27.12.14

pastels&neons


Ella era rusa y viajaba en mi mismo vagón. Yo viajaba sola y estaba en el vagón de la rusa. Era un vagón cerrado de esos trenes viejos que parten desde el nocturno Madrid a Lisboa. Ella no hablaba inglés, yo tampoco. Pese a haber cuatro espacios para sentarse en el vagón nosotras estábamos sentadas una enfrente de la otra. Nuestras rodillas se rozaban y estaban armónicamente colocadas de tal forma que las cuatro rodillas se tocaban. Nos mirábamos fijamente a los ojos. Sus ojos eran divinos. De esos ojos que cuando más miras más quieres ver. No hablo inglés me había susurrado cinco minutos antes. Yo tampoco le dije en forma de susurro.

Sus manos eran grandes y sus dedos largos. Tenía las uñas pintadas de un rojo pantone poppy red número 17-1664. Al lado de mis manos cortas y de dedos torcidos las suyas eran mínimo manos de violinista. En mi casa siempre se ha dicho que las manos largas y cuidadas son manos de violinista. Yo nunca he tocado el violín aunque a veces pienso que si lo hubiera hecho ¿qué hubiera ocurrido con mis dedos torcidos?

Mientras continuábamos mirándonos fijamente a los ojos entendí, a partir de una pequeña señal con uno de sus ojos, algo así parecido a un guiño, que le tocase la mano. Al principio me puse muy nerviosa, el corazón me iba a mil y de repente me sobrevino ese calor y ese sudor a las manos que normalmente me aparecen cuando me pongo cardiaca. Aún así le puse mi mano izquierda sobre su mano derecha. Ella sonrío y no pareció importarle.

Al instante ella tomó su smartphone y a través de una aplicación importantísima para traducir idiomas susurró algo en ruso. Al momento una voz surgió de ese aparato que me decía con delirio robótico Tus labios son tan rosas que parecen pintados. Inmediatamente me puse roja del pudor y continué como que no me importaba. Pero dentro de mí había empezado algo a palpitar de forma muy contundente. Rápidamente pensé en qué se podía responder a algo así. Le tomé prestado su móvil y en esa misma aplicación susurré No están pintados es improvisación. Ahora era ella la que parecía ruborizada.

Me estoy escapando hacia Lisboa, allí me esperan un par de amigas, aunque si soy sincera estoy bastante preocupada me espetó su smartphone, después de que yo la hubiese visto cómo le hablaba en su idioma, que ya de por sí me parecía algo altamente alarmante. ¿Qué se supone que tenía que hacer yo? ¿qué le podría decir? Solo se me ocurrió levantarme y sentarme a su lado, en el otro espacio del vagón que quedaba a su lado izquierdo. ¿Sabes?, no me gusta viajar sentada en dirección opuesta, espero que no te moleste que me ponga ahora aquí. Fiándome de que aquélla máquina y de que aquélla voz dijese tal cual lo que yo le había gritado al aparato, decidí por una vez escapar de mi arraigada timidez y plantarle cara a aquella situación que empezaba a escapárseme de las manos. Total el vagón estaba cerrado y nadie nos veía.

Volví a colocarle mi mano sobre la suya y nuestros ojos volvieron a encontrarse de forma rítmica. Nos mirábamos como si de un plano fijo se tratase, constante y casi sin pestañear. Me recordaba a esas imágenes en color sepia que recuerdan los pasados tal y como luego eres incapaz de revivir. Yo quería preguntarle un montón de cosas pero no era la situación ni el momento, hablarle a una máquina en forma de traducción me hacía sentir más ridícula que de costumbre. Así que permanecimos unos minutos más en silencio y mirándonos. La rusa y yo sentadas allí en ese vagón me recordaba a una obra de la artista Vanessa Beecroft. Una obra que además había visto en una galería curiosamente en San Petersburgo dos años atrás.

