30.7.17

El futuro es hoy


La visión de tu espalda desnuda sentada en la cama mientras algunos de tus mechones marrones te recorrían los hombros me persiguió durante algunos días. No había hecho el amor con muchas mujeres bueno más bien no había estado con ninguna que se hubiese quedado conmigo en la cama hasta el amanecer. Por el mismo motivo tampoco había podido examinar un cuerpo lunar por lunar que no fuese el mío. Y ahora miraba el tuyo. La noche anterior habíamos quedado para ir al cine, pero al final no fuimos. Subimos directamente a tu piso y me ofreciste una copa. Bebimos mientras la música de Leonard Cohen sonaba de fondo. Te diré ahora que me interesaste en el momento que hablaste aquella tarde sobre la dimensión espacio. Después de pasarme tantas tardes charlando sobre cuestiones banales y echándome esas siestas desorbitadas que solo ocurren en verano alguien al fin hablaba de algo fascinante. Últimamente solo escucho conversaciones aburridas sobre trabajo, bebés, y enseres cotidianos, pero allí estabas tú, inquieta, con tu mirada soberbia hablando sobre la no linealidad.

Y si pudiéramos percibir la dimensión temporal en su conjunto soltaste airada.

Pero qué coños hablas te soltó Marta.

Digo que solo podemos percibir el presente y si el tiempo dejase de tener el significado que tiene ahora podríamos tener otras percepciones.

Tía, tú estás chalada por completo le volvió a espetar muy fuerte Marta.

Y fue en ese instante mientras Marta se daba la vuelta en la silla mirando para otro lado cuando me di cuenta.

Encontrarnos no nos supuso mucho más. Simplemente me invitaste a tu habitación y allí decidimos ir al cine estableciendo como nexo un eslabón para que llegar a la cama no fuese tan urgente, pese a que las dos sabíamos de lo evidente.

Me cuesta hablar cada día más con la gente, me soltaste en el ascensor. Me da mucha pereza todo. A veces, hasta bajar a pedir el pan a la panadería me es molesto. Me quedaría en casa sin hablar con nadie durante semanas. La gente es vulgar, cínica y anodina en sus mundos de mierda. La misantropía me llegó a partir de los 40. Al principio me pareció vértigo ahora es mi tabla de salvación.

Cuando encendimos los primeros cigarrillos de cuclillas frente al armario de las bebidas yo te miraba absorta mientras me decías que solo te acostabas esporádicamente con mujeres porque los hombres eran tan lloricas que te causaban repugnancia extrema. Y me hablaste de tu primer marido a los 20 y del segundo a los 25. Y me contaste sobre tu hija adolescente y de tu activismo en grupos feministas radicales y yo te miraba y miraba y solo podía temblar.

Me impresionaste tanto con ese aire rotundo e impropio de seguridad que tantas veces nos han robado a las mujeres que la única respuesta posible de mi cuerpo es ese incómodo temblor infantil y el sudor de mis manos que me resulta tan latoso.

Tuvimos sexo toda la noche, tuvimos conversación toda la noche, tuvimos esa marejada de enlaces en el que todo es tan sentido, tan de igual a igual y tan próximo que una nunca sabe cuándo empieza y cuando termina. Los estremecimientos de nuestros cuerpos según llegaban los orgasmos, los jadeos, tus palabras que parecían contener eco, y las conversaciones entre medias sobre el espacio físico y la filosofía llenaron mi mes de julio de otros barros en los que emborronarme hasta el agotamiento.

Igual te llamo e igual nos encontramos después que dé comienzo el invierno, mientras tanto y a algunos kilómetros de allá te pregunto ¿intentaríamos cambiarlo si lo supiéramos? Ahí queda eso. Beso.

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