazos tatuados me hipnotizaron girando de aquélla forma eléctrica mientras aporreabas con las baquetas la batería de forma descontrolada. Me quedé prendada. No podía dejar de mirar tus brazos, tu fuerza, tu violencia airosa repleta de movimientos repetitivos. Me resultó tan erótico que apenas llegué a mi casa me masturbé con lo primero que encontré análogo a tu baqueta, la maza gimnástica, que usé en mi época universitaria y a la que desde entonces encontré utilidades.

Para el segundo de tus conciertos me recorrí unos 500 kms amarrada al volante de mi viejo Renault R8 heredado de mi abuelo, con la idea de volver a ver tus brazos tatuados en movimiento. Ese concierto fue pletórico. Salvaje. Estar lejos de casa me produce generalmente cierto éxtasis insultante. Grité, lloré, gemí, me aprendí las 43 palabras del estribillo, te las imploré, las violé, las escupí y sobre todo las memoricé.

Recuerdo cómo mientras estaba sola en la barra te acercaste a mí a pedirme un cigarrillo. Típica escusa para ligar. O típica excusa para tantearme. No solo no te di un cigarrillo sino que además te pregunté por los tuyos. Te hizo gracia. Me agarraste fuerte del hombro y me dijiste dos palabras al oído. Me puse cachonda. Calentón. Con eso sabías de mi intención. Eres lista para lo torpe que soy yo.

Afuera en la calle fumamos el cigarrillo entre risas. Esas risas tontas que solo se consiguen cuando una ha conducido 500 kms, se ha tomado 4 cervezas, se ha fumado varios cigarrillos consecutivos y tiene un calentón encima lo suficientemente potente como para aún querer estar de broma.

-          ¿Estás libre? Me preguntaste.

-          Sí, como un taxi. Le dije yo muerta de risa.

-          Donde las dan las toman. ¿sabías? Dijo ella con cierto tono de seriedad

-          Y ancha es Castilla. Le dije yo completamente benevolente.

-          Estoy en la habitación número 19, la del fondo del pasillo. Si te apetece pásate sobre las 00.50 horas. Estaré allí. Trae champán.

-          No me gusta el champán.

-          Está bien. Trae algo de alcohol. Aunque no me fio mucho de ti ni de tu gusto.

Una vez dentro de la habitación dejé la botella de vino que acababa de comprar en una gasolinera sobre una mesita de noche. En la tele sonaban los Siouxsie & the Banshees. Las paredes estaban forradas de afiches de grupos como las vulpes, the cure, joy división y depeche mode. Había varios libros apoyados en una mesita, en uno decía Nadie debería morir de Frank Slaughter, y en los siguientes Bartleby, el escribiente de Melville, Corto viaje sentimental de Italo Svevo y Contra aquéllos que nos gobiernan de Tolstói.

Una de las paredes tenía un papel ochentero como si fuera un cuadro de Manuel Barbadillo y otra de ellas estaba cubierta con terciopelo azul como si la evidencia de Lynch no fuese suficiente. La estancia pese a ser reconfortante tenía cierto aire decadente. Pensé en Lisboa.

No había notado la presencia pero estabas allí sentada en una butaca de brazos armados fumando tranquilamente y siguiéndome con la mirada. Llevabas puesta una bata de color crema, era horrible, pero tan corta que dejaba al desnudo tus piernas que cruzadas parecían estar de forma relajada.

No llevabas ropa interior.

Yo tampoco.

No nos tomamos la botella de vino. No hizo falta. Era vino del malo, del peleón.

No me desnudaste. Al menos no al principio. No hiciste ni siquiera la intención.

-          ¿Prefieres que me quede de pie? Te dije como dando a entender la sentencia en afirmativo.

-          Me es indiferente mientras abras bien las piernas. Ábrelas todo lo que puedas y sobre todo no me mires. No me mires, quiero que te quede claro.

Por supuesto que abrí todo lo que pude las piernas. Pero para hacer precisamente eso que me pedías tuve que quitarme los pantalones de cuero. Y justo era eso lo que no querías ¿no?.

-          Quiero tus baquetas-le dije

-          ¿estás segura? Me dijo de forma irónica.

-          Claro que lo estoy. Le contesté sarcásticamente mientras tiraba el pantalón contra la pared de terciopelo azul.

Que me follaras usando tus baquetas fuertemente contra mí se convirtió en una de las experiencias ¿estéticas? más imponentes de las que suelo recordar cuando lo hablo con Silvia. No solo recuerdo las baquetas, si no la fuerza de tus brazos tatuados tocando para mí en movimientos sucesivos largos y ciertamente dolorosos. Claro que me dolió. Claro que me jodió. Siempre me pasa igual. Supongo que es mi anatomía tan cultural. Claro que grité cien veces muy alto tu nombre y otras tantas palabras que se usan en códigos de comunicación extralingüísticos. No paraste de hablarme, me suplicabas algo que yo no entendía, algo que no acertaba a saber, algo que creía haber escuchado antes en una de tus canciones. Me corrí tantas veces como tres pero no fueron seguidas. Fueron muy espaciadas. Ya sé que tú puedes correrte de forma casi simultánea pero yo no. Igual tiene que ver con las baquetas. O con las mazas de gimnasia, ¿quien lo sabe? No me interesa. A veces no uso las mazas, ni pienso en baquetas no intuyas de entrada que siempre es así, a veces solo quiero frotarme y ya. Normalmente eso es para mí lo más esencial, lo más rápido y sorprendentemente lo más placentero. Te repito que soy muy simple.

Otro día, pero otro día que no estés en un hotel si no en tu casa me avisas. Tienes que estar en tu habitación. En tu propia cama y me cuentas cómo lo haces. Me explicas como te corres a chorro. Me hablas de esa glándula de anarcha y de cómo te la estimulas. Me excita que te corras encima de mí de esa forma. Sabes que no quiero ducharme después.

Es curioso que te cuente todo esto por escrito. Curioso digo porque hace años te lo hubiera cartografiado en un papel garabateado con miles de flechas, dibujos en los márgenes y símbolos de dudoso acierto colectivo. Hoy no se comunicarme de otra manera. Pero a ti eso te da igual mientras sepa componer canciones y follar con unas baquetas.

Es ya la hora y tal vez te encuentres justo ahora viajando en un vagón de tren, o mirando en tu computadora las fotografías de tu último concierto. -Que te las hagan con trípode, siempre te lo digo-. Puede que hasta estés follándote a esa que dices que ahora que te trae de cabeza. Me da igual. Espero que al menos pienses que yo un día me vestí de cuero negro sin ropa interior. Que me cardé el pelo tanto que luego estuve varios días con un aspecto muy a lo Robert Smith. Que recorrí 500 kms parando a repostar al menos unas cuatro veces y que te pedí que me follaras usando tus brazos tatuados mientras los Siouxsie & the Banshees cantaban de fondo Kiss them for me.