27.4.15

23 días


Aquélla era su cama. Y el lugar donde yo me encontraba su cuarto. No era muy grande y tampoco era acogedor pero allí estaba su cama. A mí me daba morbo estar allí porque lo que yo deseaba era ver, estar y oler las sábanas de su cama. Yo había dormido con ella en muchas otras camas pero ninguna de esas otras camas eran nuestra cama. Ahora, delante de mí, se encontraba su guarida, el lugar dónde ella residía normalmente, ese lugar que ante mí se me abría como el más maldito de los deseos.
En aquélla cama dormía con su marido. Cuando empezamos a follarnos ella le había pedido a él un tiempo para pensar y él se había ido de casa. En todo ese tiempo, mientras ella pensaba, nos habíamos visto muchas veces. Siempre en ciudades distintas y siempre en hoteles. Lo primero que hacíamos era buscarnos en la estación de tren o de bus y con toda la prisa llegábamos al hotel, lanzábamos las maletas contra el suelo y nos desnudábamos arrancándonos la ropa para acabar dentro/fuera de las sábanas corriéndonos cada media hora. Yo no había experimentado la concatenación de orgasmos y delirios hasta ese momento con ella. A veces, y solo mientras duró aquélla época antes de dormirme me tomaba una cerveza y luego solía fumarme un cigarrillo asomada a la ventana.
Normalmente entre una y otra visita entre nosotras transcurrían 23 días. Y se hacían tan largos como el hecho de contar de cada minuto los segundos que tienen 12 horas de forma obsesiva.
Y un día me invitó a su ciudad, a su casa y a su cama. Yo tomé un vuelo a la semana siguiente, en cuanto pude. Mi ciudad y la suya tan solo estaban a una hora en avión con lo que tampoco me dio tiempo a pensar mucho mientras volaba. Ni siquiera tuve que ir al baño a masturbarme para estar más tranquila, estuve sentada todo el rato mientras duró el trayecto.
Después de mirar su cama, abrí todos los cajones de su cómoda en un acto casi infantil del que después me arrepentí. Luego me senté en la cama, en el lado izquierdo y debajo de la almohada vi su pijama. Me imaginé mientras estaba allí sentada a ella y a su marido haciendo el amor y luego dándose las buenas noches. Pese a que la idea me repugnó a su manera, en la otra de las maneras estaba descontrolada por estar en su mundo, por respirar su olor, por ver su cotidianidad y habitar sus objetos. Esto era lo más excitante que había encontrado en muchos años.
Deseaba estar con ella en su cama, en su propia cama y follarnos en ese espacio tan ajeno a mí, tan oscuro, tan decadente y tan apetecible. No había nada que me excitase más aquél día, aquélla noche, y en aquélla casa. Lo cierto es que no pude. No pude correrme ni una sola vez. Ni siquiera rescatando de mi cabeza todo tipo de escenas pornográficas que guardo para días en apuros,  ni siquiera repasando una y otra vez esa historia que sin ser erótica me pone, ni siquiera pidiéndole que me hablase con su voz grave cerca del oído.
Lo cierto es que no pude. Como me ha pasado tantas veces. Como me suele pasar casi siempre. Y es entonces cuanto tengo que imaginarme historias, tengo que rellenar con frases, palabras e imágenes el vacío que me provoca ese aire que nunca sé calcular entre tú y yo. Y mira que ya han pasado más de 23 días.
El deseo es un ambicioso proyecto que pende de tres hilos dos de ellos deshilachados.

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