21.2.15

Un fénix en mi ventana


Nunca había sentido en mí la falta de luz y lo que ello me provocaría.

Aquélla mañana cuando abrí el grifo de la ducha dejando que el agua corriese de forma abundante, mientras tomaba el bote del champú, sentí como la piel se me desprendía y caía en forma de escamas contra el suelo de la bañera. No era doloroso pero me extrañé sin alarmarme demasiado.

Tan solo un tiempo después estaba prácticamente sin piel. Mis uñas cortas resaltaban en los dedos por primera vez en todos estos años.

Cuando me toqué la cabeza me quedé con un mechón de pelo y luego con otro, y otro más, así hasta que ningún pelo quedó sobre ella. Piel y pelo bailaban una danza inquieta sobre el piso de la bañera como si de un ritual macabro se tratase.

Cuando cerré el grifo y me sequé, recogí todos los restos de mí que allí mismo había vertido y los tiré en una bolsa de plástico y más tarde a la basura.

Justo en ese momento el reloj marcaba mediodía. Miré por la ventana. Había salido el sol y varios rayos entraban en mi habitación haciendo que el rojo de la pared pareciese eléctrico.

Me estiré. Me vestí. Me miré tres veces en el espejo. Y salí a pasear.

El suave viento que corría esa mañana acarició mi cara sin piel y yo, yo…sonreí muy profundamente.

16.2.15

the madness or art - - - - - - - - - - - - -

Fui a almorzar; me molesta ser ignorada y me marché corriendo.
Francesca Woodman


En casi todo lo que puedas encontrar sobre ella lees suicidio. Ella se suicidó con 23 años. Suicidio.  Suicidio antes de ser adulta. Se suicidó. Se suicidó Se suicidó Se suicidó Se suicidó. Y parece que así el suicido ocupa más que su vida, más que sus fotografías, más de lo que ella fue e hizo, deshizo y rehizo.

Aprecio contundentemente que el suicidio se convierte para algunxs artistas a título póstumo en una pócima mágica, como un reclamo exitoso para atraer a una audiencia deseosa de chismes. Audiencias deseosas de comentar con cierta impostada tristeza “Oh, pobre loca que se suicidó” y quedarse tan tranquilxs. Lo digo con acritud.

Por supuesto que también unido a suicidio suele aparecer la palabra leyenda para ya cerrar el círculo del culmen morboso.

También se puede encontrar frecuentemente que Francesca Woodman trataba su cuerpo con mucho candor, casi de una forma infantil, de esto se encarga muy bien de comentarlo Victoria Combalía. Ya sabemos todas a estas alturas de la peli que las mujeres que usan su sexualidad como sujetos activos es devuelta ésta siempre, siempre de forma ingenua, con cierta inocencia provocativa además. Porque ellas nunca saben nada ni siquiera hacen uso de su cuerpo, de su sexualidad hasta que un hombre lo hace por ellas, entonces sí, ahí sí, hablamos de fuerza, vigor, hablamos de arte ¿me siguen, no?

Y es que si quieres ser alguien interesante en el campo artístico siendo mujer y quieres que en el futuro hablen de ti, más que de tu obra, debes sufrir y estar enferma como Frida Khalo, pasar desapercibida como Camille Claudel, que tú seas Lee Miller y que tu amante Man Ray te quite delante de tus narices tu descubrimiento sobre la técnica fotográfica de la solarización, quedar literalmente recluida en la locura como Ángeles Santos o tal vez suicidarte como Francesca Woodman.

Francesca Woodman fue una talentosa fotógrafa que retrató una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez su cuerpo desnudo en diversas posiciones con las que podemos construir interesantes relaciones  aludiendo a la historia del arte más legitimada. Utiliza su cuerpo como cuerpo, como objeto, como representación de sus corporales experiencias contextualizadas en viejas casas victorianas y con ese aire que solo proporciona el blanco y el negro. Habla por ella misma no deja que otrxs le hablen, ni escucha solo actúa. El simbolismo, la metáfora y la ironía forman parte de esas arenas movedizas que solo ella sabía congelar en sus imágenes.

Como ya habían mantenido otras artistas como Mendieta, Wike, Goldin, Sherman o Lucas su obra se derrama entre el yo y la representación del cuerpo femenino lleno de vetas por explorar, cuestionar y repensar. Un cuerpo aguerrido de heridas.

Lo que a mí me interesa de sus fotografías es su cuerpo. Su forma de tratarlo, de mostrarlo, de tocarse, de mirarse, de leerse. Me gusta porque su cuerpo es un hipertexto capaz de provocar polifonías. Me gusta porque la imagino realizando sus fotografías, preparando al detalle la escenografía, oteando el lugar, desnudándose, tocándose desafiante al patriarcado, mirando con recelo el resultado y repitiéndolo tal vez una y otra vez, una y otra vez hasta dar con la fotografía “perfecta”.  Básicamente me gusta su fotografía porque me excita de forma violenta.

Me habría encantado ilustrar esta entrada pero no puedo elegir una sola imagen. No he podido Me fascinan todas sin excepción. Me vale con la del perfil que aparece en el blog.

Hace unos meses tuve la suerte de trabajar directamente con una de sus obras. Una tarde estuve media hora sin pestañear mirando la fotografía. Varias veces vinieron a preguntarme si me encontraba bien.

Hay un documental sobre ella que merece la pena ver.



13.2.15

Un estado vital amarillo absenta


Cada mañana el mismo mágico ritual. Me enfundo en un traje entero de cuero negro. El traje hecho a mi medida se pliega en cada parte de mi cuerpo haciéndome ultraligera y flexible. Con el puedo correr, saltar, lanzarme al suelo e incluso si tuviera que arrojarme al agua no tendría problema pues es impermeable. A parte del traje llevo también guantes, botas altas, un cinturón con cientos de posibilidades, una capa ultrafina que me ofrece ciertas funciones  extras y un antifaz, todo ello también de cuero negro. Para darle cierto brío y aspecto de traje con súper poderes le he añadido algunos motivos en rojo que se distribuyen tan solo por el brazo izquierdo a modo de enredadera. Sólo en los días de mucho frío llevo un sombrero de ala ancha. Por supuesto que cuando me pongo el traje, algunas tardes me permito fumar en pipa inglesa, apoyada en alguna esquina con mi apostado aspecto engreído.

Salir todos los días al mundo hetero es realmente complicado. Envidio de una forma irracional a todas aquéllas mujeres no heterosexuales que en algunos foros y redes sociales en los que me meto frecuentemente dicen habitar en cierto gueto donde permanecen de forma feliz.  Tal vez la culpa también la tengan ciertas series lgtb donde imagino mundos de relaciones no heterosexuales que en mi vida diaria no dispongo.  Ya lo decía Mulvey sobre la proyección y la fascinación del cine.

Lo cierto es que yo diariamente tengo que habitar un traje de cuero negro con súper poderes. Un disfraz, una mascarada, todos los días para darme credibilidad y habitar en un mundo escondidamente hostil. Este micro mundo hostil solo está a los ojos de aquéllos habitantes que nos vemos obligadas a enfundarnos en el traje mencionado.

Cada tarde al anochecer, cuando llego a casa, me quito totalmente el disfraz, prenda a prenda, y las voy dejando todas cuidadosamente dobladas encima de una silla, donde permanecerán hasta primera hora de la mañana, que es cuando iniciaré de nuevo el ritual.

De algo tendría que servirme haberme pasado media vida leyendo cómics sobre súper heroínas.