Éramos como dos maniquíes a punto de tener sexo.

Yo estaba empezando a sentirme excitada y candorosamente mojada. Y sentirse excitada y mojada en un tren me convierte en un ser violentamente irascible. Así que de forma muy consciente mi mano se fue hacia su pelo. Su pelo era largo y liso y daba la sensación de no haber sido peinado. Ella prácticamente no se inmutó. Yo sabía que estaba disimulando cómo yo también lo hacía. Y estoy segura que al igual que yo, le daba pudor, volverle a hablar a una máquina para decirme algo. Tal vez no querría que parase así que continué. Al momento su mano también estaba en mi pelo que al igual que el suyo estaba también despeinado. Y sin más previo aviso estábamos allí en un vagón, sentadas una al lado de la otra, incomunicadas pero acariciándonos de forma muy pasiva y muy lenta.

Mi sorpresa se tornó mayúscula cuando tomó una de mis manos y se la llevó a sus labios. Yo en esos momentos experimenté una alucinación parcial, un remolino de pensamientos sucios y decrépitos en los que solo imaginaba dos desenlaces.

Me puse tan nerviosa que de haber hablado solo hubiese tartamudeado, así que estaba bien cómo se estaban desarrollando las audacias de acercamiento en aquél tren nocturno en el vagón número 43 lado oeste.

Sin haberlo planeado mi mano bajó hacia su blusa y le desabrochó cuatro botones de golpe. Soy ínfimamente patosa hasta para eso. Ella ni se inmutó, simplemente continuaba mirándome mientras pasaba su lengua puntiaguda por mis dedos torcidos.

Soy psicóloga me espetó poniéndome de pronto su smarthphone en mi oreja. Debo reconocer que eso me impresionó altamente y me borró de un plumazo el calentón que tenía. Pero mientras retrocedía me fijé en esos cuatro botones desabrochados y en el pecho que se entreveía a partir de un sujetador de cuero negro.

Oh diosa mía, pensé, cuero negro, cuero negro, cuero negro.

Mi ritmo cardiaco procedía de nuevo a envalentonarse y me volví a acercar a ella. Desde luego que el ser humano es por ley natural bastante cabezota y yo por supervivencia muy entusiasta. Olía tan bien que me encontraba anestesiada y desde aquella posición en la que me ubicaba no dejaba de mirarle entre los botones de su blusa. Cuando al fin reuní todo el valor, le toqué por debajo de aquél sujetador de cuero negro un pecho duro que sobresalía de mi pequeña mano. Ella suspiró muy profundo y acto seguido se levantó de forma muy brusca, y me lanzó apretándome los hombros contra los dos asientos del vagón. Me mordió varias veces en la boca y soltó varias frases lejos de la aplicación de su móvil. Yo empecé de forma insospechada a sentirme extrañamente incómoda. Mi hipocondría no me permitiría llegar a los flujos que ya habían empezado a manifestarse. Así que, en cuanto noté que tres de sus dedos llegaron debajo de mis bragas, me incorporé de una forma tan airosa que ella se tambaleó por completo. Sin mediar ni un solo sonido me incorporé de nuevo hacia el acto de sentarme, me subí las bragas y me abroché el pantalón. Me levanté de su asiento y me volví a sentarme en el mío. Ella me miró un tiempo largo y después se abrochó su blusa y se sentó enfrente de mí de nuevo. Nuestras rodillas volvían a juntarse y a tocarse. Nuestros ojos volvieron a encontrarse y mientras yo hacía un ademán por hacer un gesto de peinarme, ella se llevaba tres dedos a la boca, los mismos que hacía unos minutos estaban debajo de mis bragas, y trataba de frotar muy lentamente sus labios con ellos.

A continuación saqué un pañuelo y me soné la nariz. He aquí el punto de inflexión de la historia. En menos de cinco minutos se durmió apoyando su cabeza en la parte baja de la ventanilla.

