18.8.14

Crisálida. El mediodía de mi primera versión.


Usted dirá me dijo la taxista.

Amarte, le dije yo sin pestañear.


Tengo ganas de gritar. Quiero mover las manos pero las siento atadas. Estoy amordazada. Extendida en una camilla. No tengo ropa. Ni siquiera me han echado una sábana por encima. Mis brazos están completamente extendidos formando una línea recta. En uno de ellos hay un contador de pulsaciones y en el otro un suero intravenoso. El techo que estoy mirando está pintando dentro de una gama cálida pero no acierto a ver el tono. No tengo las gafas. Me han quitado las lentillas. Lo que sí que creo es que ha sido recientemente pintado. No es luminoso. Me siento sin fuerzas y aún así tengo ganas de gritar. Se me escapan las lágrimas. Es rabia, rabia acumulada. Me lo advirtieron muy severamente pero yo no puedo abandonar así la tensión. Tampoco puedo mover hacia adelante la cabeza tengo un hierro cerca de la frente que está oprimiendo el cráneo y me impiden saber si hay cerca una ventana. Solo puedo mirar y con limitación a los lados. Tengo frío. Seguro que tienen puesto el aire acondicionado. Se me ha adormecido la pierna derecha y dibujo círculos invisibles con el pie izquierdo para que no se paralice. Odio sentir ese entumecimiento y esa sensación cómo de tener bolitas dentro cuándo lo muevo. No sé donde estoy. Tengo sed. Me han implantado una placa metálica en la cabeza, en el lado izquierdo. Esto no lo sé, solo lo intuyo, me han anestesiado. Me dijeron que contara hasta diez al revés. Me llevaron allí a la fuerza. De una máquina con pantalla de plasma sale una voz robótica que lee en alto varios códigos numéricos que yo no puedo interpretar. Pienso en Fibonacci. Cada vez que de esa máquina sale esa voz se me erizan los pelos y me recorre un sudor frío por todo el cuerpo. Se me arquea la espalda. Mis niveles de ansiedad son autoevaluados en una placa electromagnética. Cada cierto tiempo por el techo en calibri 231 me pasan imágenes de cuatro palabras escritas: Sí, dual, de rodillas, descongelar. Me rayo cada vez que las escucho. Me hacen enloquecer los sonidos repetitivos y las palabras repetidas constantemente. Cerca de mí hay una mesita con cuatro compresas manchadas de sangre. La sangre aún es rojiza, está fresca. Al lado de las compresas hay dos tubos de silicona negra con forma de dildo. Demasiado grandes. Me pregunto si me han hecho un tacto vaginal y otro rectal y si ahora mismo dentro de mi colon o de mi vagina se alberga algo que desconozco completamente. Algo minúsculo y viscoso, algo que yo descontrole totalmente. Qué me lo quiten ahora, que me lo arranquen. Contraigo los músculos de la vagina una y otra vez, una y otra vez. No siento nada. Es lo que más me preocupa. No siento dolor, ni irritación, ni escozor, ni molestia. Y eso me está volviendo totalmente loca. Deduzco. Creo que ya soy inmune. Lo que más me aterraba. Y así cumplí los 37. Dentro de la mentira. En la gran mentira.

Qué ves cuándo me miras. Qué ves cuándo cierras los ojos

Ven, acércate a mí despacio y cuéntame en bajito, por favor, otra vez más esa historia de doris lessing, la grieta, esa historia de mujeres que vivían en las rocas, que se fecundaban solas, sin necesidad de varones.



Marina Núñez. Serie ciencia ficción 2010


Mutación identitaria. Preocupación excesiva. Máquina. Autocontrol. Depresión. Ansiedad. Agobio. Tecnología. Fábula. Mitología. Inmsonio. Mujer. Mujer-es. Es-mujer.


Prefiero ser una ciborg que una diosa.

Donna Haraway