21.2.15

Un fénix en mi ventana


Nunca había sentido en mí la falta de luz y lo que ello me provocaría.

Aquélla mañana cuando abrí el grifo de la ducha dejando que el agua corriese de forma abundante, mientras tomaba el bote del champú, sentí como la piel se me desprendía y caía en forma de escamas contra el suelo de la bañera. No era doloroso pero me extrañé sin alarmarme demasiado.

Tan solo un tiempo después estaba prácticamente sin piel. Mis uñas cortas resaltaban en los dedos por primera vez en todos estos años.

Cuando me toqué la cabeza me quedé con un mechón de pelo y luego con otro, y otro más, así hasta que ningún pelo quedó sobre ella. Piel y pelo bailaban una danza inquieta sobre el piso de la bañera como si de un ritual macabro se tratase.

Cuando cerré el grifo y me sequé, recogí todos los restos de mí que allí mismo había vertido y los tiré en una bolsa de plástico y más tarde a la basura.

Justo en ese momento el reloj marcaba mediodía. Miré por la ventana. Había salido el sol y varios rayos entraban en mi habitación haciendo que el rojo de la pared pareciese eléctrico.

Me estiré. Me vestí. Me miré tres veces en el espejo. Y salí a pasear.

El suave viento que corría esa mañana acarició mi cara sin piel y yo, yo…sonreí muy profundamente.

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