Diez minutos antes de la llegada a Lisboa abandoné el vagón no sin antes dejarle un papel doblado a la mitad con mi nombre, mi número de teléfono, el hotel donde me hospedaba y tres cifras que elegí al azar.

17.12.14

monstruo ctónico femenino

La contemplación prohibida: Las artistas y el desnudo masculino a fines del siglo XIX en Francia. Tamar Garb.


…pero el desasosiego que provocaba la perspectiva de una mujer viendo el cuerpo de un hombre desnudo seguramente está basado en algo más que la protección de la castidad femenina requerida para su intercambio y circulación de acuerdo a los intereses de la familia burguesa. En todo caso, incluso si esto yace en el corazón mismo del orden social, no es principalmente la protección de las mujeres y su modestia lo que está en juego aquí, sino la preservación de la masculinidad tal como es vivida en las diferentes esferas sociales. Discursivamente, esto podría, desde luego, hacerse pasar como benéfico para las mujeres.

…el foco de inquietud de la historia se centra en las problemáticas del mirar y la vista, porque es por  medio de ellas que le poder se codifica o se subvierte. Es mediante la usurpación de una mirada culturalmente prohibida que la contemplación, la cual supervisa el mirar, se ve momentáneamente amenazada y se presenta vulnerable. Pero no sólo la mirada de la mujer es potencialmente peligrosa. En la percepción del hombre de la mujer que mira reside una amenaza más profunda, puesto que mediante el descubrimiento de la castración-ligada aquí, como en el caso de la cabeza de Medusa, “a la vista de algo” para citar a Freud-la masculinidad está potencialmente en riesgo. El efecto del poder de Medusa, su “funesta mirada” es que no sólo mata o devora, sino que también ciega.

Freud. Medusa’s head (1940/1922) T. de Lauretis, Alice doesn’t. 1984.




Medusa. Caravaggio.



…¿qué contemplaciones prohibidas están aquí en juego? Por un lado, la historia debe contener y vigilar la sexualidad femenina, reinscribirla como carencia, y subordinarla al deseo masculino para que el orden se mantenga.

…para mitigar la ansiedad de castración, la virilidad masculina debe afirmarse. ….la masculinidad necesita erección como reafirmación. El arte requiere la oclusión o disminución del pene para que el orden fálico permanezca intacto. Cuando las mujeres finalmente fueron admitidas en la Ecole en 1897, tras haber sido obligadas por algunos futuros colegas a irse de la escuela con gritos de “¡Abajo las mujeres!”, los talleres seguían cerrados para ellas, y las lecciones de dibujo natural y anatomía se impartían por separado, con modelos cuidadosamente metidos en sus muy desacreditados calzoncillos.

Las mujeres artistas tendrían un deterioro de sus capacidades reproductoras, resultado inevitable de una estimulación mental excesiva.

1.12.14

a 350 metros gire a la izquierda


Pensar está infravalorado.
Cuestionar es el nombre de una flor maldita.
La manzana conceptualmente no es una fruta.
Creerse especial es una rareza muy común.
Hablar sin contexto son pisadas en el asfalto en una ciudad de más de 100.000 habitantes.
Señalar es un acto ordinariamente cotidiano.
Nombrarnos como ombligo del mundo es comer lentejas con chorizo
Pensarse desde afuera y no desde dentro es un asíntoma de lealtad con unx mismx
Las mujeres no somos . 
Dime desde donde me ves y describiré tu abismo
Tú debilidad son mis pipas
Mi debilidad es tu moneda de cambio
En el principio era el dildo según Preciado
Teme al traje lo que su sombra reinventa
Solitaria es una bonita canción rasgueada con piel de guitarra
Un libro cambió mi  vida. Un movimiento internacional me giró tres veces de dirección. 23 mujeres me hicieron cambiar el rumbo y el sentido de mi torcida trayectoria.
Todo lo demás me entra en una maleta 50 x 40 x 20.